Algún día volveré a Roma

-Por Antonio Moreno Ruiz

Dice la canción “Roma capoccia” de Antonello Venditti:


«…Oggi me sembra che
er tempo se sia fermato qui…»

Obsérvese la coincidencia del romanesco con el habla andaluza occidental de transformar “l” con consonante en “r” («er core» en vez de «il cuore», como aquí decimos «er corazón» en vez de «el corazón»). Bueno, esto, en nuestro román paladino vendría a ser algo así como “hoy me parece que el tiempo se ha parado aquí”, y perdónenme los que dominan la lengua italiana por semejante atrevimiento. Sea como fuere, el tiempo se para muchas veces en mi recuerdo, hace ya once años y pico (y unos cuantos/bastantes kilos menos que tenía en lo alto), al poco de finalizar la cosecha de la aceituna, con aquella repentina muerte de un adorado tío mío; hecho que me dejó una cicatriz nunca curada a la vez que el sentimiento perenne de recordar a una persona entrañable. Sí, fue en aquel momento, en aquel otoño (siempre he gustado especialmente de otoños y primaveras) cuando conocí Roma. Y el poco tiempo que allí estuve me aclaró definitivamente de dónde vengo y hacia dónde he de ir. Porque, como decían Marcelino Menéndez y Pelayo, Ramón del Valle-Inclán y Josep Pla, entre otros, el mayor hito de nuestra historia es la romanización; y como dijo Ramiro de Maeztu, el camino de España no tiene pérdida posible desde los romanos tiempos.


¡Oh, Roma, cuánta nostalgia me provocas! Pienso en ti y suspiro como quien idealiza un amor de juventud que nunca llegó a nada pero que siempre dejó un halo de duda fantasiosa sobre lo que pudo ser y no fue. Te siento como la impresión de una devoción eterna que ya no sabe distinguir la realidad del sueño, queriendo proyectar el cielo en la tierra, no se sabe muy bien si en poesía o en prosa.

Oh Roma, cierro los ojos y me parece ver tus tardes naranjas envueltas en cipreses, desde las impresionantes y profundas catacumbas de San Calixto hasta la Via Borghese, paseando entre iconos bizantinos y viendo la majestad del castillo de Sant´Angelo y el Coliseo como broche de oro de una historia que se respira por los poros, paso a paso, caos a caos.


¡Algún día volveré, como el hijo vuelve a su madre, y beberé vino y comeré pizza en el Trastévere, viendo el Tíber como los trianeros ven el Guadalquivir!


¡Espérame siempre, madre Roma; que a ti he de volver como sea!

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