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Disturbios en Barcelona

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Los historiadores españoles parecen aquejados de amnesia en lo que respecta a su historia más reciente. Nadie en España parece darse cuenta de las similitudes que saltan a la vista a la hora de revisar lo ocurrido en otra de sus provincias más ricas a finales del siglo XIX: Cuba.

A pesar de la Guerra civil comenzada en 1895 en la isla, el gobierno de Madrid había tomado pocas medidas para atajar los ataques de la prensa independentista en La Habana. Los periódicos publicaban cada día editoriales incendiarios contra los “abusos” del ejército español sin que nadie molestara a sus redactores, envalentonados por el cambio de mando militar que acaba de producirse. Recordemos que, a finales de 1897 en un último intento por evitar la guerra con Estados Unidos tras el asesinato del presidente del gobierno, Cánovas, Madrid había decido remplazar al capitán general Valeriano Weyler y acordar a la isla una amplia Autonomía. La misma incluía la creación de un gobierno propio, así como la extensión de los derechos de ciudadanía española a todos los criollos.

12 días después de haberse estrenado el nuevo gobierno autonómico encabezado por José Gálvez, se produjeron en La Habana graves disturbios azuzados por la prensa independentista interesada en crear el mayor caos posible para evitar que cuajara la Autonomía. Por supuesto la culpa de todo la tenía Madrid. ¿La muerte por enfermedades y epidemias en las ciudades fortificadas? ¡Madrid! ¿La hambruna provocada por la Tea? Madrid, ¿quién si no? Aunque la amenaza de una intervención norteamericana seguía siendo de actualidad a finales de 1897, algunos historiadores consideran que, las cosas se habían calmado un poco en Washington, tras el cese de Weyler y la introducción del autogobierno.

Sin embargo, la tolerancia excesiva de las autoridades hacia la minoría independentista que disponía de medios de propaganda numerosos y eficaces, provocaron que La Habana se cubriera, una vez más, de sangre y pólvora. Estos acontecimientos provocaron la alarma del cónsul norteamericano, Fitzhug Lee quien, ni tardo ni perezoso, dirigió a Washington telegramas alarmistas donde reclamaba protección para sí mismo y los súbditos norteamericanos bajo su jurisdicción.

Las causas de este motín no están del todo claras, lo que consta es que los defensores de la unidad nacional, entre los que se hallaban muchos cubanos y tropas regulares e irregulares asaltaron algunas redacciones el 12 de enero y provocaron grandes disturbios en la capital. No sabemos con exactitud lo ocurrido, pero la agitación duró una semana provocando que Washington considerase que la Autonomía no funcionaba como lo sostenían las autoridades españolas. A pesar de que la violencia no afectó a estadounidenses, el ejecutivo de McKinley, siguiendo las recomendaciones de su cónsul, aprobó la visita amistosa del acorazado Maine a La Habana, con las ulteriores consecuencias que todos sabemos.

Aunque España sea hoy una democracia consolidada y bastante respetada a nivel internacional, la crisis catalana ha afectado su imagen exterior. Por el momento nadie ha enviado ningún buque de guerra a Barcelona, pero tampoco hace falta: el enemigo está en casa. El relato independentista, tras la desastrosa gestión de la crisis de 2017, ha generado una simpatía mundial, que se mantiene intacta a pesar de las violencias callejeras de estos últimos días.

Como en 1898, España no invierte suficiente tiempo ni recursos para contrarrestar el relato independentista en el exterior de sus fronteras. Todo lo contrario de lo que hacen los insurrectos de 1895 y los de 2019. Los objetivos de unos y otros eran los mismos: provocar una intervención exterior.

Los disturbios de enero de 1898 fueron el desencadenante de la guerra hispano norteamericana. Los independentistas catalanes aprovecharon las descargas policiales de 2017 para solicitar una intervención de las Naciones Unidas y la creación de un mediador entre el Estado y la provincia insurrecta.

Los independentistas de antes y de ahora siempre han ganado el relato al Estado español por una razón muy sencilla: sus élites han dejado de creer en España y le han dado la espalda a la Hispanidad. Visto lo visto, Cataluña será independiente en menos de una generación. No se puede luchar contra la demografía ni contra la educación manipulada que reciben los niños desde la cuna.

Esta vez no hará falta la explosión de ningún Maine porque España acabará consigo misma sin ayuda exterior. Lo peor es que lo hará por la voluntad expresa de sus habitantes, atontados por la propaganda posmoderna. Como Cataluña, Cuba era la provincia más rica de España, poblada además por una inmensa mayoría de ciudadanos que querían seguir siendo españoles. Nada de eso impidió la independencia. No hace falta ser Nostradamus para vaticinar que lo mismo ocurrirá en Cataluña.

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