El Castrismo en medio de la tormenta perfecta

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José Gabriel Barrenechea.

La coincidencia de las medidas de reordenamiento económico iniciadas con el régimen cubano el pasado 1° de enero, con las de cierre de la actividad económica que ya se toman, a consecuencia del aumento explosivo de los casos de COVID, dejan a un significativo porciento de la población en una situación muy compleja.

El sector privado, legal e ilegal, el cual asegura en gran medida la subsistencia de la totalidad de los ciudadanos, queda ahora sin posibilidad de ingresos ante unos precios que se han multiplicado incluso en servicios básicos como la electricidad, los medicamentos, la escasa cantidad de alimentos que se aseguran en la canasta normada, la telefonía fija… y en el caso de quienes habían logrado conservar parte de sus ahorros en estos meses de epidemia, los han visto ahora convertirse en agua y arena en lo que a la larga no es más que una devaluación del peso.

La situación se extiende también a gran parte del sector estatal, si es que la medida de suspender la actividad laboral en este se acompaña con la de reducir los salarios a solo un porciento de los mismos. Además de que no tardará en repercutir en quienes viven de remesas desde el extranjero. Ya que entre las medidas dictadas por la administración Trump para dificultar el envío de remesas a través de instituciones bancarias, o de transferencia, y el empeño del Estado por mantener una tasa de cambio del dólar por el peso irreal, la única vía que le va quedando a los cubanos en el extranjero para enviarle dinero a los suyos en Cuba es mediante viajeros que cargan con el efectivo encima, las “mulas”: lo cual ahora también se ve afectado por el cuasi cierre de fronteras.

Pero lo difícil de la situación no solo está en la pérdida de ingresos de la población, sino en la mayor contracción de la ya escasa oferta de productos de primera necesidad, que sin duda acentuará la tendencia inflacionaria ya presente.

Esa escasez se deberá a las trabas intensificadas ahora a las posibilidades de comercialización de los productos del agro, a consecuencia de las medidas de limitación de movimiento de las personas; a la paralización de la actividad productiva del Estado; y a la imposibilidad de viajar al extranjero para esa extendida clase de individuos que se dedican al negocio de la importación minorista.

El régimen, de forma evidente, esperaba que la llamada Tarea Ordenamiento coincidiese, o fuera seguida, por su campaña de vacunación con una vacuna cien por cien nacional. Al atrasarse esto en el mejor de los casos para el segundo y tercer trimestre de este año, y en el peor para las calendas griegas, el régimen ha quedado ahora atrapado entre una ambigua y claudicante reforma, dizque ordenadora, y un rebrote del COVID que es ya indetenible a menos que se le impongan severas restricciones al derecho a la libertad de movimiento de los ciudadanos, y de los niños. Algo que dada su naturaleza no puede dejar de hacer, ya que permitir que la epidemia se salga de control sería renunciar a uno de sus “logros” más reconocidos: su capacidad de asegurar un control de epidemias que evidentemente otros países “capitalistas”, embarazados por los tales derechos humanos (derecho humano es el de decidir sobre mi vida en la medida en que no embarazo a otros de hacer lo mismo, el derecho a vivir es en cambio un derecho animal), no consiguen.

Mas hacer esto implicará, cual ya hemos indicado, que el sector de la población acostumbrado a un nivel de vida “decente”, para los muy bajos estándares cubanos, caiga a la más completa pobreza e incapacidad de seguir a los precios (y ya sabemos que son las caídas semejantes en tales sectores las que provocan revoluciones). Además de que le cortará al Estado gran parte de sus entradas, que le permiten mantener sus importaciones, y sobre todo obtener las divisas necesarias para financiar la producción de sus candidatos a vacuna.

Téngase presente que es muy probable que solo esa campaña de vacunación nacional podría asegurarle al régimen detener la rápida caída de legitimidad ante la población que hoy vive, a resultas de sus medidas de reordenamiento dictadas en el peor momento posible, nada menos que en medio de una epidemia que el hipercontrolador Estado castrista no consigue controlar… para sorpresa de muchos defensores del orden, quienes ahora se preguntan para qué tanto control.

Nada, que en Cuba parece que avanzamos lentamente hacia una reedición del 12 de agosto de 1933. Algo de lo que estoy cada vez más convencido, y que lamento, pero al no ser mi responsabilidad, solo en parte… porque también ya a mí me llena la cachimba ese enorme cansancio que veo crecer en el corazón de mis conciudadanos.

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