Por: Lourdes Cabezón López

Al invadir los franceses España, el imperio implosiona. Los virreinatos se independizan y España se encuentra sola, sin nada, como el que siempre pensó que tenia tiempo de preguntarle historias de familia a su abuela y de pronto se encontró con que la pobre se había muerto. A uno y otro lado del atlántico las cosas se han hecho de la peor manera posible, precipitadamente.

No hay capitales. Y lo poco que hay está casi todo en manos de la Iglesia. De ahí, dicen los liberales, la necesidad de las desamortizaciones de manos muertas que se suceden durante todo el siglo XIX, que en el plano ideológico se traduce en un anticlericalismo feroz. Sin embargo, eso tampoco produce la necesaria acumulación de capitales. ¿Por qué?

Podría ser por la particular estructura de propiedad que tiene el campo español, antes y después de la desamortización. Si la Iglesia no trabajaba racionalmente sus tierras, los nuevos propietarios tampoco lo harán. Ponen en producción una mínima parte, lo suficiente para poder vivir suntuosamente en Madrid o en Sevilla. Lo demás queda en barbecho. Pero todavía está por estudiar quienes se quedaron con las tierras, si pagaron o no su precio, qué cantidad de arrendatarios tenía la Iglesia en sus tierras y adónde fueron a parar estos con la desamortización, porque al final del siglo el campo andaluz se ha llenado de anarquistas violentísimos sin miedo a la muerte y eso tiene que ser por algo. Los nuevos propietarios agrarios se las apañan con sus influencias políticas para mantener los precios artificialmente altos, con lo que la población, tanto la del campo como la de las ciudades, tendrá que destinar casi todos sus ingresos a la alimentación. Es por ello que el nivel de consumo de todo lo que no sea lo básico se mantendrá siempre muy bajo, desalentando la instalación de industrias.

Ahora bien, el gobierno, que no podía con los terratenientes (mejor dicho, los terratenientes eran el gobierno), fijó su atención en otra posible fuente de capital: la Gran Antilla, que en esos momentos era ya la primera productora mundial de azúcar. Y no había mas. Lo que hacen es, en primer lugar, apartar a la élite criolla, que vive todavía plácidamente instalada en el antiguo régimen. Hay que privarla de capacidad política y hacerlo decididamente, sin vacilación. Se precisan hombres más duros para esta nueva etapa, hombres que estén dispuestos a hacer lo que haya que hacer para explotar al máximo la isla para introducir las mejoras técnicas necesarias.

Al principio las élites antillanas soportaron la privación de poder político como un mal menor, por miedo a los negros. A cambio, España sostendría a toda costa la trata de esclavos, arrostrando la vergüenza publica. Unos 15 años después de la perdida del grueso del imperio americano en 1824, España había redondeado con firmeza su nueva estrategia colonial, que en principio parecía permitir enormes posibilidades de acumulación a los sacarócratas criollos. Pero la metrópoli lo tenía claro: no les quería dar plaza en las Cortes para que no votaran en contra de todas las medidas que se estaban tomando y que se iban a tomar. De manera que la Constitución no regía en Cuba, entre otras cosas por el mantenimiento del esclavismo. En 1837, los diputados cubanos electos no llegan a tomar posesión de su escaño, en un cambio brusco metropolitano de toda la doctrina colonial anterior. Se prefiere el modelo francés de leyes especiales para las colonias. Se elige la ruptura de la colaboración con los criollos y la vía de la coerción militar. Y después ni siquiera se llegaron a elaborar esas leyes especiales.

La política española durante todo el siglo XIX se caracteriza por una gran inestabilidad, producto en parte de la lucha entre los mismos liberales pero también entre el nuevo y el viejo mundo, que se resiste a desaparecer. Es una constante en nuestra historia: en pleno renacimiento nosotros todavía construíamos catedrales góticas.

La nueva política colonial -los Austrias no tenían colonias, tenían provincias de Ultramar- va a venir definida siempre como una combinación de innovación económica y autoritarismo político.

¿Extrañados? ¿Liberalismo no viene de libertad? Queridos niños, la palabra liberalismo esconde una falacia.

Y una pieza fundamental del nuevo sistema, y del delicado juego de poderes en la colonia va a ser el Capitán General. Los capitanes generales se habrían de convertir en el nexo institucional por excelencia entre La Habana y Madrid, configurándose a su alrededor un destacado grupo de presión, que habría de ejercer su influencia en el decimonónico Estado Español a ambos lados del Atlántico. Leopoldo O’Donell, Francisco Serrano, Domingo Dulce, Arsenio Martínez Campos o Camilo Polavieja, entre otros, tan destacados en la Historia de la metrópoli, fueron también, y no de forma casual, mandos coloniales de la Gran Antilla. Todos ellos masones.

En 1834, justo a la muerte de Fernando VII, se da inicio al gran cambio colonial, con la llegada a Cuba del General Miguel Tacón, para ocupar el cargo de primera autoridad española en la Isla. Para Cuba habrá un antes y un después. Entre 1834 y 1838 Tacón asentó la supremacía del Capitán General sobre cualquier otra autoridad civil o militar de la Gran Antilla. En lo económico, elevó desmedidamente impuestos y derechos aduaneros, es decir, los derechos sobre importaciones y exportaciones que, desde La Habana, se dirigirían a las deficitarias Arcas del Tesoro Español.

En una clara estrategia de poder, si sobre la población esclava de origen africano mantuvo y aumentó las medidas de control, no fue menos duro con la vieja élite criolla. Porque Miguel Tacón se iba a apoyar en otro sector de la élite antillana, opuesto al de las viejas familias de hacendados: el sector de los comerciantes portuarios, que dominaban igualmente el tráfico de esclavos procedentes de África. Muy especialmente, Tacón se amparaba en el grupo de aquellos comerciantes que interrelacionaron además sus fortunas con el abastecimiento a la Administración colonial, la mayor parte de ellos nacidos en la Península. Poco a poco, pues, hacen su aparición los peninsulares, controladores también del crédito preciso para la compra de mano de obra y la comercialización del producto. Estos comerciantes-traficantes de esclavos peninsulares habrían de constituir lo que en la historiografía se ha venido denominando como «la camarilla del Capitán General» y no son castellanos, sino cántabros, vascos y catalanes. En época de Tacón, la cabeza visible del grupo sería el armador Joaquín Gómez, formando parte del mismo individuos como Julián Zulueta.

Esta camarilla de comerciantes-traficantes-prestamistas peninsulares fue sustituyendo paulatinamente también en el mundo del ingenio azucarero a las viejas familias criollas de hacendados, desplazándoles asimismo de los circuitos de poder. Con el tiempo, llegaría a convertirse en un poder autónomo, ferozmente integrista, con suficientes recursos para imponer su voluntad incluso en Madrid.

Los siguientes capitanes generales seguirán las directrices coloniales supuestamente marcadas por su antecesor.

«Yo nací en Camagüey, 1:España fin de siglo» por Lourdes Cabezón López

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