José Gabriel Barrenechea.

El 1° de julio de 1940, en Guáimaro, se firmó por sus constituyentes nuestra última Constitución democrática, mientras que el 10 de octubre de ese mismo año entraría en vigor, con la asunción presidencial de Fulgencio Batista. Se cumplen por tanto 80 años de nuestra última Carta Constitucional legítima, en cuyo contexto de celebraciones el pastor Bautista, intelectual y activista político Mario Félix Lleonart Barroso nos propone desde Washington, donde ahora reside, celebrar una jornada de actividades conmemorativas y de debate, en la medida en que lo permitan las actuales restricciones relacionadas a la Plaga.

La Constitución del 40 fue elaborada por una Asamblea Constituyente, electa por el soberano, el conjunto de todas las ciudadanas y ciudadanos, en elecciones libres. En esa Asamblea Constituyente entraron, por tanto, todas las principales corrientes filosóficas, políticas, sociales y económicas del país, sin que tampoco se hicieran distingos raciales o de género. Las sesiones de esa Asamblea fueron absolutamente abiertas, transmitidas por las principales cadenas de radio, y reproducidas en la abundante prensa escrita de la época. A tal punto de apertura que esto propició un fluido intercambio entre la ciudadanía y los constituyentes, quienes presentaban al plenario las propuestas que de primera mano les hacían llegar individuos o asociaciones.

Es de observar que en este nivel de verdadera representatividad de la diversidad del país, o de real comunicación entre la ciudadanía y los legisladores, nunca se ha incurrido nunca en el proceso de elaboración de las Constituciones post-revolucionarias. Las Constituciones de 1976 y 2019, a pesar de su maquillaje democrático, no han sido más que Cartas Otorgadas por un poder autocrático, que impera desde la cúspide del piramidal régimen castrista. Cartas Otorgadas en las cuales, como en el caso de la segunda, hemos sufrido prisión y amenazas incluso quienes intentábamos hacer campaña por la opción legal de marcar NO en el referéndum convocado al efecto.  

Nada tienen que ver esas Cartas Otorgadas con nuestras tradiciones constitucionales incluyentes y abiertas, iniciadas nada menos que en medio de nuestras guerras independentistas, y por tanto carecen ya no solo de legitimidad democrática, sino incluso histórica. Lo cual nos permite afirmar que en vista de esa ilegitimidad, comparada con la Constitución del 40, es esta última la que permanece vigente aún hoy, y que ella debería ser aceptada como nuestra bandera de lucha común, más allá de nuestras naturales diferencias, por todos los que nos enfrentamos al régimen castrista.

En consecuencia la restauración de la Constitución del 40, si bien sea para de inmediato reformar la o superarla en una nueva Asamblea Constituyente, siempre dentro lo dispuesto por ella para esos casos, resultaría en una señal clara hacia nuestros imaginarios colectivos de que los cubanos retomamos nuestros fundamentales tradiciones políticas, aquellas que nos legaran los cubanos nos antecedieron.

En realidad la Constitución del 40 no ha perdido actualidad, y resiste la prueba de comparársele con las más sofisticadas constituciones contemporáneas en Europa y América Latina. Las cuales han incluido algunas pocas novedades, que en realidad no las han hecho más incluyentes o abiertas, o mas efectivas para definir con claridad y sin injusticias las relaciones entre individuos, o sobre todo de ellos con en Estado. La Constitución del 40, que establece lo que todos los demócratas entendemos por un verdadero Estado de Derecho, todavía hoy sólo en algunos detalles menores ha sido superada por el tiempo. Y de más está decir que en cuanto a las Cartas Otorgadas únicamente las ambiguas ampliaciones de la definición del matrimonio en la del 2019, o de que la posibilidad de poseer más ciudadanías que la cubana, pueden presentarse como progresos frente a ella.

Este llamado de Mario Félix Lleonart Barroso, a iniciar estas jornadas, nos permitirá precisamente volver a una Constitución nuestra que no ha sido superada, que aún está vigente desde el punto de vista de nuestras tradiciones políticas, y que por tanto es no sólo una buena bandera para lograr la unidad del amplio arcoíris opositor, sino la adecuada primera piedra para conseguir volver a la Democracia que perdimos un 10 de marzo de 1952. En estas jornadas podremos volver a las páginas de nuestro mayor logro político como pueblo, y muchos que hoy opinan de ella sin conocerla se verán obligados a leerla.

En definitiva estas jornadas nos permitirán a partidarios y opositores a retomarla que nos veamos las caras, que discutamos y demostremos así su actualidad o desfase. Sobre todo la importancia o no de iniciar la Transición con un regreso no al “Capitalismo Salvaje», cual nos acusa el régimen ser nuestra intención a los partidarios de la Constitución de 1940, sino a nuestras raigales tradiciones constituyentes.

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