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Diario de un refugiado

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Cae la bomba del vientre de un avión que, en virtud de un acuerdo democrático mutuo para que discutan lelos imbéciles, no lleva identificación alguna, y luego la prensa diga que procedía del país que interese ese día, a resultas de como esté el precio de los metales preciosos, de ciertos minerales, el petróleo, las reservas de agua sin contaminar, y las bulas para vender espacios celestiales.
Normalmente, para nuestra historia, el protagonista lleva ya muchas bombas al coleto de su existencia, y, de momento, aunque no tiene casa y su familia se fue al carajo entera, incluida una abuela que estaba de visita viendo a los nietos, que murió separada del abuelo, su marido, que murió villanamente sentado en la taza del retrete, todos a causa de la misma bomba caída, en aquella puta manía de vivir toda la familia lo más juntos posible, en gustos de gente del tercer, cuarto, o quinto inmundo, mundo que, en su ignorancia no siguen la doctrina única verdadera del papa de roma.
Han comenzado a bombardear media hora más temprano de lo que es habitual, parece, según informaciones, porque los pilotos, mercenarios de diferentes países, que empezaron bombardeando por un puñado de euros, ahora exigen horas extras, cuando pasan de un vuelo de tres horas y un cuarto; Y los muy capullos han dicho también lo de empezar media hora antes y así tienen más tiempo para estar con sus familias, o para hacer lo que les salga de sus compañones.
A las cinco pasadas de los aviones sobre la ciudad destruyendo lo que ya lleva destruido como año y medio; pero ocasiona el mismo consumo de bombas que si fueran casas nuevas, que es lo que se pretende, los aparatos sin distintivos en sus fuselajes, se marchan, y los habitantes de abajo, de entre los escombros, comienzan a discutir cuál será el país adelantado y democrático que bombardea para la paz a la población civil. Rusos no pueden ser porque hablan español, según conversaciones interceptadas desde un teléfono móvil, y españoles tampoco pueden ser, porque en España desde que llegó la ciencia, se volcó de lleno en el arte de enfriar la cerveza, y la aviación no es su fuerte precisamente.
Para las ocho a.m. ya ha terminado el bombardeo. Entonces, el protagonista de esta historia, cabreado porque lo han levantado la coña del bombardeo media hora antes del sótano que vive y duerme; hace un esfuerzo para quitarse el cabreo porque va siendo hora de irse a desayunar su zumo de naranja, con tostadas con aceite y un café con leche, en el bar en el que se reúne cada mañana con otros como él mismo, que al no disponer de familia, desayunan fuera de la casa, y mientras que lo hacen dialogan sobre la política actual, a la vista de lo que escriben los diarios de todo el mundo, que el dueño del bar dispone a primera hora en el mostrador.
En el bar se comenta lo primerico de todo, como van las bolsas de valores, los precios del dinero, y, muy especialmente, la mañana que hacemos referencia, la democracia tan profunda y aplaudida que gracias a ella el precio de los metales para material bélico, y de ciertos minerales para construir ordenadores y teléfonos móviles, siguen subiendo de valor porque en las minas se está alimentando a los trabajadores con los cadáveres de los compañeros muertos, y así, junto a que se ha descubierto que los huesos de la gente dejados al sol un par de meses, hacen una lumbre cojonuda para asar carne, el precio de extracción, si se le quita el consumo de agua, sale, prácticamente de gratis. Y el consumo de bombas, gracias a los dioses verdaderos, está aumentando.
Después del desayuno con los amigos y vecinos, viene un día con la monotonía habitual, porque si no han leído en la prensa mundial el efecto llamada; si ningún país democrático que hace la guerra para mantener la paz y funcionando a pleno las fábricas de armas, no necesita esclavos para trabajar, entonces las “agencias de viajes” establecidas en el país, difícilmente puede convencer a los habitantes que abandonen una vida cómoda y conocida de largos años de bombardeos, para que se marchen de temporeros al paraíso europeo, donde antes ataban los perros con salchicha, y ahora los atan a la pata de la cama de muchos europeos, perros pequeñujos, de mala leche, que los guían cada día y tarde, y por asociación de ideas, los amos está aprendiendo otra vez lo bien que queda orinar en la calle, y lo sano que es cagar en un parque.
En la mesa redonda que una organización extranjera que exige a sus miembros que lleven corbata y camisa blanca bien planchada, en los sótanos de lo que fue una almazara, están a punto de concluir unos cursos intensivos para que los que quieran viajar en el futuro sepan qué pomadas son más aliviadoras para el escozor del sieso o el chichi, en el paso obligatorio de los viajeros por el país que se estableció democráticamente para ser el encargado de seleccionar en el norte de África el paso de viajeros hacia la solidaridad, miles de veces demostrada, del fascismo europeo, el único que, como siempre tiene cabeza y dotes de organización para con su larga experiencia en los gulag con estrellas Michelin, digan quien se ahoga o no en el viaje.
Aunque últimamente están de mal humor porque hay gentuza que está considerando como personas a los emigrantes.
Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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