DULCE CONDENA

Aquellos albariños y ribeiros,
paladeados en las tabernas,
mientras llegaba el pescado fresco,
para las silenciosas mesas…

¡Oh, aquellas pequeñas parroquias,
cubiertas de paja y piedra!
¡Cuando el sol por fin vencía
su timidez, desafiaba la niebla!

Cómo todo ello viene a mí,
a través de imágenes, como sorpresas;
condensadas en fuertes ráfagas,
me asaltan como una dulce condena.

Ay, qué lejos se me quedo mi
viejo mundo; yo aquí en América,
ganando el pan con el sudor de mi
frente, andando siempre a la brega…

Mas, con la ilusión de mejorar con mi
esfuerzo, buscando la justa recompensa,
así, algún día, volveré hecho y derecho,
¡volveré a mi querida y añorada aldea!

Antonio Moreno Ruiz

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