Adiós, Laura

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Adiós, Laura, damisela de los días sin días de la dictadura cubana

 
 
Orlando Luis Pardo Lazo
En un país donde los políticos son peleles de un Hegémono histriónico cuya fidelidad está en fase de extinción, era lógico que la política se desplazara al vientre vacío del barrio, a sus ovarios moribundos de tedio y horror, a una mujer cubana en su cocina cubana cacharreando la comida cubana que le llevaría en jabitas cubanas a su marido preso, acaso de por vida en una cárcel cubana.
En un país donde la oposición y el periodismo disidente están no solo infiltrados, sino que funcionan de facto como la filial más secreta de la Seguridad del Estado, por donde se canaliza y controla la rabia consuetudinaria o contrarrevolucionaria de este pueblo, era lógico que el espíritu contestatario reencarnase al margen de cualquier disidencia y su ristra de denuncias digitales que no cambian nada.
En un país donde lo último que pasó en las calles, en enero de 1959 —hace ya medio siglo o medio milenio, paleohistoria infranacional—, fue la estera de un tanque atestado de barbudos con sus carismáticas armas, era lógico que la ilusión de un mañana pacifista se anunciase ahora a pie, sin cañones ni cargas cómplices para matar bribones. Para la liberación civil le bastó a ella con una ropita blanca de ama de casa, delantales para adelantarse a su tiempo secuestrado por los totalitarios.
En un país que sigue siendo de puertas adentro un coto claustrofóbico contra la palabra, con ministerios inercialmente acéfalos y policías acéfalamente inerciales, donde la sospecha es sinónimo de sobrevivencia y la mentira es la única razón remanente de Estado, era lógico que resonara la mudez de un gladiolo empinado en su mano, espadita enclenque pero inclaudicable, perfume de pétalos baratos por cuenta propia, flores decapitadas de domingo en domingo como un sacrificio de amor (ese sentimiento tan arcaico en una nación tan artera como la Cuba de Castro).
En un país donde el protagonismo es penado —solo la masa amorfa es legítima—, en un país emparedado entre un presente precario y la parálisis de que solo la guerra a muerte es fraterna, donde el exilio es tenido y tratado como una enfermedad —dolencia a la que hipócritamente todos aspiran—, en un país personalista incluso a posteriori del culto a la Máxima Personalidad —Alma Pater—, en un país cauterizado de belleza y bondad, y donde el mal se materializó con rango de Constitución Comunista, es lógico que las mejores almas se mueran o nos las hagan morir, bajo la lupa indolente de la mofa mayoritaria.
Adiós, Laura. Débil, decente, inderrotable Dama de Blanco. En Cuba, quien ponga en voz alta que al final de la Revolución sí existe otra tierra prometida no revolucionaria, ha de asumir el precio impronunciable de no poder habitarla. Cuba como cadalso. Quien se arriesgue aquí a asumir la verdad de su biografía, estará cavando su propio evangelio en paz. Cuba como complot. La realidad oficial es Una y la demagogia del diablo no puede permitirse el lujo de pluralizar su discurso decrépito, obsceno más que obsoleto. Cuba como catacumba donde sólo caen los más lindos y libres cubanos.
En las gargantas envilecidas de nuestros compatriotas, en el aire viciado como un spray socialista de cara a los idilios de izquierda, en las fotos feas de los verdugos de verde olivo y los anónimos asesinos sin sueldo, en los médicos mentirosos de mierda que te mataron por órdenes del Ministerio del Interior, en la solidaridad secreta y en la tímida simpatía, en tus marchas amateurs —abiertas como brechas en una ciudad desquiciada por un poder tan cínico como populachero—, en la desmemoria de nuestra mezquindad íntima —así en la Isla como en su diáspora—, en la vergüenza inverosímil que nuestros descendientes tendrán de esta época, en una internet de isla intimidante saturada de insultos, en los pactos internacionales donde tu cadáver ya no cuenta de cara al Estado o a Dios, aquí y allá, quedará el eco de los gritos groseros con que los cubanos te lapidaron antes del crimen clínico en un hospital habanero tomado por la Seguridad. Y luego aquel humito humilde de otoño de 2011, cuando tu impropia familia te cremó a la carrera para no dejar huellas del homicidio. Mujericidio.
Como nación en trance de desaparición, te debemos la imposibilidad de pedirte perdón en vida. Cuba como cadena perpetua, como escarnio para los que quedamos, tan culpables de tanta cobardía. Nosotros, los sobremurientes. Los deshabitantes de una utopía tupida, intolerante e intolerable, que ha sido un atraco atroz para quienes íbamos y no llegamos a ser cubanos. Te vi caer en cama. Vi cómo te anestesiaron por la tráquea para aniquilarte, en un hospital inhóspito pagado por nadie. Rodeada de tropas élites con camisitas de cuadro y la mirada en ninguna parte. Ni en el cementerio. Para que ni siquiera pudieses tener un mausoleo en La Habana que te adoptó, maestrica de literatura en una ciudad ilegible. Perdóname, amor, perdónanos.
Adiós, Laura, damisela de los días sin días de la dictadura cubana. Adiós, Damísima de Blanco Laura Pollán.

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