José Gabriel Barrenechea.

1. Ningún régimen político se sustenta solo, y ni tan siquiera principalmente, sobre el miedo. Todo régimen político se sostiene sobre transacciones consensuadas, de manera tácita o dialogada, entre quienes gobiernan y una parte significativa de sus gobernados. Esto es válido para las democracias que realmente existen, pero también para los regímenes autoritarios como el de Luis XIV, o incluso los totalitarios como el nacionalsocialista, el soviético, o esa sui generis mezcla de ambos, el castrista.

Es tan difícil establecer un criterio de demarcación entre la democracia y el autoritarismo, que para alguien tan agudo como Karl Popper la única manera de distinguir entre una y otro pasa por fijarnos en cómo pueden ser desplazados del poder los gobernantes: de manera pacífica en democracia, y solo de manera violenta en un régimen autoritarista. O sea, lo define no en base a la existencia o no de determinados mecanismos o instituciones, por ejemplo, la elección de representantes mandatados, por algún sistema de voto personal, para todos los cargos primarios en un esquema de poderes divididos. Popper, ante la distorsión de esos mecanismos que con bastante frecuencia observamos, se ve obligado a echar mano de un criterio que no permite predecir comportamientos a partir de un análisis puntual. De hecho reconoce que solo a posteriori de ese comportamiento es que se puede definir si el régimen bajo estudio es una democracia, o un autoritarismo.

Si dejamos a un lado nuestros prejuicios, y sobre todo los apresuramientos injustificados, nos resulta evidente que por una parte los habitantes de ciertas autocracias totalitarias se creen lo de vivir en los regímenes más participativos de la historia, las “democracias participativas” castristas, y que por otra no pocos de quienes al presente viven en plutocracias se sueñan hacerlo en democracia, a pesar de la imposibilidad manifiesta para sacar del poder a ciertas élites mandatadas no por el voto del soberano, sino por el dinero de los plutócratas. Y es que las plutocracias suelen defenderse muy bien a sí mismas, para no verse obligadas a ceder el poder, mediante su efectividad cultural en hacer creer a buena parte de la sociedad que las fuerzas políticas inaceptables para los plutócratas, por razones obvias de auto conservación propia, necesariamente conducen al autoritarismo.

No obstante, creemos que si se abandona la interpretación institucional, mecanismo-céntrica, y ahondamos en la psicología de los individuos que conforman las sociedades en cuestión, encontraremos un conjunto de criterios culturales que nos permitirán precisar de una manera bastante clara, y sobre todo, con cierta efectividad predictiva, frente a qué tipo de régimen estamos. O sea, sin necesidad de esperar cierto intervalo de tiempo para observar si en su transcurso los gobernados logran o no sacar del poder, de modo pacífico, a sus gobernantes, o si por el contrario para lograrlo deben echar mano de la fuerza.

2. En general se da por sentado que los regímenes autoritarios se sostienen en lo principal sobre la efectividad de sus órganos represivos. Mas tal es en realidad un imposible, porque en primer lugar por el escaso número relativo de sus miembros, incluso al contar con el monopolio de las armas, los tales órganos no podrían enfrentarse a todo el resto de la sociedad de no haber en ella una mayoría de individuos con algún grado de consentimiento interno a la situación política en que viven. En segundo porque sus miembros, salvo en los casos en que hablamos de ejércitos extranjeros de ocupación, forman parte de esa misma sociedad, y por ello se encuentran enredados en infinitos vínculos con familiares, amigos, conocidos, y en general con toda ella, al compartir una misma cultura básica, por lo que en alguna medida también a ellos debería de afectarlos cualquier estado de insatisfacción general.

Podemos ampliar nuestro punto de vista y afirmar que todo régimen político se sostiene sobre un conjunto articulado de instituciones: el cuadro administrativo, ya no solo sobre los órganos represivos. Mas aquí cabe aplicar también los mismos argumentos de arriba. Así, en última instancia, no nos queda más que admitir que es sobre el consentimiento de los individuos a la situación comunitaria en que viven, sobre una mentalidad común, una específica cultura, que se sostienen incluso las peores dictaduras, más que sobre las bayonetas o la efectividad de su policía política.

En general este es un juicio que puede ser extendido a todo régimen político: Sin excepción todos se sostienen sobre una cultura específica al mismo; es más, todos son la consecuencia de esa cultura.

En el caso del autoritarismo el cuadro permite el paso de las decisiones desde arriba hacia abajo, y sobre todo las impone, pero ese estado de cosas solo es aceptable para los gobernados desde una cierta cultura autoritaria. En caso contrario, de no existir esta, de nada valdrá al gobernante multiplicar numéricamente a los integrantes del cuadro hasta los límites de lo que permite la economía, y sus ansias de poder personal[i]. En la democracia el cuadro se encuentra bajo la supervisión de los gobernados, de la misma manera en que lo están los gobernantes mismos, mediante los mecanismos democráticos de la sociedad en cuestión, mas de poco valdrán los tales mecanismos si en ella no impera una cultura democrática. Sin esta, los tales mecanismos acabarán por convertirse en convenientes máscaras para los peores autoritarismos; si es que no lo eran desde un principio.

Es por lo tanto la cultura que predomina, ese nivel básico común a todos los integrantes de la sociedad dada, no la estructura o ferocidad del cuadro administrativo, o la existencia o no de los mecanismos “democráticos”, la más segura vía para diferenciar a los regímenes políticos de manera puntual: Existen una cultura democrática y una autoritaria, y en dependencia de a cuál de estas dos abstracciones se acerque más la cultura específica de la sociedad en cuestión, podrá decirse si la misma se encuentra sometida a un régimen más o menos democrático, o a uno autoritario.

3. El rasgo central de una cultura democrática es que, para los individuos que viven dentro de ella, la Ley, ya haya sido consensuada de manera tácita o dialogada, se encuentra siempre por encima de todos. Se confía por lo tanto en el pacto entre todos, concretado en un conjunto de reglas abstractas; por sobre todo en el conjunto de reglas abstractas profundamente enraizadas en la psique del ciudadano que permiten el propio proceso consensual. En el autoritarismo, por su parte, la confianza individual se deposita en individuos concretos, a cuya voluntad la mayoría, o por lo menos la parte suficientemente fuerte para imponerse al resto, ha aceptado colocar en última instancia por encima de la voluntad de todos.

En general, para distinguir a una cultura de otra, y por lo mismo a un régimen político de otro, es determinante fijarnos en cómo ve el individuo al gobernante: En el caso del Ancien Régimen, para el gobernado el gobernante ocupa el poder por decreto divino, por tanto su posición subordinada responde al propio ordenamiento del mundo; en el de los regímenes autoritarios positivistas, en una cultura en que se necesita de conocimientos específicos para cada actividad concreta, el gobernante es el especialista calificado para hacerse cargo de los específicos asuntos políticos (de ahí el surgimiento de ciencias políticas, como la politología, refugio de tantos farsantes, y en consecuencia de las clases políticas); en las “democracias participativas”, porque el gobernante es el patriarca, ese carismático y paternal pariente nuestro que sabe cómo conducirnos al paraíso en la Tierra de alguna Utopía.

Por su parte en la verdadera cultura democrática el gobernante no es para el ciudadano más que un igual, a quien por consenso común de toda la ciudadanía se lo ha mandatado para hacer respetar la Ley. Pero por sobre todo para hacer respetar las reglas que en el ágora permiten que todos puedan participar por igual en la consensuación de los asuntos comunes.

4. Característica principal en la cultura democrática es la aceptación de la insalvable necesidad de echar mano de las relaciones impersonales, como cada vez más importantes a medida que el individuo se aleja de su marco familiar, tribal, y se adentra a su vez, en sus contactos, en una sociedad global compuesta por miles de millones de individuos humanos, en la cual las relaciones humanas adquieren de manera inevitable altísimos grados de complejidad. En democracia la impersonalidad en la administración, aunque criticada en sus excesos burocráticos, es aceptada además como la base sobre la que se obliga al que administra a tenernos a todos por iguales: es la base de la igualdad ante la Ley, imprescindible a toda verdadera democracia.

Contrastantemente, en la cultura autoritaria siempre existe un grado exagerado de sospecha ante dichas relaciones, a las cuales se pretenden sustituir de un modo u otro por las personales. Es esta precisamente la explicación última de por qué en sociedades con una cultura autoritaria se prefiere el gobierno personal de los tiranos, y en las sustentadas sobre una democrática el imperio impersonal de la Ley.

Esta distribución entre ambas culturas de la preferencia por lo personal o impersonal puede parecer contraproducente, y se presta para  que los tiranos, y los ditirambistas de su séquito, pretendan hacernos pasar los peores autoritarismos por las más sinceras democracias. Porque desde una aproximación superficial, folklórica, la manera personal establece una relación entre humanos, ideal en apariencias para establecer sobre ella un más humanista sistema político, mientras que a la manera impersonal se administra como si todos fuésemos números, no personas; ideal supremo del Tirano.

Mas el asunto aquí no está en cómo quisiera administrar el gobernante, sin duda como si todos fuéramos ovejas marcadas con un número que él arrea a pastar, sino en cómo a él lo ven los gobernados. Porque lo importante no es lo que quiere el gobernante, que de tener la oportunidad siempre será el gobernar de una manera más o menos autoritaria, sino lo que en su concreta interpretación del mundo, y de su lugar en él, están dispuestos a permitirle los gobernados.

En un sistema personalista de administración se establece una falsa relación personal entre gobernado y gobernante, la cual solo hace fortalecer la posición del segundo al crear expectativas de trato paternal y leyendas folklóricas en la mente del primero. Sobre la base de sus estudiadas distinciones personales en la administración el gobernante puede no solo acumular la suficiente masa de apoyo para imponerse sobre la Ley, sino incluso da pie a las leyendas autoritarias sobre las que todo autoritarismo se levanta culturalmente: Las francesas sobre los ministros malos que siempre engañan al Rey bueno, y milagroso, que sana con solo tocar a sus súbditos; o la cubana contemporánea, condensada en la conocidísima frase de “si Fidel supiera, carajo”.

La realidad es que en sociedades complejas y millonarias lo personal es inviable para que alcancen a funcionar las relaciones humanas muy complejas que allí predominan, generalmente bastante alejadas del marco familiar, tribal, concreto de los individuos. En tal caso la sobrevaloración de lo personal en la administración solo sirve a justificar la ficción de que quien manda tiránicamente es en cambio un pariente muy querido, alguien que desde la pantalla del televisor, o desde el cuadro suyo que hemos colgado en la sala, con un escopetón en la espalda y un habano entre los dientes, siempre está muy al tanto de nuestros asuntos, deseos, sueños, fantasías.  

Sin discusión la preferencia cultural por el modo personal de administrar es uno de los fundamentos sobre los que se levanta el autoritarismo, mientras la resignada aceptación por el ciudadano del impersonal, a la vez que permite el refuerzo de la creencia en la Ley consensuada como el ordenador supremo e indiscutible, resulta una de las bases culturales más firmes de la democracia.

Las innegables deficiencias del sistema impersonal de administración, su burocratización excesiva, son contrarrestadas en democracia por el espíritu participativo de la cultura democrática, que permite reducirlas a un mínimo tolerable. Gracias al refuerzo de la Ley consensuada, y por lo tanto de la participación necesaria para consensuar a aquella, el cuadro administrativo y sus decisiones se encuentran firmemente controlados por los ciudadanos. Lo cual evita los excesos burocráticos en una medida realista, y suficiente.

5. La tendencia de los individuos a asociarse espontáneamente es otra de las características distintivas de toda cultura democrática. Toda democracia sana culturalmente se ve repleta de asociaciones que aparecen, desaparecen, se sustituyen las unas a las otras, a impulsos de la necesidad de resolver los problemas concretos comunes que de manera incesante enfrenta la sociedad en cuestión. De hecho la cultura democrática ideal es aquella en que la mentalidad ciudadana estima que a la asociación Estado solo se le debe de dejar el papel de hacer respetar las reglas abstractas que regulan el proceso participativo en el ágora. Mientras a los individuos les toca organizarse en grupos para bajar a esta plaza pública, para reunirse en común todos, o en grupos separados en algún lugar de ella, a discutir los asuntos que solo interesan a los que voluntariamente han entrado en la asociación.

Por lo tanto la tendencia cultural al asociacionismo espontáneo será un claro indicio de democracia, y la aceptación de la visión del Estado como de la asociación preferible, y sobre todo la más saludable para evitar la recaída en el caos, lo será del autoritarismo. En el caso de la visión del Estado como del único vínculo social legítimo para conectar a los individuos, de intermediario personal obligatorio de toda relación entre ellos, lo es del totalitarismo. A su vez, un claro signo de transición real del autoritarismo a la democracia lo será el aumento del deseo en los individuos a asociarse más allá del Estado; y la persistencia del asociacionismo espontáneo en sociedades democráticas amenazadas por la plutocracia a nivel central lo será de las escasas posibilidades de esa amenaza, de la fortaleza que a la democracia todavía brinda su sano sustrato cultural.

6. El dónde ven los individuos el Caos que amenaza a la sociedad en cuestión es otra característica central, cosmológica, que permite distinguir a una cultura democrática de una autoritaria. En esta última los individuos perciben al caos al interior de la sociedad, y es para ellos, por tanto, esa ubicación la causa de que al vivir en ella no puedan disfrutar del medio paradisíaco, ordenado, en que esta se desenvuelve. Aceptada semejante dicotomía maniquea: adentro de lo social el Mal-Caos que no permite disfrutar del Bien-Orden natural, se impone lógicamente poner orden en la sociedad a cualquier precio. Lo cual equivale a que un representante del sentido común, a nombre de todos, reprima a quienes pretendan salirse de la norma planteada por la opinión general.

En la verdadera cultura democrática el caos peligroso es el exterior, el de un medio que no ha sido concebido por alguna autoridad superior (Dios, o un Orden Natural abstracto), para amparar como en un paraíso la vida humana. Un medio que si no es claramente hostil para la vida, si es indiferente por completo a ella. Para enfrentar a cuyos desafíos solo contamos con el caos creativo al interior de la sociedad. O sea, que más que con el imperio de la opinión general del común, se cuenta con las ideas contrastantes que sin parar nacen alrededor de la misma en cualquier sociedad realmente humana.

Este aspecto nos hace ver que el ecologismo radical que ve en la naturaleza planetaria una especie de paraíso, al cual solo nosotros con nuestra actividad ponemos en peligro, de imponerse culturalmente a nivel global, en combinación con la equívoca creencia de nuestra imposibilidad material de extendernos más allá de la Tierra, nos amenaza a todos con el establecimiento de un autoritarismo. Peor incluso: de un totalitarismo planetario.

7. Es vital destacar algo que ya hemos llamado más arriba espíritu participativo: central en la cultura democrática, ausente, o incluso satanizado en la autoritaria.

En democracia el individuo participa como su derecho, pero también porque le es una necesidad vital básica. En el autoritarismo solo participa cuando ve restringida su limitada área de vida elemental; la cual ha pactado con el gobernante, no con sus vecinos. Como veremos más adelante es precisamente la naturaleza de ese pacto la que determina que esa área de vida privada solo pueda restringirse más y más con el paso del tiempo, hasta dejar al individuo atorado en un pequeño espacio insuficiente para ser persona. Porque sin lugar a duda ese “atoro” es facilitado por el interés en ello connatural a todo gobernante, pero causado en esencia por la actitud de cada uno de los gobernados hacia sus congéneres.

El caso es que en el autoritarismo el individuo es siempre lo suficientemente inconsciente de su escaso poder individual, frente al gobernante, como para albergar el anhelo irrealista de pretender pactar en solitario con este su espacio vital, en la esperanza de que así conseguirá más para sí que sus vecinos gobernados. Esta ficción central en la cultura autoritaria, por cierto, resulta aceptable por lo que antes ya hemos dicho, de que en dicha cultura el gobernado cree mantener una relación personal con el gobernante.

En la cultura democrática, por el contrario, el ciudadano está consciente de su posición desfavorable frente al gobernante; más que nada de su relación con él de carácter impersonal. Por lo que su principal interés es hacer que el área de los asuntos comunes le permanezca abierta, para así poder consensuar con sus conciudadanos sus respectivas áreas vitales. Al pretender esto el ciudadano da pie a un ciclo auto-sostenido que refuerza más y más toda la estructura democrática de la sociedad. Ya que al preferir pactar con sus conciudadanos, crea las condiciones necesarias para después pactar unidos con el gobernante, desde la posición de fuerza que les da la unión consensual. Con lo que se reduce al gobernante al papel de la autoridad mandatada a quien se le encarga el mantener el orden en el ágora, para que en ella los ciudadanos puedan consensuar sus asuntos comunes…

El espíritu participativo es, por esta vertiente, consecuencia de la comprensión de la desfavorable situación de cada ciudadano aislado frente al gobernante, y del carácter impersonal de la relación establecida entre ambos. Por su parte la falta de comprensión de ello en la cultura autoritaria se deriva de la creencia folklórica en la naturaleza personal de la relación entre gobernado y el gobernante, que lleva al primero a intentar obtener ventajas a costa de su vecino.

8. Pero el espíritu participativo también se deriva de algo más, y de una importancia más fundamental, en el más completo sentido de esa palabra: En el autoritarismo el individuo acepta restringirse a un área vital estrecha porque ya de hecho el mundo cultural en que vive intelectualmente es muy estrecho. Es el área vital personal del hombre conforme en lo instintivo, limitada solo a sus intereses privados, en que se incluyen además de los de él mismo los de sus familiares cercanos y amigos, y para quien el mundo más allá de los límites de su aldea, de su gueto urbano, es algo abstruso, demasiado lejano, en todo caso amenazante. Ante cuya amenaza no se encuentra otra manera de responder que al meter la cabeza en un hueco de la de los prejuicios, o de las creencias en autoridades salvadoras que sí saben cómo hacerse cargo de sus asuntos en esas zonas tan alejadas de lo instintivo.

Manifestaciones de este mundo cultural muy limitado lo son la cultura de pobres, de la que el corrido, la ranchera, son sus manifestaciones más acabadas; su versión urbana, la de los barrios bajos de las ciudades contemporáneas, la cultura de los guetos, reflejada en el reggaetón o el rap; pero también la de los revolucionarios positivistas, quienes aceptan la dictadura de ciertos especialistas políticos (Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba, de Roberto Fernández Retamar, 1967)[ii], o la de ciertas clases medias, en las plutocracias que pasan por democracias, cuyo ideal es aislarse con su familias en corrales de oro desde los cuales consumir como cerdos satisfechos (nunca vivir como Sócrates insatisfechos).

En la cultura autoritaria el individuo, con su rango existencial y una consecuente percepción del mundo más reducida ya de origen, está por sobre todo preocupado en obtener para sí más de lo que consigue su vecino. Para ello no tendrá remilgos en pactar con un poder superior, el gobernante, el que se haga de la vista gorda en su caso, para así sacar ventaja de su vecino; lo cual es en definitiva la aspiración máxima en cualquier vida aldeana. Pacto mediante el cual el gobernante obtiene el derecho a imperar sobre el área más allá de los intereses instintivos y privados del gobernado, el área no inmediata de su vida que este último no percibe más que cual amenaza, y que consecuentemente no valora. Pacto en base al cual el gobernante a la larga reducirá aún más en su espacio vital al gobernado, al contar para ello con la ayuda de sus vecinos, con quienes habrá cerrado pactos similares (y por supuesto: de resultados también idénticos para esos vecinos).

En la cultura democrática el ciudadano, con unas miras existenciales infinitamente más amplias, ve el verdadero peligro en el gobernante y no se limita a solo ansiar molestar a su vecino inmediato. A pretender ganar un mínimo espacio vital a costa del de este, al lograr hacer correr de sí las cercas que lo separan de aquel. El ciudadano imbuido en una cultura democrática ve más lejos, mucho más lejos que el entramado de su aldea o de su barrio urbano; de las cercas inmediatas que lo constriñen de modo concreto, material. Por ello prefiere pactar con el vecino antes que con el gobernante, para así reducirse en común de modo que a todos toque más o menos lo mismo, pero en realidad lo óptimo posible, a la vez con unas mayores posibilidades de ser conservado en el tiempo.

9. Cabe afirmar que en el caso cultural autoritario los gobernados prefieren antes que la Libertad, el libertinaje, mientras que en el democrático ocurre lo contrario. Si es que definimos el libertinaje como la pretensión del individuo a vivir sin respetar ninguna restricción de las impuestas por las leyes de convivencia, en base a cualquier recurso, desde el uso de su fuerza monda y lironda, hasta gracias a sus compromisos y pactos con quienes deberían ocuparse del hacer respetar esas leyes (pero que en realidad las crean e imponen voluntad); y a su vez la Libertad como el conocimiento del ciudadano de la necesidad, para una mejor vida de él mismo, de respetar y hacer respetar esas leyes, que ha consensuado con sus conciudadanos de manera libre, clara e igual en el ágora.

La preferencia por el libertinaje en los tiempos modernos y postmodernos que corren, es la consecuencia lógica de la anacrónica aspiración del individuo actual a permanecer tranquilo en el viejo mundo personal, carente de rutinas y poco regulado, anterior a la Modernidad (tranquilidad aquí es también mantener conflictos, chismes y bretes, pero solo con los vecinos inmediatos). Recordemos que en los autoritarismos pre-modernos los gobernantes tendían a no meterse en los asuntos inter-individuales, sobre todo por la falta de posibilidades tecnológicas para ello. Mundo previo al amontonamiento actual, añorado por el individuo contemporáneo, al que sin embargo la escalada exponencial en complejidad de las sociedades millonarias modernas, y sobre todo la tendencia a la democratización que acompaña a ese proceso, amenaza con hacer desaparecer para siempre hasta en sus últimos vestigios, por la tendencia de la democracia a regularlo todo consensualmente.

10. Tendencia a la sobre regulación, no obstante, que se convierte a su vez en una amenaza para la propia democracia. Lo que nos lleva afirmar que la citada añoranza no está de más incluso en ella, aunque siempre que no vaya asociada a la cortedad aldeana de la cultura autoritaria, y que por el contrario se asocie a la amplitud de miras existenciales de la verdadera cultura democrática: El individuo nunca debe de desaparecer por completo para dar paso al ciudadano.

Y para evitarlo no basta con que en el ágora se admita esa instrucción como central a los diálogos que se realizan allí. Porque sin lugar a duda cuando la opinión general llega a tener tantos sostenedores, de poco tiende a valer la oposición a la misma de un individuo.

El individualismo extremado, naturalmente asociado a la amplitud de miras, no deja de ser por completo válido, y sobre todo necesario, ya que tiende a evitar la tendencia al total aburrimiento regulado, y posterior paralización de la vida, a que llevaría toda democracia absoluta. La cual, sin lugar a duda, terminaría a la larga por ahogar en la estandarización consensuada el verdadero espíritu creativo, caótico, del ser humano.

No obstante la sobrevivencia de esos individuos no es asegurada en el núcleo de la sociedad en cuestión, en aquel volumen central de la misma en que se disfruta de cierta seguridad relativa a consecuencia de la intensa humanización del medio natural, muchísimo menos si ese núcleo está cerrado sobre sí mismo, sino en la imprescindible, a toda democracia, Última Frontera. Ese espacio externo que la sociedad trata siempre de conquistar, para agregarlo a aquel en que ya está establecida firmemente, y en que el medio se encuentra aún en ese estado caótico que el humano solo consigue domesticar al usar del caos creativo que mora en su interior.

En esos nuevos espacios el orden solo será establecido por los individuos a la vieja manera de los héroes arcaicos, que al eliminar a las fieras, incluidas las humanas, sentaban las bases para que también en ellos los ciudadanos pudieran establecer sus vidas rutinarias, y sus ágoras. Permanece allí, para los individuos inconformes con los altos niveles de estandarización consensuada de la vida del núcleo democrático, un lugar al que pueden mudarse, o aspirar a mudarse, o que simplemente enciende en ellos las ensoñaciones por la Libertad que allí se vive.

De hecho la democracia solo puede conservarse gracias a esa interacción constante entre su núcleo humanizado, y la Última Frontera. Sin esta, los individuos desaparecerían al ser convertidos en ciudadanos absolutos a resultas de la estandarización, y en consecuencia se reduciría aceleradamente la amplitud de miras de la cultura democrática común, hasta revertirla en una nueva forma de cultura autoritaria.

La Última Frontera es por ello un reservorio natural de la amplia cultura existencial de la democracia, que al despertar en las nuevas generaciones los sueños a la vida de expansión del caos creativo interno, impide esa realización final de la tendencia natural democrática a la sobre-estandarización, al aburrimiento de una democracia absoluta que solo puede ser en realidad el autoritarismo final.

En este sentido es evidente que el espacio extraterrestre inmediato, como imprescindible Última Frontera, a la que no se mudaría una parte significativa de la humanidad todavía durante algunos siglos, pero que ya sería útil desde su apertura inicial como proyecto concreto, es imprescindible para que en primer lugar se establezca en el planeta una verdadera cultura democrática. La cual se mantenga saludable al no llevar las cosas demasiado al extremo. Ya que como muy bien sabemos, en los asuntos humanos nada es peor que la tendencia a dejarnos llevar a esos extremos absolutos entre los que oscilan nuestras ideas de la realidad[iii].

Epílogo.

De lo dicho arriba se desprende lo que ya hemos advertido desde el inicio, y que cabe aquí repetir: Clasificar a un régimen político en base a su cultura dominante es viable siempre que hablemos de aproximaciones a unos modelos culturales irrealizables en la práctica, por su nivel de abstracción. Nunca tendremos una cultura autoritaria, o democrática, puras, porque ellas de hecho son solo ideas, modelos mentales, que solo existen en nuestra mente. Incoherentes cual lo son todas las ideas o teorías ante el examen demasiado riguroso, pero a la vez imprescindibles para orientarnos en nuestra interacción cotidiana con la realidad en que habitamos.

Aceptado esto, es plausible que establezcamos que para ayudarnos a determinar si una sociedad dada clasifica cual una democracia, o un régimen autoritarista, resulta muy efectivo fijarnos en la psicología de los individuos que la componen, y por lo tanto en la mentalidad predominante a escala social: En la actitud de los individuos ante la Ley; su aceptación o no de lo impersonal en sus relaciones comunes; su visión cosmológica de cuál Caos es más peligroso, si el que mora en su interior o en el medio que los rodea; su tendencia o no a asociarse espontáneamente; su escaso o abundante espíritu participativo; su amplitud de miras existenciales; qué prefiere; si la Libertad o el libertinaje… Pero además, en el talante expansivo o no del grupo humano bajo la lupa. Un detalle este de la mayor importancia hoy día, cuando muchos que se dicen demócratas sostienen que el ser humano no debe aspirar, o gastar recursos, en colonizar el espacio extraterrestre, y en que algunos proponen que nos quedemos muy tranquilos, encerrados en este Planeta… en unas imposibles democracias que no tardaríamos en convertir en totalitarismos aún peores que los vividos en el siglo XX.   


[i] Es evidente que multiplicar el cuadro hasta hacer que entre en él la mayoría de la población es incosteable para cualquier economía de una sociedad nacional (no para una tribu de conquistadores-saqueadores o una comunidad pirata, que viven del saqueo; o para una organización subvencionada por mecenas), pero también que es irrealizable para el gobernante que aspira al poder absoluto: una sociedad semejante se aproximaría demasiado a la democracia en cuanto a la distribución del poder, lo que sin dudas ocurre a costa del que puede ejercer el gobernante.

[ii] En este ensayo, a la pregunta del intelectual mexicano Víctor Flores Olea de, “¿por qué los intelectuales cubanos no participaban sino excepcionalmente en las discusiones sobre problemas de tanto interés como las referidas al estímulo material y al estímulo moral, a la ley del valor, asuntos que solían ser tratados por el Che, Dorticós y otros?”, Retamar responde que porque es a ellos a quienes les corresponde, como los intelectuales que se dedican a la economía y la política, al igual que a otros les corresponde ocuparse de la poesía (y solo de ella).

[iii] Nos hemos referido aquí a las Últimas Fronteras físicas, pero quizás de una importancia casi comparable lo son otras últimas fronteras. Por ejemplo, las que se encuentran en los límites siempre en extensión, y reacomodo, de nuestros conocimientos. Por ejemplo, esos límites de la física en que poco puede plantearse con seguridad, como la interpretación de mecánica cuántica, o la cosmología; o esos otros del idioma, en que las mejores gramáticas nunca logran ponerse de acuerdo sobre cierto uso, hasta que la intuitiva sabiduría de algún escritor, o simple decidor de esquina, zanja por un tiempo el asunto.

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