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Pobrecicas las mujeres

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Pobrecicas las mujeres si por un avatar de la vida, bajan ese hermoso peldaño diferencial con los hombres, y, de golpe y porrazo, se ven jaleando dándoselas de catedráticas, de súper expertas, en esos complejos; qué complejos, complejísimos campos científicos del saber, de pegarle un puntapié a un balón, para que luego un jovial periodista, con voz aterciopelada, ponga a sobresalir la tremenda inteligencia del que lo ha parado con una bota reglamentaria que tiene un valor de mercado superior a cincuenta pares de zapatos normales.

Pobrecicas las mujeres si después de todo un hermoso proceso evolutivo para convertirse todas, por lo menos durante una época de su vida, en seres preciosos, de pronto se les hunden las cachas del culo en la nada, les sale la barriga cervecera madre de todos los ronquidos monstruosos, pierden el pelo, y comienzan a hablar continuamente de cuando se le ponía dura como la pata de una silla, y las mujeres caían rendidas ante sus encantos varoniles.

Pobrecicas las mujeres si la estabilidad social que otorga su presencia en la sociedad, tenga uno que pararse un ratico para ver si lo que tiene delante es un hombre o es una mujer que ha descendido de su nivel femenino y se ha convertido en un estúpido hombre moderno, listo y preparado para ir al sicólogo o al siquiatra tan pronto y como las mujeres, todas a una, digan la verdad del barquero y manifiesten que el tamaño sí cuenta, y que hasta ahora, para evitar males mayores de autoestima, vienen diciendo que lo de menos es el tamaño, que lo que ellas prefieren a la hora del encame un hombre inteligente.

Pobrecicas las mujeres si cuando vuelven del trabajo, en virtud de haber perdido el tren de su hermosa condición de seres de carácter, gustos, aspecto diferentes al monótono hombre que con solo verlo ya se sabe en qué actividad se está, al menor descuido, pedorreándose, se encuentran con un mala sombra nada más trasponer la puerta de su casa que le diga que ni es, ni ha sido, ni será nada en la vida, lo mismo que no lo fue ni su padre ni su madre ni su abuelo ni su abuela.

Para dominar un pueblo, para controlar una sociedad por muy compleja y complicada que sea, solo se necesita que toda ella pierda su memoria histórica. Y en esa guisa de laboreo se centró hace ya mucho más de mil quinientos años un monoteísmo triunfante que lo mismo que en el caso de nuestra inmediatez geográfica ha sido capaz de cambiar una horrible y más que sangrienta por muchísimos años guerra religiosa por una guerra de conquista o de invasión, caso de la Ibérica, la historia, las lecturas, hasta que no han surgido las redes sociales y las enciclopedias online, todos teníamos que leer lo que los hombres querían que se leyera.

Gracias a poder leer ahora cosas que estaban ocultas y que no se difundían por la sociedad, podemos saber que en Escitia, una región que estaba ubicada en las orillas del Mar Negro actual, tierra pionera en muchas cosas que son la razón básica de lo que somos actualmente, aunque por allí apareció en su momento Atila y su segundo en el mando Onegesio, con su gastronomía de solo comer carne, pan y vino, porque el agua con frecuencia daba diarrea, en plato y vaso de madera, llegaron aquella gente, Hunos, por Escitia al olisque de que allí mandaban las mujeres, y a los viajeros que interesaban las jefas mujeres les solían dar hospitalidad con chicas, y, por aquel entonces, según el juego de la vida dominante, nada dice la crónica sobre la necesidad de abrir gabinetes de psicología.

Será después, cuando las mujeres escitas comenzaron a decirle a los fieros hunos que la tenían muy corta, y que el tamaño cuenta y mucho, cuando la mala leche en las denominadas a partir de ese momento, hordas orientales, cuando la mujer, cansada de hipocresía y de barruntar que su futuro masculinizado iba a ser una puta caca seca, empezó a marcarse un camino de actividad y de aspecto muy diferente al hombre.

Resumiendo el proceso es que, lo único que ha fallado, y mucho, en un lindo, hermoso, y gratificante camino diferenciador a simple vista de lo que es una mujer y de lo que es un hombre, es que la mujer está pagando la venganza del picha corta, del que para demostrar su hombría diferencial, su superioridad, como la mujer cayó en las redes de pesca de las religiones cuando se percató de que el hombre era un ser simple, pero con mucha mala leche simplista, por ahí por el lado religioso ha podido la mujer ser engañada por muchas centurias.

Pero eso no quita que siga estando en ese hermoso escalón al que tenemos los hombres que subir de vez en cuando para poder saber lo que vale un peine.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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