Parece ser que la cara al descubierto; el decirnos las cosas sin más tapujos que los afeites que use cada cual para embellecer su semblante, todo eso forma parte de un pasado en el que pusimos todos, sí es verdad que unos más que otros, mucho interés en fastidiarlo, y lo hemos conseguido plenamente.

Ahora, unos quejándose, otros aplaudiendo; tal cual que ahora mismo que hay que salir la calle, los que pueden, tapada la cara con una mascarilla de las que llevaba “El Zorro”, porque, contagios aparte, en el fondo, todos nos sentimos algo culpables, avergonzados, de la forma alocada de vida que hemos llevado respecto y de respeto al planeta que nos da cobijo.
Es probable, que aquí por mi zona, con la primera lanzada, las flores silvestres supervivientes, las bandadas de pajaricos asmáticos y silenciosos, se hayan sentido; se estén sintiendo más despejados y gocen de una libertad y de un aire que los tubos de escape de los vehículos llevan muchos años sin permitírselo.

Y es curioso, que en principio, desde mi confinamiento domiciliario, creí que el reino de libertad natural que es el reino animal y vegetal, del cual solo hemos copiado lo de reino, no había acusado los efectos del coronavirus; pero, desgraciadamente no es así. Y observando con mayor atención una paloma y un gorrión, que acudían de vez en cuando y se posaban en el alfeizar de mi ventana, llevo muchos días sin verlos.

Tal ausencia puede ser una casualidad; o también puede tener obediencia a que los campos próximos que rodean esta zona, verdaderas fábricas químicas de sacar alimentos para vender en tierras extranjeras, hayan disminuido su cuota de “fertilizantes, mejorantes, colorantes, matabichos, crecerrápidos, mataotrasmatas….” y la disminución de productos que dejan más cosas malas que cosas buena para el hombre y la humanidad, hayan favorecido que el citado gorrión o la paloma hayan optado, sin pensarlo, volver donde se sienten más felices que entre humos de coches y chimeneas con vapores tóxicos.

Desde los renglones, no vamos a solucionar absolutamente nada; porque no es nada fácil convencer de que en el término medio está la virtud. Y si seguimos llamando salvajes y gandules a los pocos pueblos que pueden quedar en el universo que su vida discurre en pos de una existencia sencilla, no creo que lo nuestro sea un futuro de vida; aunque estemos en ella un puñado más de años que antes, porque también cuentan para la cuenta de la vida los años pasados en la silla de ruedas, los de soledad sin poder salir de los pisos o de los asilos, y los de en la compañía del Alzheimer, amigo intimo del blanco.

Nuestra esperanza, que de llegarnos la solución tiene que ser por el lado social COMUNAL, COMUNISTA, y que una vacuna que esté al alcance de todos, y que no sea un producto sólo al alcance de los bolsillos de los poderosos, nos quite la máscara de “zorros” a la mayoría, pues, en caso contrario, si la solución, como los yates, tan solo esté al alcance de los ricachones del planeta, algo que se está barajando desde ciertos despacho o esferas terrestres, esto parece que no pinta muy bien.

Estamos donde estamos porque nos ha dado la gana colectiva de estar así. Y todos, absolutamente todos, unos por activa y la inmensa mayoría por pasiva y conformismo, muertos de miedo, estamos pagando un error de falta de respeto al suelo que nos sustenta, que ahora con la mascarilla, como vemos que no podemos “comer” bien, aún guardamos la esperanza que nos saquen del fuego estás castañas que están más que quemadas, aquellos a los que precisamente no ha habido día en la vida que no los hayamos mandado al puro carajo.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. LAS SECTAS, UNAS TRAS OTRAS

    A una,
    le sigue otra.
    y aunque el poeta
    dijo
    que cuando llega
    la inundación,
    lo primero que rueda
    son los ídolos
    y los altares,
    las sectas se quedan,
    se aferran,
    se agarran,
    se enquistan,
    se aprovechan
    de que al hombre débil
    le gusta más
    lo que no ve
    que la realidad
    de lo que está viendo.

    Y en todo eso
    bailan sus sombras
    las sectas
    que dirigen el baile
    más triste del mundo.

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