Adiós a mi querido Camajuaní, rumbo a La Habana en febrero de 1959

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Foto: Estado actual del inmueble de Aramburu 409 en Centro Habana.

París, 11 de mayo de 2020.

Querida Ofelia:

Nací en un pueblo de casas de maderas con techos cubiertos por tejas, con grandes patios donde se criaban gallinas y conejos. En el traspatio cada año se criaba un cerdo, para matarlo por la Navidad, se conservaba un pedazo de carne para la familia y con el producto de la venta se compraba la cena de Nochebuena y los regalos del Día de Reyes.

Otros vivían en casas de mampostería, alrededor del gran parque de dos manzanas, en cuyo centro tronaba La Glorieta.

Es un pueblo situado en un verdísimo y fértil valle, rodeado por el Río Sagua, las Lomas de Santa Fe y tupidos cañaverales. Por los días el cielo es de un azul intenso y por las noches el cielo negrísimo se llena de estrellas. A sólo unos kms., se encuentra la costa norte de la isla y un puerto pesquero. Frente a este se extiende un rosario de islas, a las cuales íbamos a menudo los domingos en una vieja lancha, llena de muchachas del barrio de La Loma.

Cuando llegó el Coma-Andante y mandó a parar, nos mudamos hacia la capital. Fue como arrancar las uñas de los dedos, un verdadero desgarramiento.

Después de un paréntesis de tres semanas en la casa de mis primos Delsa y Fifo en La Lisa, (ellos estaban trabajando en la zafra en un central azucarero en El Perico), nos mudamos a un minúsculo apartamento interior, de un inmueble de cuatro pisos en la calle Aramburu N° 409. Fue gracias a mi tío Renato, el cual era el encargado del edificio.

Yo descubría la gran capital y cada día me alejaba más del hogar, recorriendo las calles llenas de coches y tiendas, admirando el bullicio de la ciudad, etc. Pero para mi madre fue un drama gigantesco. El día de la mudada, después de haber limpiado el apartamento de: sala-comedor de 9 metros cuadrados, una cocina que era una especie de pequeño pasillo, un solo cuarto de 12 metros cuadrados y un minúsculo cuarto de baño, mi madre se apoyó llorando contra la puerta del cuarto, al observar el vacío gigantesco del piso. Sobre él sólo había dos cajas de cartón, en una la ropa y en otra los platos, calderos y cubiertos.

Mi madre añoraba los atardeceres tibios con el olor de las flores de los canteros, la brisa de la mañana, las tendederas de alambre del patio donde el viento hacia flotar sus sábanas de un blanco inmaculado, mientras conversaba con sus vecinas Digna y Elena. Extrañaba el despalillo en donde había trabajado desde los siete años de edad, las reuniones nocturnas en el portal de mi abuela Aurelia, donde cada noche venían sus hermanas Luga y Biba con sus esposos e hijas, a pasar un rato agradable en familia.

Los domingos recordaba los paseos alrededor de La Glorieta. Los 19 de marzo nos hablaba de las procesiones de San José, también de las verbenas y las parrandas. Nos contaba sobre los bailes de La Colonia Española y los del 31 de diciembre de Patio Club. Quería mantener en el recuerdo su pasado en el pequeño pueblo del centro de la isla caribeña.

Desde las ventanas del caluroso apartamento del primer piso, sólo se veían los muros grises de las “cajas de aire”. Parecía como si estuviéramos en una cárcel.

La fortuna personal de mis padres era entonces de 45 pesos y el alquiler era de 40, por tal motivo y ante la catástrofe económica, aunque mi madre se escondía en el baño para llorar, yo me daba cuenta al regresar de la escuela, pues tenía siempre los ojos rojos. Cuando le preguntaba, me decía que era una alergia. Podíamos comer gracias a mis tíos Graciela y Renato, que vivían en el apartamento del segundo piso que daba a la calle. También nos visitaban mis tíos Marcelo y Raimundo, con sus respectivas esposas Etelvina y Zoraida. Siempre nos traían algo de comer.

Mi madre comenzó a hacer flores de papel que yo salía a vender por las calles al regresar de la escuela por las tardes. Mi padre logró conseguir un trabajo en la Imprenta Barros Gómez, situada en Ayestarán y 19 de Mayo, gracias a José, un viejo amigo español.

El apartamento comenzó a amueblarse gracias a la solidaridad familiar y de los nuevos amigos. Mi hermano de 4 años y yo compartíamos el sofá-cama, regalo de la dueña del edificio.

Todo comenzó a complicarse, cuando un mes después se mudó para la planta baja una pareja de “compañeros” compuesta por Fefa y Raúl. Se enteraron de que mi padre había sido policía durante 21 años y en voz alta pedían fusilamiento para todos los esbirros (así nos llamaban). Cuando ocurrió el Desembarco de Bahía de Cochinos en abril del 1961 y La Crisis de los Cohetes en octubre de 1962, ambos nos insultaban y amenazaban.

Cada discurso del tirano cubano era puesto por ellos a todo volumen y cantaban La Internacional en el pequeño patio “para que los esbirros del primer piso lo oigan bien”. Los domingos Raúl se emborrachaba, llegaba al final de la tarde y sistemáticamente le entraba a golpes a Fefa. Ella lanzaba unos aullidos: ¡Raúúúúúl! Pero nada, él le gritaba que la había sacado del prostíbulo El Sahara del Parque Trillo. El espectáculo era dominical.

En la planta baja, junto al apartamento de los dos “compañeros” había una quincalla, cuya dueña tuvo la buena idea de venderla antes de ser confiscada. En ella se instalaron dos viejitos campesinos con un nieto llamado Tony. Este muchacho gracias a su inteligencia logró progresar y ser un hombre de bien en aquel complicado barrio de Cayo Hueso, lleno de solares, bares y mala vida, donde reinaba la más absoluta promiscuidad.

En el inmueble residían tres taxistas, uno llamado Fidel, vivía con su esposa Marta, una afrodescendiente de gran belleza y su hijo Fidelito, frente a nosotros. Siempre fueron amabilísimos. Nos invitaban a velar a San Lázaro los 17 de diciembre. Fidelito, con el pasar de los años, se convirtió en un gigantesco atleta de ébano.

En el segundo piso, sobre nosotros, se encontraba la señora Guillermina, con su hija Delia. Esta última sólo hablaba del nuevo edificio que construiría la “Gloriosa Revolución” en Galiano y Reina, donde había estado la Plaza del Vapor. Sería el más grande no solo de Cuba, sino de toda la América Latina, un edificio como los de “Nuevayó”. Ella ya había llenado las planillas. Delia se vestía con falda negra y blusa roja para ir a las manifestaciones. Contaba y requetecontaba como había ayudado a los alzados, como había transportado medicinas hacia la Sierra Maestra con Pastorita Núñez, por ello estaba segura de que viviría en el edificio que se construiría. Quería el “penjaaaus” (no sé por qué alargaba la “a”), para poner una gran bandera del M-26-7 en su balcón, que se viera desde “Nuevayó”.

Frente a Delia y Guillermina vivían mis tíos Renato y Graciela con su bebé, al que habían bautizado como Néstor Renato, pero que nosotros llamábamos Renatico. Ellos tenían un balcón, desde el cual a mí me gustaba ver la ciudad. Enfrente había un gran solar de una sola planta, por lo cual la vista iba hasta la Calle Infanta. En la puerta del solar cada tarde se sentaba un niño manco en pantalones cortos y camiseta, con unos motazos de talco que resaltaban sobre su piel achocolatada. Al lado del solar estaba la casa de dos plantas de Elisa, en cuyos altos funcionaba su Casa de Citas. Se contaba que ella tenía un álbum de fotos con chicas bellísimas. Yo, desde la altura de mis nueve años, me ponía a observar cuando llegaban los taxis, de los cuales bajaban chicas muy bellas y al poco rato, llegaba  algún señor vestido de traje y corbata o con guayabera.

Todo duró hasta que un día en un arranque de puritanismo revolucionario, la ex prostituta Fefa, reciclada en “compañera”, trajo a la policía, pues la vieja Elisa daba malos ejemplos a los chicos del barrio. Elisa terminó su vida en un campo de reeducación de Camagüey y su casa fue otorgada a una “compañera”, como premio a su devoción revolucionaria.

A la izquierda del solar había un inmueble de dos plantas, en cuyos altos vivía un hombre muy delgado, taciturno, quizás hipocondriaco, que pasaba los días sentado en el balcón, gastando pantalón de pijama, pantuflas y camiseta. Nunca lo vi salir de su casa. Cuentan que tenía penas de amores lejanos. Fumaba un cigarrillo tras otro.

Me encontraba en el balcón de mis tíos cuando ese señor apoyó cuidadosamente la colilla del cigarrillo en el borde de su balcón. Acto seguido se sentó sobre la baranda, dándole la espalda a la calle, abrió los brazos y se dejó caer. La cabeza dio contra el contén. Gladys su vecina, trajo una sábana y cubrió el cuerpo sin vida. A mí me impresionó mucho, era la primera vez que veía un suicidio. En aquella época aún había sábanas en la Perla de las Antillas. Su otra vecina era la viejita viuda Lucía, la que para vivir hacía dulces de fruta bomba. Cada domingo mi madre le encargaba un pomo de dulce. Era nuestro lujo dominical: arroz con pollo, plátanos maduros fritos y dulce de fruta bomba “made in” Lucía.

Lucía soñaba con el regreso de su hijo. Ponía velas a Santa Rita y a San Judas Tadeo para que se realizara el milagro. El chico había salido eufórico la mañana del 1° de enero de 1959. Había regresado a contarle lo del saqueo del periódico El Tiempo, que se encontraba a solo dos cuadras de su hogar, en Soledad y San José. Después le había dicho que iba a ver lo que pasaba en las calles. Pero nunca más volvió y Lucía como una Penélope cubana, tejió sueños de esperanzas hasta el último suspiro. Estoy seguro de que la buena Lucía en estos momentos debe de descansar en paz por la eternidad junto a su único hijo.

En el tercer piso vivía Teresita -una chica de la cual yo me enamoré-, con sus padres Teresita y Armando. Cuando Carmita Medina, me invitó su Fiesta de Quince años, en su casa de Ayestarán, en la esquina del Cine Maxim, llevé como compañera a Teresita. Fue mi primera Fiesta de Quince y la primera vez que invitaba a una muchacha a ir a una fiesta conmigo. Es cierto que uno se acuerda siempre de la primera vez que le ocurrió algo.

Frente a la familia de Teresita residían Caridad y Jorge. Ellos velaban a La Virgen de la Caridad los 8 de septiembre y formaban un formidable rumbón, al que nosotros asistíamos. Todos eran personas nobles, bien educadas. Armando y Jorge eran taxistas. El problema que tenían era que en su piso había una escalera que llevaba a la azotea y allí numerosas veces subían parejas de gays a buscar refugio, para concretizar sus ardientes pasiones en las calurosas tardes o noches tropicales.

A veces la madre de Teresita escuchaba los gemidos provenientes de la escalera y salía con una escoba a defender el honor del inmueble, ahuyentado así a los pecadores, que regresaban por lo general un poco más tarde o al día siguiente.

Al lado de nuestro edificio vivía una señora llamada Julia. Era una mulata india de una belleza intemporal, cargada de joyas como un árbol de Navidad tropical: el semanario de oro, los sortijones, los pendientes de coral, la cadenona con Santa Bárbara con rubí en la copa, etc. Julia fue la primera “gusana” del barrio. Se paraba en la puerta de su casa e insultaba a los milicianos. No tenía pelos en la lengua. Una tarde, al saber que con la ley de Reforma Urbana había perdido sus apartamentos, le dio un infarto. La llevaron al Hospital de Emergencias (en el barrio lo considerábamos como El Matadero Municipal) y allí le expoliaron de todas sus joyas. Cuando su hija Celia llegó, había fallecido y ya le habían robado todo.

La casa de Julia estaba llena de objetos de valor: porcelanas, cristales, orfebrerías, tapices, etc. Mi madre decía que parecía una de las casas que se veían en La Violetera o El Último Cuplé, de aquella espléndida Sarita Montiel.

Se decía en el barrio que todos los objetos de valor de Julia que iban desapareciendo poco a poco, habían sido vendidos a “compañeros diplomáticos de los países hermanos” en los años sesenta. En la casa de Julia vivía un nieto mudo y las tres criadas santiagueras. Cuando al mudito se le subía la libido, corría detrás de las chicas por toda la casa. Ellas gritaban pidiendo auxilio y se refugiaban en los altos, en la casa de Celia (madre del mudito e hija de la difunta Julia). Pero al mismo tiempo, los seis perritos comenzaban a ladrar. Era un escándalo que se daba muy a menudo. Pues después venían los regaños de Celia y de su esposo al vástago excitado.

El esposo de Celia, era un obrero, dirigente del Partido Comunista, amigo de Lázaro Peña y de Blas Roca, que había estado preso varias veces, pero liberado gracias a las relaciones de Julia con altos militares cercanos a Fulgencio Batista.

Las discusiones políticas entre Julia y su yerno fueron terribles, se escuchaban desde mi apartamento. Sin embargo, el obrero era alguien noble, desencantado se volvió “gusano” y así terminó su vida, en el olvido de sus ex  camaradas de luchas sindicales. El mayor golpe que recibió fue cuando su otro hijo, Mario, se refugió en la Embajada de El Perú, en el 1980 y logró salir hacia España.

A Mario le encantaban The Beatles, tenía muchas placas con sus canciones, pero su preferida era “Twist and Shout”, la cual ponía varias veces al día a todo volumen, cantando por medio de gritos al unísono. Esto producía que los perritos de su abuela comenzaran a ladrar y que a cada vez Guillermina se persignara, pidiendo paz a Dios para los vecinos.

En el 1965 permutamos de Aramburu 409 para Soledad 507, pero esa es otra historia que quizás un día te cuente.

Un gran abrazo desde París, donde hoy comenzó el desconfinamiento de la población, pero con muchas limitaciones,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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