Prácticamente sin haberse utilizado. La cultura en el mundo hispano, iberoamericano, la trincaron bajo su sotanas los vaticanos, y la hicieron tan corralera, que al final ha degenerado en un aburrimiento visceral donde las leyendas más infantiles e insultantes para la razón humana son las que predominan como ciencia a analizar y discutir.

Y qué decir de la Hispanidad: de ese hermoso sentimiento de unidad que nació espontaneo; que venció, sin problema alguno, a Napoleón “Malaparte” con más eficacia que ejército alguno y lo dejó con la corona de emperador de Europa y las Américas, fabricada y deposita en uno de los muchos tesoros vaticanos para que el papado de entonces lo coronara.

Aquella hispanidad que venció, prácticamente sin bajarse del autobús, a Napoleón; que se acentuó a más y mejor y en mucho cuando en España estuvo corriendo el refrescante aire republicano que nos fortaleció mucho más, es la misma que, vestida ahora de andrajos, con dólares podridos en los bolsillos, que ya no los quieren como moneda de trueque en muchas localidades con dignidad, se alegra y aplaude cuando el rubio de la casa blanca, que no ha caído en paracaídas y que es un fiel representante y exponente de la generación de coronavirus, sale a los medios de comunicación y es más aplaudido por lo moreno y tostado, que por los blancos blanquitos que, algunos, en ocasiones, saben que viven en un avispero español que en cualquier momento alguien con lógica puede mover las avispas.

El machacar a los débiles, es algo; es una actividad peligrosa a la que se está jugando de unos años para esta parte; y, de momento, todo está corriendo en favor de los que generan las hambrunas por generarlas (caso del bloqueo de Cuba), talan los bosques y las selvas, o contaminan las aguas del planeta entre aplausos y sonrisa cómplices de muchos, de los denominados mandatarios, que todavía mantienen en sus rostros los rastros, que no se destruyen a lo largo de una vida, de aquellos que tuvieron unos comienzos de “mocos colgando, pies descalzo y papasito santo”.

Y el agotamiento que se percibe de cultura y de hispanidad, que ambos conceptos pareció que llegaron a su cenique y ahora hay que encontrarlos con lupa entre pelos rubios estadounidenses, como por el momento no tienen ninguno de los dos conceptos nada que perder porque todo lo perdieron, incluida la dignidad política, cualquier repunte en resurgimiento de ambos valores, que son lógicos y genuinos, pueden generar un terremoto de magnitudes impredecibles.

Porque en un mundo donde hasta el coronavirus todo ha funcionado con tratados, palabras, y acuerdos mafiosos, mucha gente se siente y se ha sentido que su bien más preciado, la vida, el existir, antes se podía utilizar para enviarlo a la guerra, y si volvías vivo o mutilado, a lo mejor podías seguir viviendo cobrando un retiro; pero el coronavirus es mucho más efectivo que todo eso y no deja cojos ni mancos, ni taraos de ninguna clase: una garantía de limpieza social con la que se soñaba desde esos clubs de multimillonarios que ni las guerras ni los virus ni las bacterias, solo la sífilis anal, está provocando bajas en su mundo despiadado.

Desde el siglo XV, que desde este lado de la mar empezó la hispanidad y se irrumpió todo el proceso cultural genuino y popular a ambas orillas del agua, hipotecado todo por una serie de leyendas altísimamente rentables para vivir como millonarios con su cuento y recuento, hasta el siglo en el que estamos que se percibe con claridad un cansancio en esos dos grandes valores: cultura e hispanidad, para aumentar la calidad de vida de nosotros las gentes, cualquier repunte a lo mejor llega popularmente.

Como nos ha llegado lo poco de bueno que, hasta el coronavirus, hemos disfrutado.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. SURAMERICANA

    Cuando te miré
    y vi tu perfil decidido,
    roca de los Andes
    desnuda,
    de la que asoma
    en primavera.
    Y de Chile serían,
    seguro,
    el color de tus labios:
    de dos cerezas
    robados.

    Y tú estabas aquí,
    acá,
    respirando inquieta
    un aire redondo,
    anaranjado,
    acido,
    que no es universal
    porque es un aire
    de los que todavía
    lo entienden
    como un aire
    metropolitano,
    que,
    según ellos,
    no es de todos
    los que el español
    hablamos.

    Pero yo ya sé
    que mucho
    más de la mitad
    es tuyo,
    la misma mitad
    que busco
    y no extraño
    cuando piso
    tu América
    y la mía,
    cuando tú allá
    me distes
    y me das
    la mano,
    que tú
    no encuentras
    igual de afectiva
    de este lado.

    Aquí
    junto a mi mano
    mujer,
    que vienes de un mundo
    del otro lado del mar,
    si realmente hay un mar,
    y otro mundo
    y un oceano,
    para que respires quieta,
    y feliz,
    te daría cuanto tenga tuyo
    a mano,
    si realmente yo he sido
    el que algo
    a la América Morena
    le ha robado.

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