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Recuerdos de Miami y La Habana

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Foto: Pared en la Calle Ocho, Miami, EE.UU.

París, 27 de agosto de 2019.

Querida Ofelia:

En nuestro último viaje a los EE.UU. pasamos una tarde en Miami con Lili. Ella es una amiga de infancia de mi esposa, que posteriormente se convirtió también, en gran amiga mía.

A Lili los compañeros la hicieron leña como a tantos otros, desde el 1980 estuvo apestada. Al fin se sacó la lotería de las visas y se pudo ir de la Perla de las Antillas hace sólo unos años, con su niña de nueve. Trabaja con un horario ilimitado en horas en una cafetería, donde gana un pequeño salario, que ahorra, viviendo muy modestamente, para poder ir una vez año a Cuba a ayudar a su familia, según sus palabras.

Lili físicamente, no es ni la sombra de lo que fue, parece tener la edad de su madre, debido a lo acabada que está. Lo único que le queda de su juventud son sus bellísimos ojos verdes y su simpatía. Fuimos con ella a visitar a Ricardo (ahora se hace llamar Richard), un amigo de infancia de ella y de mi esposa. Era una casa del S.W. miamense, con un aire acondicionado al máximo, digno de ponerte los pelos de punta y congelarte hasta la lengua. Yo estaba sentado en un amplio butacón, forrado en nylon como todos los demás muebles (quizás para que no se fueran a desgastar). Desde allí podía observar al “Yoni”, al que en Cuba llamaban Juanito.

Es trigueñito, con ojos color miel, bien parecido. Tiene unos ocho años y estaba arrodillado sobre el frío piso de lozas, con el mando del juego electrónico en las manos. Jugaba muy concentrado, mataba a los enemigos fácilmente, destruía murallas, hacía estallar aviones y tanques de guerra, con una puntería increíble.

Me dirigí al obeso padre, que estaba sentado en un gran butacón rojo, para felicitarlo por lo bien que jugaba su vástago. Pero él se limitó a sonreír y siguió admirando orondo y petacón a su retoño, desde su postura digna de una escultura de Botero. Creo que con los sistemas electrónicos que se utilizan para las guerras contemporáneas, ese chico tiene un brillante porvenir.

Lili nos llevó de regreso a casa, y nos despedimos con la promesa de volvernos a ver.

Ese día, me llamó por teléfono Néstor. Él en Cuba era traductor de inglés del más alto nivel de la nomenclatura cubana. Había escalado posiciones desde la Facultad de Letras de La Habana. Había realizado numerosos viajes por “los países hermanos” del ex campo socialista. Se había casado con Teresa, una simpática muchacha traductora de francés y era tan revolucionario, que cuando yo llegaba a mi casa y Néstor se encontraba en ella, mi madre me hacía señas para que yo no fuera a decir algo políticamente incorrecto.

Pues bien, el compañero Néstor, un día fue a New York como traductor de una delegación de “compañeros” cubanos a la O.N.U., a las “entrañas del monstruo imperialista” y… se quedó (se destiñó). Hasta aquí una historia muy banal, pero lo que no es nada banal es que Néstor dejó a Teresita y a sus hijos por un seminarista ortodoxo búlgaro. El año pasado vinieron a París de Luna de Miel. Néstor desenfrenado, se paseaba por Le Quartier Latin con una gorrita de pelotero al revés, mientras que el búlgaro de larga barba negrísima, gastando gafas oscuras que ocultaban su mirada tenebrosa estilo Rasputín, sandalias, y larga toga negra, era muy discreto y reservado.

Néstor me dijo que los “gusanos” de Miami, querían que él hiciera declaraciones, que contara lo que sabía, a lo que lógicamente se negó.

Ahora en la capital cubana del exilio, se dedica a cazar a los que hacen trampas al sistema de seguros médicos estadounidenses. Hay personas que parecen nacer predestinados para un tipo de labor en la vida.

A casa de Leyda y Luisito, donde estábamos hospedados, fueron a vernos, Celita y Juan, viejos amigos, con los cuales pasamos el 31 de diciembre de 1980 en San Cristóbal de La Habana, nuestro último fin de año en la Perla de las Antillas. Celita fue una muchacha de una gran belleza tropical. Siempre iba escoltada por su tía, mujer intachable, amiga de mi madre, que poseía grandes principios morales. Celita llegó a ser Lucero del Carnaval de La Habana. Se casó con el apuesto Juan, muchacho simpático, jaranero y parrandero, aunque no fue Rey Momo en La Habana. Tuvieron tres niños, cuál de los tres más lindo.

Según mi madre era difícil encontrar una familia tan linda como aquella. Hoy día Celita sigue siendo bella, mientras que Juan, sigue simpático y bien parecido a pesar de su barriguita. Cuando le hice alusión a ella me respondió en medio de risas: “parece como si me hubiera tragado el tambor de la banda municipal de la “sagüesera”. ¿Existe esa banda?

Un día del ya lejano 1980, en nuestra casa de Centro Habana, Celita había ido a ver si había algo de nuevo con respecto a nuestro papeles para irnos del “paraíso socialista” hacia el “infierno capitalista”. Estaban en la sala: Esther Vergara, nuestra querida vecina; Zoilita y Alicia, inolvidables amigas de mis padres. Alicia se refugiaba todas las tardes en mi casa, pues como su esposo Luis, tenía una pila en el corazón, debía reposarse durante las calurosas tardes habaneras y el médico le había prohibido mantener una intensa vida sexual, pero él no quería acatar sus órdenes; y mi madre le daba “asilo”. Mi hijo, que en aquel entonces tenía sólo cuatro años, estaba como de costumbre parado en la rejita de la puerta de la calle, mirando a la gente pasar. En eso, por la acera de enfrente venía la “compañera” Cruz Pérez, amiga de infancia de mi madre en el terruño camajuanense. Mi madre dijo: -“cambien de conversación, pues por ahí viene Cruz Pérez”.

Al día siguiente, la escena se reprodujo prácticamente igual, pues era la hora en que se reunían varias amigas de mi madre en casa, para tomar café. El niño desde la puerta gritó a voz en cuello: “caballero, cambien de conversación porque por ahí viene Cruz Pérez”. La “compañera” Cruz, se sintió –con razón– aludida y se dirigió a mi madre muy furiosa diciendo: «Yo no soy chivata Ofelia, tú lo sabes». Ésta se defendió diciendo: «Cruz, yo no sé de dónde este niño saca esas cosas». A lo cual la ofendida “compañera” agregó: «cuando los niños hablan es porque lo han oído decir”. Cuca, la madrina de mi hijo, estaba ahogada de la risa, mi madre pálida, Esther trataba de buscar una solución, mi padre y yo aguantando la risa en la cocina y el niño corría divirtiéndose de la sala a la cocina.

Cruz Pérez era una mujer de gran sensibilidad, que no podía oír la canción “Patricia” de Pérez Prado, pues era la preferida de su difunto esposo y le provocaba una profunda melancolía. Pero en aquellos meses de «definición revolucionaria», Cruz enrojeció, no por el sol que evitaba por las tardes, caminando por la acera de enfrente, sino por «el fervor revolucionario». Igual le pasó a la compañera Nery, vecina de Cruz y de Sonia la madre de Leyda.

Una mañana, regresó mi padre de la cola del pan y entró diciendo: “traigo la mejor, Leyda, Sonia y el niño se fueron, los vino a buscar Luisito por el Mariel”. Yo me levanté de un salto, me precipité a la esquina de Aramburu y San Rafael y en efecto, se habían ido. Mi madre exclamó: «¡Gracias Virgen Santa, tres más que se salvaron de ésto!»

Ese mediodía, después de una inmensa cola de tres horas y una carrera a todo lo largo de la fuente de soda, por la entrada de la calle San Miguel, logré coger asiento con mi hijo para almorzar en el Ten Cent de Galiano. Caí frente a la “compañera” Nery, la cual al reconocerme me dijo: -“¿Qué te parece la traición de Sonia a la revolución?”

Yo haciéndome el que no sabía nada le dije: “¿Qué traición?”

-“Ah, ¿pero no lo sabes? Pues la muy canalla se fue por el Mariel . ¡Si yo lo hubiera sabido, la habría hecho bajar las escaleras por el moño!”

Y yo pensando que si la compañera Nery hubiera sabido que yo también me iba, quizás me hubiera dado allí mismo un mitin de repudio.

En esos días se fue también para los EE.UU. la afrodescendiente Mirella, personaje importante del habanero barrio de Cayo Hueso. Esta señora tenía magníficas relaciones conmigo. A cada vez que la policía le ponía una multa, venía para que yo le cambiara las cifras y así hacerse reembolsar por su “amigo” de turno. Además me vendía: leche, carne y compotas para mi hijo. Una tarde, la vi con una tabla golpear a uno de sus numerosos hijos en la esquina de casa mientras gritaba: «¡Cojones, te he dicho que en el barrio no se roba, no se roba en el barrio!» Parece que era parte de su forma de educar.

Una noche salió un muchacho de su casa con el vientre abierto y vino a desplomarse frente a la mía. Lo habían apuñaleado. Decían en el barrio que había sido un arreglo de cuentas pendientes de la cárcel. Otro día un “cow boy” cubano, pasó frente a su casa mientras descargaba a tiros su pistola, montado en un corcel que era una bicicleta. Una madrugada una de sus hijas fue golpeada fuertemente en mi acera, mientras ella gritaba: “¡Tú no me puedes dar, tú no eres mi marido!”

Mirella y gran parte de su prole fueron a parar a Miami por el Mariel. ¿Dónde estarán ahora?

Mirella nos había vendido cinco libras de carne de cerdo y mi madre había cocinado todo, habíamos cerrado las puertas y ventanas, para que el olor no saliera a la acera. En el momento en que íbamos a comenzar a cenar, alguien tocó a la puerta con fuertes aldabonazos. Se formó el corre corre, mi madre envolvió su pedazo de carne con una servilleta y lo metió en el búcaro que estaba sobre el aparador. Yo cogí el mío y lo lancé para debajo de la cama de mis padres. El niño aplaudía mientras que mi padre corría por toda la casa con la fuente sin saber dónde esconderla. Al fin mi esposa la escondió detrás de nuestro escaparate. La aldaba volvió a golpear la puerta, nos sentamos todos tratando de conservar la calma, mientras mi madre repetía sin cesar: “¡La policía, es la policía, nos denunciaron!”.

Hay que recordar que mi tío Claudito, en Caibarién, había acabado de cumplir dos años de cárcel, pues le habían encontrado dos libras de carne de cerdo en su nevera.

Mi padre abrió muy despacio la puerta y por ella asomó la delgada figura de mi primo Chuchú, mientras decía: “Aquí pasa algo caballero”. El susto había sido grande, nos dedicamos todos a buscar los pedazos de carne, que hubo que lavar y volver a calentar, pero faltaba uno, el de mi padre. Registramos toda la casa y después de largos minutos lo encontramos, nada menos que en el congelador del refrigerador “escondido”.

Por suerte ese día los “heroicos compañeros” vigilantes del “heroico C.D.R Leopoldito Martínez”: Fina Down y su hermano, Ramón Vázquez y la familia  Arranz, no tenían la guardia en alto.

Tengo una amiga en Miami que se llama Carmita, esta chica es amabilísima y gracias a ella al fin voy a tener el vídeo del filme de mi difunto amigo Néstor Almendros, “Conducta Impropia”. En él participé, fue mi primera y última aventura cinematográfica.

Mañana te escribiré la segunda parte de esta larga carta.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz. Te quiero siempre,

Félix José Hernández.

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