Por Hugo Esteva*

¿Conoce usted a alguna persona seria que se refiera así a su labor? Yo, que llevo muchos años en eso, nunca había oído la expresión que ahora no escatima ningún político en funciones públicas. Como si uno no supiera…


Lo peor no es hoy la escasa cantidad de trabajo, sino la pobre calidad. Y para apuntar a un aspecto en el que hasta el propio Presidente dice estar laborando con la señalada intensidad, permítaseme cierta precisión acerca de la pandemia que nos encierra.
Ante todo, desde las posiciones oficiales se nos dice que está siendo manejada por “expertos”. ¿Se puede saber con qué falta de pudor puede alguien dejarse llamar “experto” en una enfermedad que todo el mundo ignora? Uno llama experto a alguien que permanentemente trata la materia de su conocimiento. ¿Cuál de todos estos epidemiólogos o de estos infectólogos es experto en este virus sobre cuyo origen, modo de acción, prevención, tratamiento, no se abren sino interrogantes? Los epidemiólogos que se inauguran ahora en la vivencia de una epidemia o los infectólogos que la conocen desde el papel, porque no son quienes están tratando a los enfermos, deberían llamarse a discreto silencio después de haber sugerido -como única medida no demasiado reflexiva en su forma- lo que la humanidad viene haciendo desde siglos: la cuarentena. Realmente, como novedad no da para el tono infatuado con que la proclaman. Pero, por suerte, el propio Presidente de la Nación -claro, es profesor de Derecho Penal- ha dicho públicamente que ya es experto en epidemiología, lo que da una idea de la profundidad que requiere tal especialización.


Sin embargo, tampoco es cuestión de echarles toda la culpa. Son naturales hijos de un sistema universitario que los produce a montones: profesionales teóricos, que cada vez meten menos las manos en su profesión. ¿O hace falta repetir que entre nosotros ya hay profesores universitarios de Cirugía que no saben operar? Y que, además, infatuados por la montaña de papeles que periódicamente le presentan a la CONEAU o al CONICET, crecen permanentemente en la soberbia de la ignorancia. Porque, a diferencia de quien se enfrenta a la realidad de los enfermos, no se dan cuenta de que el conocimiento médico decae día a día, y exige la permanente actualización en los hechos y la constante crítica de sí mismo. Si no, permítaseme recordar a un viejo profesor que insistía en decir: “En Medicina, lo que es verdad hoy es mentira mañana”. Y agregaba: “Y delito pasado mañana”.


Pues así es. Los “expertos” de que se ufana el gobierno se ufanan, a su vez, de tratar la neumonía con cataplasmas. Y están tan conformes que no ven todo lo que han dejado de hacer durante estos meses de cuarentena. Porque se les ha dicho desde el comienzo: ¿Cómo es posible que no hayan seguido de entrada a cada uno de los primeros casos haciendo pruebas de laboratorio a todos sus contactos y,  eventualmente, aislándolos?  ¿Cómo es posible que no tomaran medida alguna de prevención en los asentamientos precarios, donde habitan muchos de los que trabajan en contacto con los que pudieron traer la enfermedad desde afuera? ¿Con qué falta de vergüenza proclaman hoy sus tardíos “testeos” en Buenos Aires y alrededores, burlándonos con el marketinero nombre de “Detectar”? ¿Era tan difícil imaginar que la enfermedad iba a llegar a lugares remotos de la mano de transportistas que al trabajo suman picaresca “diversión” en sus viajes a la gran urbe? ¿Qué “colectivo” les impidió siquiera pensar preventivamente?


Entretanto, han borrado de un plumazo la experiencia que se empezaba a hacer aquí con Hidroxicloroquina a partir del trabajo de un especialista serio como el Dr. Didier Raoult en Marsella, criticado por un débil artículo de la revista inglesa The Lancet del que la publicación ha debido retractarse. Mientras, nuestros “expertos” no dicen una palabra acerca del empleo de anticoagulación que ha surgido en Italia de autopsias que se están confirmando en los EEUU. Autopsias, estudios que también aquí deberían haberse realizado como elementales al estar frente a muertes por una enfermedad desconocida.


He tomado el solo ejemplo de la epidemia porque es lo que llena las noticias. Pero la misma falta de seriedad gubernamental se adivina en el manejo de una economía que sigue apuntando a la especulación, a la emisión sin respaldo, al endeudamiento y al ahogo del trabajo y la producción. En efecto, en última instancia nos encamina gente de mala fe; pero gente que entretanto se vale de manadas de ignorantes engreídos por su propio desconocimiento. Esas manadas sólo velan por su permanencia en el regalado campo de la política, que ahoga a la Nación desde mucho atrás.


Sí, el gobierno trabaja “fuertemente”. Uno preferiría que lo hiciese con prudencia y sabiduría.

*Ex Profesor Titular de Cirugía. UBA

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