Esto es un demostrativo neutro que se emplea para indicar un referente relacionado con la primera persona, o sea con el yo del aquí y ahora. Pero el pronombre esto, que en la lingüística pragmática recibe el nombre de deíctico, en el contexto cubano escapa a la formalización de todo metalenguaje, tal como puede apreciarse en el siguiente ejemplo:

—¿Qué te parece esto? 
—Esto no hay quien se lo meta.

En el minidiálogo anterior, los interlocutores no se están refiriendo a un plato de moringa oleífera, con tronchas de claria o picadillo marino. Hablan de algo que es abstracto, incorpóreo, intangible y, al mismo tiempo, omnipresente, omnisciente y omnipotente. Algo que no es Dios pero asume sus atributos más autoritarios. El esto queda así convertido en eso y en aquello, y abarca lo de aquí, lo de allí y lo de más allá. Rompe con el esquema deíctico de la pragmalingüística y se vuelve un pronombre tenebroso.

El pronombre esto tal vez se usara alguna vez en la Cuba de antes para referirse a la situación política, pero nunca con el énfasis y la insistencia de estos 60 años. Es en el castrato cuando el esto cubano ha ampliado su campo semántico con un haz de connotaciones orwellianas que lo desborda y modifica, incorporando todo el espanto de una realidad que reduce el ser humano a un repertorio codificado de actos reflejos. Al punto de que el esto cubano, más que designar lo que rodea el aquí y ahora de la primera persona, tritura al yo y su miserable circunstancia.

Esto no es entonces una categoría gramatical, ni es el dedo índice apuntando al suelo. Esto es la nada total del todo totalitario. Y es también la nada vacía que te envuelve, te aprieta, te zarandea, te revienta y te asfixia. Es algo que te desespera, te marea y te zumba en los oídos. Que te enloquece y te pone a subir por las paredes. Esto es además una dolencia crónica donde convergen síntomas tan diversos y molestos como disnea, hormigueo, neuralgia, taquicardia, cefalea, ansiedad, depresión, incontinencia y claustrofobia. Un salto en el estómago, una bolita que te sube y que te baja, unas ganas tremendas de gritar y un deseo irresistible de montarse en una balsa o tirarse uno por el balcón.

Esto solamente les puede gustar a los estoicos o a los que padecen el síndrome de Estocolmo. Porque esto es el colmo cuando el rehén ya no sólo se siente protegido y fascinado por su secuestrador, sino que llega a la fase del delirio y lo aplaude a rabiar.

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