Por: Casimiro Sánchez Calderón

La constante del hilo conductor de la historia ha sido la violencia. La violencia física y psicológica para poder sobrevivir o para dar satisfacción a las ambiciones personales, sociales o políticas de toda índole. Civilizaciones y culturas se han impuesto unas a otras bajo el dominio de las lanzas y de los cascos de los caballos o del predominio de los cañones.

Solo el desarrollo de la misericordia, de la piedad, del perdón, productos de la evolución de los sentimientos y del cambio de las relaciones sociales y políticas entre los pueblos ha desenterrado en las sociedades la palabra diálogo, la palabra entendimiento y la necesidad de perdón. Porque la historia ha demostrado que el perdón es ya una necesidad como elemento fundamental de la supervivencia. Sin piedad y sin perdón será muy defícil la convivencia necesaria para abordar los grandes cambios climáticos, tecnológicos y sociales del planeta o de las naciones y los psicológicos personales de una sociedad cada vez más urbanita e impersonal.

La trágica experiencia de nuestra guerra civil ha creado en el sentimiento colectivo la idea de que es un hecho que nunca jamás debe repetirse y de que el diálogo es la única solución.

Aplicar ese sentimiento a Cataluña por parte de los españoles, es decir, el sentimiento de perdón por las ofensas recibidas, puesto que hemos sido seres pasivos que no hemos dicho ni «mu» en todo el proceso, sería demostración de firmeza y de generosidad, de seres evolucionados que miran más al futuro que al pasado.

Que en Cataluña se intenten tapar las corrupciones del 3% con el independentismo, que se adoctrine a los hijos y a los alumnos, que se inculque en la sociedad catalana la idea de que los españoles somos vagos y además les robamos, que se subvencione con dinero de los españoles televisiones y medios contrarios a España, que se haga la vida imposible a muchos catalanes por el hecho de sentirse también españoles, y un largo etcétera, debería ser motivo suficiente para que los españoles, tanto de derecha como de izquierda, tuviéramos una reacción de rabia y de odio del mismo tamaño que la de algunos catalanes hacia España.

La idea de que lo que se pretende es extender la república a toda España, que sería una idea democrática y libre, es una falacia, los métodos hubieran sido totalmente diferentes.

¿Deben justificar, pues, tantas ofensas el perdón de los españoles y del Parlamento hasta el punto de rebajar las penas? ¿Puede arrogarse un gobierno esta medida sin haberlo llevado en el programa electoral y sin hacer un referendum entre los españoles?

Desde el punto de vista de seres humanos con miras elevadas basadas en la piedad, en la experiencia histórica, en la necesidad de convivencia entre todos los españoles el perdón debería ser posible e incluso necesario.

Pero, ¿hay en los independentistas algún atisbo de arrepentimiento o de acercamiento? En esa negociación que se exige siempre ¿hay una mínima intención de reforzar, aunque sea con más autonomía, la idea de un proyecto común en España para tener más fuerza en Europa y en el mundo?

Si con la rebaja de las penas lo único que se pretende es ganar más tiempo para que el independentismo se refuerce los próximos años y plantear luego la independencia definitiva, habremos convertido la piedad en candidez.

La ignorancia, la simpleza, la ligereza en la toma de decisiones, la cobardía, también han proporcionado desastres en la historia.
Cómo emplear la piedad, el perdón, la generosidad en este asunto sin enfrentar más a unos españoles y otros, sin debilitar la nación, que es de todos, sin que ya nunca haya más ofensas, sin que haya adoctrinamientos, ni robos de fondos públicos, sin humillaciones a ciudadanos que no piensan igual, ese es el reto de este Gobierno.

Partido Ibérico (íber)
IBERIA: Maestra de la vida y de la historia.

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