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Política de natalidad y de inmigración pragmática/responsable

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Cuando hace un par de décadas comenzaron los movimientos de inmigración masiva en España, se nos dijo que era para «pagarnos las pensiones», puesto que en España no había natalidad. Que el sistema de pensiones español está quebrado no es ningún secreto. Ya se sabía a finales de los 90 que esto no iba a ningún lado. Es un sistema basado en la capacidad demográfica y de trabajo, y en un país que no tiene natalidad y que cada vez cotiza menos gente, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que había que cambiar el modelo, quizá a uno «mixto» como el de Alemania o Suecia. Pero ni por esas, y el PP y el PSOE, con todos sus aliados separatistas, han ido chupando del bote, y lo que queda.

Y a eso se le suma una burocracia asfixiante que castiga cruelmente la iniciativa privada y a los que son el motor económico del país, esto es, los autónomos.

El caso es que la inmigración masiva no ha servido para el sistema de pensiones. Han pasado 20 años y estamos todavía peor. Muchos de esos inmigrantes no han tenido más hijos; o lo han tenido de primera generación y ya la segunda aborta como la que más. Y el aborto, entre otras cosas, también cuesta dinero; siendo aparte, un negociazo de tirios y troyanos. Y por si fuera poco, muchos de esos inmigrantes ni están integrados ni se quieren integrar; y muchos (válganos la redundancia), ya con pasaporte español, tampoco cuentan como extranjeros siquiera.

Durante años, España ha estado regalando alegremente la nacionalidad a mucha gente que nada tiene que ver ni con su cultura ni con su historia, y no digamos con su sangre. Y por si fuera poco, Pedro Sánchez firmó el pacto de Marrakech sobre inmigración; por lo cual perdimos la poca soberanía que nos quedaba sobre temas migratorios; siendo acaso una solución final desde que Merkel inundó Europa de «refugiados» después de patrocinar unas locas guerras en los países árabes que no han hecho sino fortalecer a los movimientos islamistas. Y más aún: España sigue sin tener una ley clara para los descendientes directos de españoles en América que prime el ivs sangvinis por encima de sectarismos y burocracias. Sabemos que en Iberoamérica (especialmente en países como México, Brasil, Uruguay, Argentina o Venezuela, entre otros) hay muchos descendientes directos de españoles (y no hablo de 1500, sino de segunda a cuarta generación) que no tienen acceso a la nacionalidad de sus antepasados; empero, sí que hay bastantes que se han podido acoger a la «Ley de Nietos» de Portugal o hasta la «Ley de Bisnietos» de Italia. Ahí tenemos una clave de afinidad potente que no hemos sabido aprovechar. Se debería haber previsto el terrible problema demográfico que se avecinaba y haber confeccionado una política de inmigración práctica y responsable hacia aquella gente que más vínculo sanguíneo y cultural tuviera con nuestra patria; gente que hubiera arraigado antes, con mucha iniciativa y que no le hubiera sido difícil formar familia. Esto hubiera sido el trampolín de una ley para los españoles que en 1898 quedaron en un limbo en Cuba y Puerto Rico; y pasados los años, así sigue, extendiéndose el problema a muchos descendientes directos de españoles hoy en Estados Unidos. fDesde este diario, no nos cansaremos de reivindicar este causa de justicia hispánica elemental.

A Dios gracias, una parte de la inmigración sí cumple con aquello que deseamos y resaltamos (por ejemplo, estos familiares del otro lado del charco, que aquí pasan desapercibidos), como así nos demanda el sentido común. Pero el mal que se ha hecho es mucho. Seguimos con un problema demográfico terrible acaso como adelanto de una nueva/sempiterna recesión; con una parte de la población autóctona lobotomizada por un sistema cada vez más dictatorial y ramplón y por una parte sustancial de la población inmigrante que no considera este país sino como fuente de enemistad y de ayudas estatales (sí, se compatibiliza muy bien).

Llegados a este punto, cabe reivindicar que a la política de natalidad clara (hay muchas vías, desde exenciones de impuestos a vales de alimentación, transporte público, educación…) habría que añadir (amén de una política clara y férrea acerca de quien no cumple la ley/no se integra; y revisar eso de entregar los pasaportes alegremente…) el reencuentro con nuestra descendencia directa de modo a fortalecer un destino de koiné en esta loca globalización que amenaza con deformarnos a todos; buscando reforzarnos en nuestra identidad. Y al menos, ya sabemos qué es lo que no hay qué hacer y a qué nos vamos a enfrentar. Quien se atreva a recoger este testigo de política de a bordo, no sólo triunfará él, sino que nos garantizará el futuro; porque hacia donde vamos, no tenemos sino extinción.

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