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Céspedes: la fatiga eterna de sus restos

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Por Carlos Ferrera

“En La Lola –el carretón de los muertos vulgares– conducen al expresidente de la República en Armas hasta el cementerio municipal. Sin penas ni glorias lo entierran en una fosa común del patio G, en la hilera primera. Pocos santiagueros son testigos del hecho…”

Erasmo Roldán Covarrubias
(Historiador y biógrafo de las familias cubanas Céspedes y Quesada)
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Así narra Roldán el principio de aquel largo viaje, en el espacio y en el tiempo, que emprendían los restos de quien hasta el momento, había sido el hombre más importante de La Patria cubana.

El 27 de febrero de 1874, con solo 54 años, Carlos Manuel es ya “un sol en llamas que se hundía en el abismo”, como escribió a su mujer solo unos días antes. Solo, humillado, proscrito y acosado por un comando español, el Líder de la Gran Guerra encuentra la muerte en el fondo de un barranco de la Sierra Maestra.

Sé que le debo a mis lectores una reflexión sobre este último capítulo de su vida, así que permítanme no abundar aquí sobre el tema. Solo avanzo que la versión revolucionaria oficial de los detalles de su trágico fin, dista mucho de la realidad. Pero reconozco que desde entonces, el alma torturada de Carlos Manuel no pega ojo, por culpa de sus compatriotas de la posteridad.

Quizás solo Martí lo aventaja en el podio de mártires occisos, en el número de exhumaciones y entierros. El noble, pero exagerado empeño de las generaciones que le siguieron, empecinadas en encontrarle a Carlos un reposo mejor, paradójicamente no lo ha dejado descansar desde su muerte.

PRIMER ENTIERRO

Emilio Bacardí cuenta en sus “Crónicas”, los primeros y poco felices momentos del cadáver de nuestro primer presidente de la República de Cuba en Armas:

“Procedente del costero poblado de Aserradero, en horas de la mañana del domingo 1ro. de marzo de 1874, toca muelle en la urbe santiaguera la goleta Santiago. Entre sacos de carbón, gallinas y puercos, los españoles traen como trofeo de guerra, el cuerpo exánime y mancillado de Carlos Manuel de Céspedes. Tiene un orificio de bala sobre la tetilla izquierda, un ojo amoratado y el cráneo hundido, evidencias de su duelo con las tropas del Batallón de San Quintín, dos días antes, en el recóndito paraje de la Sierra Maestra. Lo tiran a la sombra de una ceiba frente al puerto. De allí lo trasladan al hospital civil La Caridad, aledaño a la Casa de Intendencia, en el barrio El Tivolí. En calzoncillo y tendido sobre una ordinaria mesa de pino, exhiben el cadáver. Son perfectamente visibles las huellas de los daños físicos sufridos en el barranco por el que se despeñó. (…) Humillante capilla ardiente que le deparó su destino para hacerlo más grande a los ojos de sus conciudadanos…”.

En un carretón llamado “La Lola”, por la tarde de ese mismo día, Carlos Manuel es conducido al Cementerio Santa Ifigenia y sin ningún ritual u oración, depositado en una fosa común del patio G, en la hilera 1ra., enmarcada con los números 2 y 3.

Años después, el sitio exacto fue reconocido y preservado por Calixto Acosta Nariño, cirujano santiaguero, Luis Yero Buduén, José Joaquín Navarro y José Caridad Díaz, celadores del camposanto, los sepultureros José Dolores Acosta y Fernando Gómez, y el albañil Prudencio Ramírez «Lencho».

Los siete hombres juramentaron preservar el secreto del lugar de Cuba dónde estaba enterrado el Padre de la Patria. Su cuerpo permaneció allí totalmente anónimo, hasta 1879.

PRIMERA EXHUMACIÓN

En marzo de 1879, estaba a punto de vencerse el plazo de ocupación reglamentaria de la bóveda, y los huesos del prócer podían ser lanzados al osario colectivo. Entonces el grupo de conjurados acordó la exhumación en secreto. Ciro Bianchi describe este momento:

“En la oscuridad de la noche, bajo la lluvia y alumbrados solo por la luz de los relámpagos, siete hombres se mueven en total silencio por el cementerio de Santa Ifigenia. No son seres de ultra tumba, sino patriotas que decidieron rescatar los restos de Carlos Manuel de Céspedes, e impedir que se perdieran para siempre.

Encabeza el grupo Calixto Acosta Nariño, corresponsal secreto de Céspedes en Santiago de Cuba, que había visto su cadáver cuando lo expusieron en el Hospital Civil de esa ciudad. Lo conforman Luis Yero Buduén y José Navarro Villar. Hay también tres negros en el grupo, pero sus nombres lamentablemente no quedaron recogidos en la historia”.

Ciro tiene razón; el texto de la tarja que aparece hoy en esa segunda tumba, solo reconoce como bienhechores al trío de intelectuales. Reza el mármol frío en bajorrelieve:

“Cubano: descúbrete. En esta fosa fueron inhumados y salvados para la posteridad los restos gloriosos del héroe de La Demajagua y mártir de San Lorenzo. Loor a los salvadores: Dr. José Joaquín Navarro – Luis Yero Buduén – Calixto Acosta y Nariño”.

Pero si ha de ser justa la Historia, debe recordar el protagonismo anónimo de José Caridad Díaz, Prudencio, José Dolores y Fernando. Acosta Nariño, que era el médico del grupo, describió el ambiente del momento:

“Conmovía ver aquellas palmas negras (del celador y de Lencho) manejar sus picos con tanto cuidado como si fueran a tocar un cristal. Media hora después aparecían los restos completos del Padre de la Patria acompañados de relámpagos y truenos, como si los mismos quisieran participar de la escena fúnebre. Guiados por la tenue luz de un farol, junto a mi colega el cirujano José Joaquín Navarro atravesamos el cementerio con los despojos guardados en un cofre…”

SEGUNDO ENTIERRO

El Dr. Calixto Acosta Nariño y José Joaquín Navarro, iluminados con la poca luz de un farol, atravesaron todo el cementerio con los restos de Céspedes en el cofre, hasta llegar al patio B, el más antiguo de la necrópolis. Allí, en un lugar secreto pusieron los despojos, sin identificación alguna:

“Volvemos a enterrarlos en una tumba humilde comprada por Yero, y ubicada en uno de los patios más antiguos de la necrópolis. Queda sin epitafio, para que no la descubran. A la unidad de nuestro funeral marcharon los dos negros sepultureros, quienes durante cinco años habían velado con fidelidad los restos, nos quitaron la caja, porque ellos también querían cargar al que había muerto por la libertad de todos. Llegaron por fin al lugar donde se iba a depositar en la bóveda los restos en caja, clavándolos después fuertemente, colocándolos en la bóveda cerrada por mampostería sin nombre, sin señal alguna, conforme a lo que se había previsto, pues se hizo la exhumación con el mayor civismo y a mediados de mes para que dichos restos no se hubiesen perdido”.

Navarro no fue capturado, pero los españoles habían seguido los pasos de Acosta, y lo encerraron en el Morro santiaguero. Murió exiliado en Estados Unidos y sus restos más tarde fueron traídos otra vez a Santa Ifigenia.

Carlos Manuel, por sdu paerte, continuó, por fin, su descanso, y lo dejamos quieto. Hasta 1898.

SEGUNDA EXHUMACIÓN

El 16 de octubre de 1898 ya finalizada la guerra, se revela públicamente que Céspedes yace en la Fosa 103 del Patio B de la Necrópolis.

Allí Emilio Bacardí coloca una lápida de mármol en su honor, en nombre de los exiliados cubanos en Jamaica. Tiene grabada la divisa: “Ya tienes Patria”. Pero aun el prócer no tendrá descanso.

Durante la República, el nicho se deteriora rápidamente y el Consejo Provincial de Oriente acuerda, por fin, la construcción de una tumba más decente para el Padre de la Patria. El espacio donde yacía era muy pequeño, así que se decidió moverlo a una miniparcela de 7.60 x 7.60m en un privilegiado emplazamiento del sector izquierdo del cementerio. Allí se coloca el 10 de octubre de 1909, la primera piedra del nuevo mausoleo, en ocasión de la efeméride del alzamiento de La Demajagua.

La obra comienza a todo ritmo en enero de marzo de 1910. Contaba Le Fígaro en un editorial de entonces:

“Una firma italiana representada en Santiago por Juan Dotta, ha ganado en concurso la ejecución del proyecto del Mausoleo a Carlos Manuel de Céspedes en Santa Ifigenia. De Italia, y a bordo del Vapor Pío XI, llegaron las piezas procedentes de Carrara el 6 de marzo de 1910 y comenzaron a emplazarse inmediatamente por la casa marmolista Manuel Prieto, la más importante de Oriente. El monumento, en el que algunas personas denotan elementos de la simbología masónica, quedó enmarcado por una cerca de nueve pequeñas columnas entrelazadas por cadenas confeccionadas en bronce, y se distingue en él la Bandera Nacional que Candelaria Acosta bordara el día en que se iniciaron nuestras gestas emancipadoras. Va tomando forma esta obra de estilo ecléctico y magnífica factura decorativa…”

TERCER ENTIERRO

En apenas 8 meses el mausoleo está terminado, y el Padre está listo para volver a ser enterrado. Cuenta Bohemia cómo fue la bulla:

“Como parte de las actividades patrióticas por el aniversario de la muerte de Antonio Maceo, en la mañana del 7 de diciembre de 1910, una multitud marcha desde el Palacio de Gobierno Provincial hasta Santa Ifigenia. Asisten a la exhumación de la caja que contiene los restos de Céspedes, desde su segundo y clandestino entierro ocurrido 31 años antes.

Cinco doctores y un dentista van extrayendo la osamenta. La ponen sobre una mesa cubierta con una bandera cubana, mientras un notario levanta acta de la operación. Una vez clasificados y contados guardan los huesos en una caja metálica, y esta a su vez, dentro de otra de madera. Emprenden el regreso al edificio gubernamental.

En el majestuoso salón de actos repleto de banderas y ramos de laurel, velan la urna en capilla ardiente. Guardias de honor escoltan lo que queda del gran bayamés. También el pueblo asiste al solemne homenaje que concluye a las cuatro de la tarde…”

Céspedes por fin reposa en un sepulcro digno de su talla y ahí debía descansar eternamente. Pero aun no.

TERCERA EXHUMACIÓN

Ciento siete años más tarde, en 2017, volvió a interrumpirse reposo del guerrero. Había pasado un año de la muerte de La Bestia, y su hermano menor, ahora el líder, también ordena trasladar los restos de Carlos Manuel a una nueva ubicación en el área patrimonial central del cementerio; lo que llaman El Sendero de los Próceres. Él mismo lo hará con sus propias manos.

Cito a la prensa cubana filial, Juventud Rebelde:

“Coordinado por la Oficina del Historiador de la Ciudad santiaguera, y con la asesoría de su homóloga en La Habana, el proyecto comenzó a ejecutarse a finales de junio del propio año, con un equipo multidisciplinario.

Se estima que más de 20 toneladas en segmentos de mármol fueron desmontadas del mausoleo de Céspedes. Se requirió de una intervención cuidadosa para mover, sin daños mayores, la volumétrica estructura de exquisita elaboración y frágiles decoraciones. Lo escanearon por completo para conservar detalles y reproducir las piezas en tecnología 3D. Mediante geo-radar localizaron los restos”.

Triunfalismos tecnológicos revolucionarios aparte, por fin el 30 de junio se retira la tapa de la cripta de Carlos Manuel de Céspedes. Dentro está la caja de cedro con una incrustación de plata; el nombre y fechas de nacimiento y muerte; y los escudos de la República de Cuba y de Oriente.

Descubren además un cajón de plomo soldado, dos ejemplares de periódicos (El Liberal y La Independencia) y el acta de exhumación de 1910. De la urna extraen, en muy mal estado por el tiempo transcurrido en contacto con los acuíferos subterráneos del cementerio, la misma bandera que envolvió los huesos del héroe en su último entierro.

“Prácticamente ninguno se ha perdido en un siglo -dice el informe forense-, Casi todo lo detallado en la relación anterior, está in situ”.

CUARTO Y ÚLTIMO ENTIERRO

El 10 de octubre de 2017, en ceremonia de gran gala, Carlos Manuel de Céspedes es inhumado por cuarta vez. La Dictadura aprovecha para hacer también la mudanza «in extremis» de los despojos de Mariana Grajales. Allí los esperaban ya Martí, Fidel mismo, y un sinfín de mártires y “martiritos” de la revolución.

JR describe la inhumación:

“Para depositarlos en su nuevo emplazamiento, colocan los restos en un receptáculo de acero níquel soldado, que es introducido en una urna de cedro. También dejan bajo la superficie terrestre las alegóricas piezas de plata.

Como novedad, el actual monumento se eleva unos centímetros del nivel de terreno, y ostenta en plano inclinado unas letras de bronce alusivas a su personalidad histórica. Asimismo, al compás de una elegía, recibe el tributo de una guardia de honor desde que sale el sol hasta su ocaso…”

Carlos Manuel aún no ha cumplido dos años de descanso en su nueva “última morada”, pero me da que, como poco, le queda un viaje más.

Cuando por fin se esfume el castrocanelismo, y Cuba vuelva a ser un país normal, habrá que sacar los restos de Carlitos junto a los de Martí, y alejarlos de aquel barrio de monstruos comunistas que poco a poco se van reuniendo bajo tierra.

Solo así Carlos Manuel conseguirá realmente descansar en paz. Por 5ta vez.

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