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Austrias buenos y Borbones malos

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En el imaginario colectivo hispánico de muchos aficionados a la historia, los Austrias son buenos y los Borbones son malos. Y ello es continuamente aliñado a base de tópicos con mucha propaganda y poco contenido. En este escrito nos disponemos a desmenuzar algunos que, lejos de ayudar a nuestras hispanas entendederas, no crean sino malos entendidos y, desde luego, en nada colaboran ante el problemón que tenemos por obra y gracia de la leyenda negra.

A saber:

Se suele repetir cual mantra que los Austrias eran federalistas y los Borbones centralistas. Sin embargo, no sé yo dónde, cómo o cuándo Carlos I de España y V de Alemania aplicó ese federalismo al entrar en Castilla rodeado de una corte de déspotas flamencos que acabaron provocando la guerra de los comuneros, con su eco en las germanías de Aragón.

También se suele decir que los Borbones perdieron o vendieron territorio hispano a otras potencias, pero suele omitir que Carlos I cedió Venezuela a los banqueros alemanes. Y aquí valdría detenerse en aquellos que dicen “ojalá nos hubieran conquistado otros…” (hasta ahí les llega el indigenismo), puesto que la “colonización alemana” que apenas llegó a los 15 años fue un completo desastre y ellos mismos imploraron que volvieran los españoles.

Lo cierto es que tanto Austrias como Borbones tenían un concepto patrimonial de la monarquía, lo cual chocaba con parte del Derecho Romano que tanto arraigo tenía en Castilla, como bien explica el doctor Guillermo Pérez Galicia (1), sobre todo en cuanto a la enajenación y etc. de los territorios.

También se habla de Habsburgos y Borbones como si fueran “reyes austriacos” o “franceses” y de ahí se sacan conclusiones subliminales con respecto a sus muchas y supuestas diferencias. Pero lo cierto es que no tuvo “reyes austriacos” o “reyes franceses”, sino que todos esos fueron reyes en tanto y en cuanto de España.

Se nos dice que con Felipe V, España se convirtió en una mera sucursal de Francia… No obstante, no cuadra con los hechos del complejo y longevo reinado del primer Borbón, puesto que buena parte de su política consistió en devolver a España al concierto de las potencias y en muy buena medida lo consiguió, obteniendo una posición muy interesante en los territorios italianos (ampliando el Pacto de Familia con Parma y Nápoles amén de con Francia) y configurándose una monarquía cada vez más americana. Si bien Felipe V fue hasta “belicista”, dadas las circunstancias, su hijo Fernando VI impuso la “pax hispanica” y a España como potencia marítima alejada de conflictos europeos. Carlos III, recogiendo el testimonio de sus antepasados, sin duda estableció toda una geopolítica que, sin ser perfecta, fue muy acorde a nuestros intereses. Y Carlos III, no olvidemos, fue un rey que había sido educado para Nápoles y que de Nápoles vino, dejando muy buen recuerdo allí. Mejor al menos que el de Garibaldi, aquel traficante de esclavos y pirata que, sin embargo, goza de una gran leyenda rosa en determinados pagos sudamericanos.

Hablando de sucursales, ¿fue España una mera sucursal del Sacro Imperio Romano Germánico con los Austrias?

O hablemos de despotismo: ¿El despotismo fue inventado por los Borbones porque eran franceses? No parece que el portugués marqués de Pombal o el ruso Pedro el Grande pertenecieran a la dinastía borbónica; que por cierto, al igual que los Trastámaras, estaba emparentada con los Capetos. Por eso, aplicar el concepto moderno-revolucionario de nacionalidad a los reyes del Antiguo Régimen como que no cuela.

Y es que como nos recordaba Rafael Gambra QEPD en su libro sobre las Guerras Realistas (2), el barón de Eroles ya proclamaba que el despotismo había entrado en España no con Felipe V, sino con Carlos I. Y tampoco es que sea una particularidad española ni sea un tema cerrado, hay que ver todos los claroscuros de épocas, por lo demás, muy fecundas para nuestra historia, que es tan europea como americana.

¿Los Borbones expulsaron a los jesuitas? Sí y los Austrias también. Y en el mismo siglo. Lo cual debería hacernos pensar que ni unos ni otros eran impíos ni los otros eran tan santísimos y deberíamos dejarnos de películas y analizar los hechos desde sus complejidades, que no son pocas.

¿Las reformas borbónicas perjudicaron a América? No parece que podamos hacer esa afirmación tan tajante. El actual territorio de Venezuela vivió un progreso económico especialmente desde Carlos III a Carlos IV y no digamos la importancia económica y política del Río de la Plata o el auge demográfico, científico y cultural de la Nueva Granada. Incluso la Capitanía chilena vivió un periodo de paz y estabilidad a la sombra del virreinato del Perú. Sí es verdad que hubo zonas que ganaron importancia en detrimento de otras, así como es verdad que se aprovechó el tirón de las zonas más desarrolladas para compensar a las más desfavorecidas; cosa que también ocurrió en la Península, por ejemplo con Sevilla, que una vez que los buques ya no podían pasar por el Guadalquivir, vio cómo se desplazaba la Casa de la Contratación a Cádiz y luego con Carlos III se aplicaba el libre comercio de América con puertos como Santander, La Coruña, Barcelona, Valencia, Málaga, los Alfaques de Tortosa… Y no por eso hay que decir que los Borbones buscaron perjudicar a Sevilla(3); al contrario, buena parte del dinero del comercio americano anterior se invirtió en muchas haciendas del interior y se instalaron fábricas como la de artillería y la del tabaco, como hubo una gran armería en Toledo e industrias potentes de vidrio y cerámica por otros pagos peninsulares; como Quito siguió siendo un gran telar en la América del sur para pasar a república bananera –literalmente- luego de la independencia.

Cierto es que en el Perú la revuelta de Túpac Amaru causó honda conmoción y que la cosa venía coleando desde las reformas políticas llevadas a cabo en el siglo XVIII con los consiguientes nuevos virreinatos. Reformas que no sólo se venían haciendo en América, puesto que también en la Península, las intendencias también fueron reformando las antiguas divisiones administrativas.

Con respecto al Perú, lo cierto es que Carlos III llevaba tiempo queriendo investigar abusos y corruptelas (que no sólo cometían los peninsulares, sino también criollos, mestizos e indios con mucho poder) y probablemente no estuvo bien asesorado. Aquella revuelta, eso sí, sólo la pudo sofocar con el gran apoyo nativo que tuvo, especialmente por la parte puneña. Y desde luego no parece solución certera prohibir símbolos de nobles indios, la lectura de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso o el quechua; prohibiciones que vemos no tuvieron mucho éxito, puesto que en el Ejército Real del Perú, muchos años después, se contaba con intérpretes de quechua y aimara para luchar contra el secesionismo… Con todo y con eso, no es que se esté justificando, sino que en la Península también se pagaba impuestos y también se trabajaba duro y de hecho también hubo revueltas sociales tales como el motín de Esquilache con la excusa de las normativas severas en la vestimenta y etc.

Hablar de la historia de una monarquía compuesta como la hispánica es hacerlo en su conjunto y no deteniéndose en intereses localistas o chovinistas; eso también podrían aprenderlo muchos dizque hispanistas españoles que tienen una visión digamos difusionista, “fuimos y les dimos”… No, en todo caso fueron y les dieron los antepasados directos de los hispanoamericanos, acá nosotros somos primos, tíos o sobrinos.

Insisto en lo de entender y estudiar nuestra historia como monarquía compuesta reivindicando el término de Tomás Pérez Vejo, historiador español radicado en México. Gracias a Pérez Vejo podemos entender la formación de la América Española por mor de lo que él llama “repúblicas urbanas”, o de lo que el quiteño Francisco Núñez del Arco llama “ciudades-estado”; al fin y al cabo, legado de la cultura clásica también reproducido en Grecia e Italia.

Y ojo con eso del centralismo borbónico que damos por hecho: Si escudriñamos en los Decretos de Nueva Planta que se implantan en España desde Felipe V, mucho antes, con sus matices diferenciales, ya habían sido expuestos por el conde-duque de Olivares para Felipe IV. Y el conde-duque, con todos sus defectos (que no eran pocos), no quería esta forma de gobernar por mero capricho o por doctrina centralista, sino que tenía como objetivo con la Unión de Armas que todos los reinos de esa monarquía compuesta que era la católica española aportaran de cara a la costosa “política militar” en las que nos habían metido los Austrias, de tal manera que como sentenció Francisco de Quevedo en unos versos:

«…sólo Castilla y León,

y el noble pueblo andaluz,

llevan a cuesta la cruz…».

Ahora que tan de moda (y a Dios gracias) se ha puesto la magna figura de Blas de Lezo, el que humilló a Inglaterra y sus colonias en Cartagena de Indias, conviene recordar que durante toda su vida fue un leal soldado borbónico; que de hecho su heroísmo empieza defendiendo la legitimidad de Felipe V frente a la usurpación del archiduque Carlos de Austria. Vascongados y navarros, como la mayoría de los españoles, apoyaron a Felipe V, quien siempre dispuso de partidarios en Cataluña, premiando a sus leales con la creación de los Mozos de Escuadra.

No obstante, en el caso de los vascongados ya venía de antes: Ya fueron pretorianos con los Trastámaras y con los Austrias, pues se nos omite que fueron protagonistas en la victoria del ejército de los imperiales de Carlos I frente a los comuneros de Villalar. Desde entonces (e incluso de antes), no dejaron de obtener prebendas, lo cual aumentó en la época borbónica desde Europa a América.

Gracias al proteccionismo textil que los Borbones concedieron a Cataluña, se convirtió en una de las regiones ibéricas más prósperas a costa de muchos de sus vecinos, lo cual parece durar hasta nuestro tiempo. Si es que se vienen continuamente a la mente los referidos versos de Quevedo…

Otros ilustres soldados borbónicos fueron Francisco de Miranda y José de San Martín. San Martín, concretamente, más de 20 años, hasta que en plena guerra contra Napoleón “vio la luz” y se dispuso a separar la América del Sur, no sin ayuda extra.

Así las cosas, más nos valdría estudiar, repasar y analizar nuestra historia con sus múltiples, ricas y complejas aristas porque ello redundaría en valor, raciocinio y autoestima; de lo contrario, seguiremos cojeando en el presente hasta estrellarnos del todo en el futuro; porque esto no es cuestión de eruditos aburridos, sino que conforma perfiles anímicos y hasta psicológicos a ambos lados del Atlántico.

P.D.: Lo que me sigue causando curiosidad, sin hallar lógica por más que intento escudriñar, es cómo las regiones más favorecidas por los Borbones, tanto en Europa como en América, se acabarían revelando como las más fervientes separatistas.

NOTAS

(1)Sobre Guillermo Pérez Galicia, véase:

https://www.sndeditores.com/libro/espana-esencia-y-origen_118936/

(2)Véase:

https://nuevahispanidad.com/index.php?rt=product/product&keyword=carlismo&product_id=303

(3)Hasta 1833, Sevilla no es la provincia de ahora, sino que era la capital de un territorio que, dentro de la Corona de Castilla, abarcaba las actuales provincias de Huelva, Sevilla, Cádiz y partes de Badajoz y Málaga. Con la reforma provincial de los liberales de 1833, comandada por el granadino Javier de Burgos, Sevilla salió perdiendo en demasía y, sin embargo, a los años, hay quien en el sur dice que todo es culpa de Sevilla y que “Sevilla nos roba”, al estilo del pujolismo catalán.

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