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Cuando me tomaron por ruso en Lima

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Como mi anecdotario es tan variopinto de España al Perú y viceversa (e incluso algo también por Portugal e Italia); son tantas cosas a ordenar o clasificar que no sabría yo decirles cuándo ocurrió exactamente esto que me dispongo a contarles. Ocurrir, ocurrió, valga la redundancia; yo diría que sobre el 2014, pero no puedo asegurarlo. Pero el caso es que se confirma, una vez más, mi imán (o mis imanes, muy en plural) para con las situaciones cuanto menos peculiares (1).

Y ocurrió en la iglesia griega de Lima, la cual me recordaba (puede que más subjetiva que objetivamente) por su hechura arquitectónica a la ermita de Roncesvalles de mi Bollullos de la Mitación del alma. Situada en el distrito de Pueblo Libre, siempre que pasaba por allí con el autobús me quedaba absorto mirando aquel edificio blanquecino y añorando mi pueblo al otro lado del mundo. Aquella pequeña iglesia ortodoxa (llamada de la Santísima Trinidad) era el cobijo de todas las comunidades cristianas orientales que recibían en Lima; a saber, griegos, pero también palestinos, rusos y alguno que otro más que se me escapa. Una iglesia pequeña y acogida al patriarcado ecuménico de Constantinopla (ahora creo que los rusos tienen su propia iglesia). Y allí iba a haber una liturgia copta. Ya por ese año habíamos visto por televisión y por las redes sociales las brutalidades de los islamistas -apoyados por las potencias occidentales en muchos casos- contra los coptos, que no son sino los descendientes de la cultura y la fe más antigua de Egipto antes de que llegara el islam, para más inri.

Un servidor había visto la riqueza de las liturgias coptas en particular y orientales en general a través de youtube, pero nunca en vivo y en directo; así que aproveché la cosa y maté dos pájaros de un tiro (figuradamente, claro).

Lima no es una ciudad especialmente fría, pero el llamado invierno (tampoco Lima distingue mucho las estaciones) sí que es bravo con la humedad por delante; así que ni corto ni perezoso, me puse un abrigo gris que heredé de mi suegro QEPD y fui con un conocido al lugar. Por aquel entonces, ya había una comunidad copta establecida en Bolivia (concretamente en Santa Cruz); y como la política de Shenouda II era que allá donde hubiera coptos, hubiera una comunidad formalmente establecida, parece que en Perú, y al alimón de la embajada egipcia, algo se estaba formando (y no sé si habrá llegado a cuajar). Total, que allí en la pequeña iglesia griega me planté, comprobando cómo por fuera me recordaba más y mejor a la mentada ermita de Roncesvalles; dispuesto ante una liturgia que duró dos horas y pico; con curiosidades como los celebrantes descalzos ante el altar; con una traducción al español que dejaba que desear; pero bueno, al menos se hacía entender.

Quedé impresionado ante los iconos, recogido en mi interior con la divina ambrosía del incienso. Curiosamente, si bien siempre me ha subyugado esta expresión religiosa llena de sencillez, misterio y solemnidad, mi primer contacto físico con los iconos no fue en aquella iglesia helénica, sino en mi viaje a Roma, donde me quedé impresionado y prendado de la influencia bizantina del centro de la Cristiandad. Con los años, todavía me lamento de lo poquísimo que sabemos de historia bizantina en España. Pasé por la carrera de historia y de bizantinos y godos, si bien nos daban poco en el colegio, igual o menos en la facultad. Y cada vez estoy más convencido de que eso no es casualidad, ni siquiera desidia; sino que es por algo, y que hay un fondo ideológico indigesto de izquierda e islamofilia que pretende borrarnos algunos siglos de historia y cultura que nos atañen muy directamente como hispanos.

Pero bueno, siguiendo en aquel día cuya fecha no recuerdo, el caso es que al final de la liturgia cóptica hubo una pequeña recepción, donde pudimos departir con los monjes egipcios; uno de ellos, Anba Youssef, traía el mismo regalo para todos los presentes: Un icono de Cristo y un librito sobre la historia copta. Por supuesto, hubo las fotos de rigor. En aquella recepción oficial había diplomáticos de varios países árabes e incluso un representante de la sinagoga de Lima; y ante la pequeña ONU allí formada, me dirigí a uno de los concurrentes para que me hiciera una foto con el monje. Al final, el concurrente resultó ser un maronita libanés que llevaba muchos años en Lima, y me dijo que yo hablaba muy bien español… Cuando le dije que era español, me dijo:

-¡Ah! Pensé que usted era un ortodoxo ruso.

Y el hombre me insistía en que le parecía raro que yo no fuera hijo del país más extenso del mundo.

Alguna que otra vez, paseando por Sevilla, me habían tomado por anglosajón. Incluso alguno de ellos se había dirigido a mí en inglés. Contadas veces, claro. A mi padre le ha pasado lo mismo. Pero la verdad, es que nunca me habían tomado por ruso.

Y ahí no acaba la cosa, pues hablando con el nuevo amigo libanés, alguien se me acercó y se puso a hablarme en ruso. Digo yo que sería en ruso, porque a saber… Por muchos cálculos fonéticos que pueda tener yo, aquello me sonaba a algo eslavo… Así que deduje como pude que era ruso. Y le dije amablemente que ni hablaba ni era ruso; a lo que el individuo (al que recuerdo delgado, alto, con gafas y con el pelo claro peinado hacia atrás) me respondió con una mirada como de estupefacción y decepción y se fue por dónde había venido.

Acabada la liturgia y la recepción, el señor libanés se ofreció a llevarme a casa, lo cual le agradecí mucho. En el trayecto, hablamos de lo divino y lo humano, saliendo el tema de la trágica historia política y vital de Bachir Gemayel, entre otras cosas.

Por ahí pensé en que siempre tuve alguna filia especial por la literatura rusa y no sé explicar por qué. Lo achaco a un libro de la editorial “El barco de vapor”, titulado “Piotr” (creo que el escritor era un tal Jan Terlow); pero quizá sería muy rebuscado. Cumpliendo la adolescencia ya fui leyendo a Dostoyevski, entre otros (más y mejor que Chejov o Tolstoi. Este último se me fue indigestando y hasta hoy). También devoraba películas donde saliera “algo ruso”, tipo “Doctor Zhivago”. Y entrando en la adultez, uno de los escritores que más y mejor me ha marcado ha sido Alexander Solzhenitsyn, que tan mal recibido y tan mal entendido fue en la España de 1976 (2) a pesar de la buena predisposición con la que arribó; y fue por una entrevista que vi en el semanario “Alfa y Omega” cuyo titular era “Dios no nos quita la libertad frente al mal”. Aquello me marcó tanto como también me acabaría marcando la biografía que le hizo Joseph Pearce o su lapidario y profético libro “El error de Occidente”. Y ahora que lo pienso, también me ha inspirado cierta fascinación la última familia imperial Romanov, en especial el zar Nicolás II; y nunca me he creído en las versiones negrolegendarias de aquella época (3), viniesen de donde viniesen; y de hecho creo que con el tiempo todo ello está siendo historiado en su justa medida y ojalá yo, al menos con mis versos, pueda contribuir con ello en una futura velada poética que ya se me ha ocurrido organizar con mi gran amigo Luis Carlón Sjovall, incombustible buque-insignia de la palentina Asociación Cultural Fernando III el Santo. Y ya puestos, también puedo decir que administro la página de facebook Imperio Ruso; y no puedo dejar de evocar a Walter Schubart, en su libro «Europa y el alma del Oriente», pues fue quien me aportó muchas claves de algo que quería intuir desde pequeño; tal y como las coincidencias sorprendentes entre España y Rusia, que si bien en el pasado fue algo más o menos tratado por Unamuno y Tolstoi, creo que hoy existe más y mejor maderamen al respecto y ojalá pueda desarrollarlo algún día…

Bueno, que me enrollo… Después de repasar este recuerdo, me he llegado a preguntar si todo esto tendrá algo que ver, si se me notará algo en la cara… Pero otra vez volvemos a si no estoy siendo demasiado rebuscado. En fin, lo único que sé a ciencia cierta de todo esto es que una vez me tomaron por ruso en Lima.

(1)Véase:

(2) Véase:

(3) Curioso es cómo tendencias políticas de muy diverso signo coinciden en su versión ramplona y simplista sobre los últimos años de la monarquía rusa, a la que tachan de «feudal», y jamás citan a la Duma (donde estaban los mismos comunistas), o el hito del Transiberiano, o tantos otros datos que desmienten todas estas versiones que tienen mucho de propaganda y poco de Historia; y en esa propaganda, está la justificación de una revolución criminal que al final se acabó llevando medio mundo por delante. Una revolución que, evocando al historiador Pierre Gaxotte, tuvo mucho de común con la francesa; la cual se nos sigue poniendo de ejemplo a la par que se oculta deliberadamente -por unos y por otros- sus terribles crímenes.

Y así, tal y como exponen Nicolás Kasanzew y María Elvira Roca Barea, al igual que ha habido una leyenda negra contra España, también ha habido una leyenda negra contra Rusia. Y hasta hoy.

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