París, 27 de mayo de 2020.

Mi querida Ofelia,

Aprovecho estos días de confinamiento para enviarte la historia de la autoproclamada pícara “nueva mamá” de mi amigo y colega Jorge.

Este es su relato:

“Resulta que desde hace unos años, mi padre vivía con una señora que se llama Berta, una teniente de la “gloriosa” Policía Nacional Revolucionaria y que tuvo “la suerte” de conocer en la antaño “La Mascota”; tienda de la calle Belascoaín. Esa señora estaba allí cumpliendo una misión de la P.N.R.

Ella vivía en Centro Habana, en los altos de una tienda de la calle Neptuno y Aramburu, cuyo anuncio lumínico provocó durante años la risa nocturna de los que pasaban por allí. El anuncio de neón rojo donde originalmente aparecía «artículos para caballeros», tenía fundido «arti». El hecho de que esa Sra. viviera allí es pura coincidencia.

Yo pensaba que esa señora era una santa: “Santa Berta de la Mascota”. Te paso a explicar por qué. Como mi padre le había dicho que nosotros éramos católicos practicantes –no veo de qué otra forma se puede ser–, durante meses me escribió cartas de hasta 15 páginas en las que copiaba el Nuevo Testamento, según ella, para que yo compartiera con ella la felicidad de leer los Evangelios.

Me decía hasta las horas exactas en las que ella iba a leerlas, haciendo el cálculo de la diferencia de hora, para que yo desde este lado del mundo hiciera lo mismo al unísono y así entráramos en comunión espiritual.

Una profesora de español amiga mía, Marie, fue a San Cristóbal de La Habana y me contó como “Santa Berta de la Mascota”, cada vez que pasaba por la sala, en una pared de la cual había una foto de mi madre joven, inclinaba la cabeza con gran respeto, al mismo tiempo que lanzaba un profundo suspiro de pesar y se hacía la señal de la cruz, como ante el Sagrario.

Me contó también cómo cada noche antes de acostarse, mi padre y ella se ponían de rodillas ante la foto y rezaban el Ave María, el Padre Nuestro y el Credo por el Alma de mi madre. Marie, a la que también “Santa Berta de la Mascota” quería poner a rezar, declinó gentilmente la invitación. Mi colega y yo llegamos a la conclusión de que la Santa era una iluminada, una mística o que pertenecía a alguna secta. Claro Marie el día en que había llegado, le había preguntado cuál era la iglesia más cercana para ir a misa, y también sabía, que había ido a visitar a las monjas del Convento de las Carmelitas Descalzas y al Padre Clemente, a la Iglesia del Carmen de mi parte.

Sin embargo hubo una nota discordante y fue cuando Marie invitó a la Santa a ir al chopi (como llaman los cubanos de la Isla del Dr. Castro a los supermercados en divisas), mi amiga se asombró al ver cómo Berta lanzaba los pollos como un Jordan en pleno encuentro de basket, haciendo una especie de pirámide avícola en el carrito. Mi amiga nunca logró saber adónde fueron a parar tantos cadáveres de aves.

Un día la gota que desbordó mi copa, fue cuando recibí una carta de 19 cuartillas de las Santas Escrituras, le escribí a la Santa diciéndole que era innecesario que me copiase la Biblia, pues yo la poseía en francés y en español.

Sus cartas pasaron entonces a ser verdaderas declaraciones de amor materno, ella me llamaba Jorgito, mi padre era Carlito. Aquí te copio un fragmento de una carta:

‘Jorgito, madre no es la que pare, sino la que da amor y es por eso que yo te quiero más de lo que te quiso tu madre… Soy tu nueva mamá, ahora tienes nuevos hermanitos y sobrinitos que te quieren muchísimo…’

Yo pensé en ese momento que se había vuelto loca, que era egocéntrica o megalómana. Otro fragmento:

‘Anoche soñé con Teresita (mi difunta madre, que en paz descanse), se me apareció y me dijo que cuidara mucho a Carlito y que te fuera a ver a París para darte besitos de parte de ella’. ¿Esta señora habrá visto la película americana ‘Ghost’? Esta última carta vino acompañada de la lista con las tallas de mis nuevos hermanitos, cuñaditos, sobrinitos y todos los itos posibles.

Muchos profesores de español franceses van cada año a un país hispánico diferente, no por motivos políticos, sino por culturales. Así a Cuba han ido muchos y otros lo harán en el futuro.

Fue a Cuba mi colega Dominique, visitó la casa de mi padre, tomó película de él sentado en un sillón y al preguntarle qué quería decir para nosotros, la ‘Santa’ se le encaramó en las piernas, comenzó a darle besos apasionados, abrazos y caricias, para que yo pudiera apreciar como ella lo quería. ¡Qué falta de pudor! Fue patético ver a mi padre, con más de 80 años, clavado en el sillón con la ‘Santa’ arriba. Acto seguido, la ‘Santa’ monopolizó la palabra para explicarme lo feliz que era Carlito con ella. Mi padre no logró pronunciar ni una sílaba a pesar de las preguntas de Dominique dirigidas a él y no a la ‘Santa’. Hay un momento en que el rostro de mi padre desapareció entre los senos de la ‘Santa’, ‘mi nueva mamá’, como ella se autoproclamó, pero que tiene mi edad. Podrás imaginar que el vídeo terminó, después de ser visto una sola vez, en la basura parisina.

La ‘Santa’ le dijo a Dominique, como a todas las demás amigas que han pasado por allí, que pronto vendría a París, invitada por su nuevo hijo Jorgito, como una promesa que le hizo en sueños a Teresita (!)

La ‘Santa’ es “tan buena” que cuando yo escribía y enviaba mis cartas con alguien a mi padre para que éste las repartiera a amigos y familiares, ella las abría todas y las leía en voz alta ante el francés que las llevaba, para que mi padre se sintiera feliz, escuchando lo que yo escribía. Cuando enviaba regalos a alguien, hacía lo mismo y cuando se perdían cosas, nadie sabía adónde habían ido a parar.

Para hablar con mi padre, yo llamaba a casa de una vecina, pero colgaba y repetía la llamada diez minutos más tarde para que diera tiempo y lo fueran a buscar, pero siempre era la ‘Santa’ la primera que hablaba y yo debía soportar estoicamente –y pagar– largos minutos de monólogo sobre como ella nos quería a Jorgito y a mí, al fin cuando lograba hablar con mi padre, éste se dedicaba a hablarme de la ‘Santa’. Ella era tan buena, según sus palabras, que cada mes ponía los 220 pesos de su salario con los 110 de la pensión de mi padre y los cien euros que yo le mandaba, todo juntito para gastos comunes, como buenos cristianos. Es tan buena, que él hizo un testamento dejándole la casa a ella, lo que actualmente no tiene ningún valor legal, pero en un futuro lo puede tener. Por si acaso, también puso la casa a su nombre.

En una carta, la ‘Santa’ me dijo que necesitaba $60.000 dólares, para que mi padre estuviera más amplio, más cómodo, como él se merecía, así con ese dinero y con la casa, podían permutar para una más cómoda. Debo decirte que la casa de mi padre, consta en su planta alta de tres cuartos y un cuarto de baño y en la planta baja de: sala, comedor, cocina, un cuarto, cuarto de baño y patio. Pero a la ‘Santa’ no le basta, quiere algo más grande para Jorgito.

En julio del año pasado, Anne, otra colega, fue a Cuba y como siempre, aproveché para enviar cosas a mi padre. Éste seguía escandalizado porque yo no le enviaba regalos a mi ‘nueva mamá’ que él quiere mucho. Mi colega se vio proponer en matrimonio al hijo adolescente – que ‘estudia’ para zapatero- de la Santa cuando no llevaba ni una hora en la casa.

El año pasado había estado allá Patrizia, otra profesora de español, ella tiene una tesis de doctorado sobre el sincretismo religioso en Las Antillas Francesas y por eso preguntó a ‘Santa Berta de la Mascota’ si conocía algo del tema. Pero, para que fue aquello, ni corta ni perezosa, la ‘Santa’ se vistió de blanco, se puso los collares y el turbante, llevó a Patrizia a toques de santos, le tiró los caracoles, le hizo comprar gallos negros, la llevó a misas espirituales con bajada (o subida) del santo, la ‘inició’ y se volvió toda una ‘Santa’ pero no cristiana, sino de los cultos sincréticos afrocubanos. Le dijo que era hija de Yemayá e hizo a Patrizia hija de la misma diosa africana, por la módica suma de $500, los cuales le pidió no por los servicios prestados, sino para pagar una multa que le habían puesto, pues según ella alguien la había denunciado por su visita.

Patrizia, mujer de muy buena situación económica, se los dio sin problemas, aunque se percató de la estafa. A partir de ese momento la ‘Santa’ estimó que ella era su hermana de religión y que por lo tanto tenían que compartir todo, a tal punto que le propuso que se casara con su hijo zapatero. Le afirmó que para ella iba a ser doloroso desprenderse de él, pero que estaba dispuesta a cedérselo como una prueba de hermandad religiosa, porque Yemayá le había pedido que lo hiciera. Patrizia le dijo que sí, le siguió la corriente y al llegar aquí me dijo que nunca había conocido a alguien que tuviera tan poca dignidad.

Como comprenderás, ya no puedo seguir llamando ‘Santa’ a ‘Santa Berta de la Mascota’, ahora la llamaré la Señora Berta.

La Sra. Berta pretende que como su hijo es tan bueno y tiene tanto amor para repartir, que ella lo quiere casar con una francesa y así no sólo con mis colegas, las que tienen más o menos mi edad, sino también con Alix o Béatrice, dos chicas que pasaron por allá en diciembre y se vieron frente a la misma proposición. Las dos chicas están aún hoy asombradas. La Señora piensa que mis amigos, conocidos o colegas van a La Perla de las Antillas a practicar el turismo sexual y a ‘disfrutar’ gracias a la miseria de los cubanos.

Pero lo que me hizo tomar la decisión de escribir ésto (que estoy seguro que escandalizará a mi hermano Pedro, pero como vivimos en el Mundo Occidental libre, cada cual tiene derecho a la libre expresión), fue el regalo que hizo la compañera Berta  a Alix. Yo pensaba que era Señora, pero no, es ‘compañera’. Verás por qué. Le regaló una foto del Coma-Andante en Jefe, con la siguiente dedicatoria por detrás:

‘Para que Fidel ilumine tu camino y tu espíritu revolucionario en tu país y seas una buena comunista como yo. Con saludos revolucionarios de Socialismo o Muerte, Berta’.

Alix trae la foto en su cartera y provoca la risa de todos sus amigos de la buena sociedad francesa, cuando la muestra. ¿Por qué la Compañera Berta hizo eso? Simplemente porque se equivocó, como la paloma.

Resulta que Alix, chica de 25 años, fue educada por las monjas y en el seno de una familia adinerada, cristiana, caritativa, por lo cual desde los 17 años, cada año dedica sus vacaciones de verano a ir a un país del Tercer Mundo a ayudar a los pobres. Ha estado en: la India, Paquistán, Bangla-Desh, Viet Nam, Filipinas, Sudán, Guatemala, etc., trabajando para los más necesitados, gratuitamente.

Decidió ir este año a la Perla de las Antillas y como sus padres son amigos de una profesora de inglés amiga mía, nos pusimos en contacto. Yo le di ideas y direcciones en Cuba, entre ellas la de mi padre, para que le llevara unos regalos. Cuando la ‘compañera’ Berta se enteró de que había ido a Cuba por solidaridad, creyó entender que era una comunista, una especie de ‘compañera’ francesa, que iba a Cuba por solidaridad antiimperialista y… acto seguido, la ‘compañera’ Berta la llevó a la Plaza de la Revolución con un pañuelo rojo cubriendo su revolucionaria frente, alzó el puño para la foto con el heroico comandante guerrillero a su espalda, pero alzó el derecho y no el izquierdo. ¡Qué error!

A Colette le divirtió la confusión, de que la tomaran por ‘compañera’ y entró en el juego, así fue a los Comités de Defensa de la Revolución, a la sede del Partido Comunista, al Museo de la Revolución, con el amparo y guía de la ‘compañera’ Berta.

Sólo logró trabajar en la Cruz Roja, pero allí conoció a una pareja de médicos que la hospedaron y decidió abandonar al cabo de una semana a la heroica ‘compañera’ Berta, que la había saturado con su espíritu combativo revolucionario. Como anécdota te diré que, en la Cruz Roja de San Cristóbal de La Habana, no tienen ni aspirinas.

Hace dos años, gracias a una aeromoza, logré enviar a mi amigo Tony (hoy en Miami, gracias a Dios), unos regalos para él y su familia y dinero para mi padre. Tony se lo entregó a mi padre, pero cuando la compañera Berta se enteró de que mi amigo de infancia, estaba a punto de partir hacia la Libertad. Le exigió ropas y dinero, pues si no, lo denunciaría de que la había robado, para que no se pudiera ir. ¿Te das cuenta de la calaña de esa ‘compañera’?

Hace apenas unos meses, una amiga azafata entregó en La Habana $100 dólares a un primo mío ingeniero, para mi tío y otros $100 para mi padre. Pero al saberlo, la ‘compañera’ se enfureció, pues quería los $200 para ella, insultó y expulsó de mi casa a mi primo y metió en la cabeza de mi padre que yo sólo debía mandarle dinero a él y a ella.

Para no aburrirte con el caso de la ‘compañera’, te diré que cuando mi padre me escribía comenzaba siempre con: “Nuestro hijo” y cuando mencionaba algo con respecto a mi difunta madre escribía: “T…”, como si no se atreviera a escribir su nombre completo de Teresa. La mitad de la carta se resumía a hablar de lo buena que era ‘mi nueva mamá’. Al final, al lado de su firma, aparecía siempre la de la compañera Berta.

Poco a poco mi padre se disgustó con toda mi familia por la línea materna, el único que le seguía visitando era su ahijado, mi primo Onelio, hasta que éste logró reunirse con su familia en las Tierras de Libertad de la Florida. Como la familia de mi padre está casi toda en la Florida, la compañera Berta logró crear un vacío alrededor de él y por lo tanto lo pudo manipular tan fácilmente.

Estábamos en Bucarest y mi hijo nos llamó una noche al hotel, ya que la ‘compañera’ me había llamado en urgencia y cobro revertido. La compañera había decidido que hiciéramos los trámites y trajéramos a vivir con nosotros en París a mi nuevo hermanito, el zapatero. Ella había decidido separarse de su retoño, para procurarnos felicidad. Pero nuestra felicidad sería sólo por dos o tres días, pues el chico, haría inmediatamente la solicitud de visa para los EE.UU. y esa misma semana partiría para Miami. Ante mi negativa, debido a que, como expliqué diplomáticamente, mi casa era muy pequeña y a que vivo muy tranquilamente, para complicarme la vida con inmigrantes ilegales (el retoño vendría acompañado por un amigo), mi padre no pudo comprender que no se trataba de dos o tres días, sino quizás de años.

Lo más surrealista es que llegó de Cuba Daniel, un muchacho francés que fue con su novia y la compañera Berta les pidió que hicieran los papeles para invitar a su hijo y a su amigo para venir a Francia, pero que no se preocuparan que al llegar a París irían para la casa de su hermanito Jorgito.

¿Qué hacer? ¿Cómo combatir contra los molinos de viento?

Desde que el Dr. Ernesto Guevara de la Serna murió tratando de crear ‘Uno, dos tres, muchos Viet-Nams’, para instalar el comunismo en América Latina, el Coma-Andante en Jefe y su maquinaria de propaganda, nos anunciaron la formación del ‘hombre’ nuevo. Considero que mi autoproclamada nueva mamá debe de ser una de esas “mujeres nuevas” creadas por 60 años de comunismo cubano.

Hombres y mujeres “nuevos” sin principios morales, ni familiares, sin pudor, pícaros y pícaras que tratan de sacar el máximo y se disfrazan según convenga. Son como el papel de tornasol, cambian de color según el líquido en que los introduzcan.

Hace un par de meses mi ‘nueva mamá’ hizo una triple permuta, de manera que mi padre fue a parar a una casa sin cocina ni cuarto de baño y… supuestamente al bolsillo de su esposa, un buen paquete de dólares. Yo me enteré cuando una prima de mi cuñada fue a la casa de mi padre y vio caras nuevas. Al preguntar a los nuevos propietarios adónde había ido a parar mi padre, le respondieron que la compañera Berta les había pedido, que no dieran su dirección ni su teléfono a nadie. Logré conseguir el número de teléfono y cuando comuniqué, la compañera no hizo ninguna alusión a la permuta, ni me preguntó cómo había obtenido el nuevo número, y continuó como de costumbre, con sus declaraciones de amor materno, proponiéndome después, que los cien euros mensuales que yo enviaba a mi padre con turistas o aeromozas, los podía hacer llegar por transferencia bancaria, etc.

Pero el 27 de julio mi padre falleció. Me enteré casualmente que la compañera lo enterró al día siguiente a las 7 y 30 de la mañana en la zona del Cementerio de Colón donde hay unas tumbas todas uniformemente iguales, de cemento gris. En una tumba colectiva junto a otros dos desgraciados. Pudo haber utilizado el panteón de mi familia paterna de Camagüey, donde están mis abuelos y tíos; también pudo haberlo enterrado en Matanzas junto a mi madre. Pero no, ella estaba muy apurada por salir del ‘paquete’. Sólo cinco personas asistieron al entierro, ya que no le avisó absolutamente a nadie, ni siquiera a mi hermana de crianza, la cual lo quería como si fuera su padre.

Posteriormente logré informarlo a un primo mío, al que había sido insultado por la ‘compañera’. El tomó fotos de su triste tumba y me las logró enviar por internet. Es de cemento gris, como otras decenas a su alrededor, no hay ni un árbol que dé sombra, ni una flor, ni una cruz, es terriblemente anónima. Me recordó el triste cementerio de los leprosos, en la isla griega de Spinalonga.

¿Terminaremos algún día de pagar el precio de la Libertad?

Sin saber que mi padre había fallecido ese día, fuimos al cine, vimos una película cubana “Lista de Espera”, que se desarrolla en una terminal de ómnibus de provincias (una verdadera pocilga), donde durante tres días unas 40 personas esperan la llegada hipotética de un autobús o la reparación virtual de un ómnibus para continuar viaje. Entre ellos está el pícaro que se hace pasar por ciego, la jinetera, la santera, la espiritista, el maceta, el cuadrao, el miedoso, el viejo español emigrante y el español actual hombre de negocios. Es una parodia de  ‘El Ángel Exterminador’ de Buñuel, con su velada crítica que, como en ‘Fresa y Chocolate’ y ‘Guantanamera’, hace vender en el exterior. Todo acompañado de los pobres, pero felices cubanos, que resuelven todo acostándose unos con otros. Hombres y mujeres ‘nuevos’. Viven en condiciones inaceptables para un europeo, pero sonríen, cantan y viven para el amor.

Moraleja: ¡El pueblo cubano es feliz!

Jorge Horta”.

Le doy las gracias a Jorge por su testimonio. “Tenía que vaciar el saco y desahogarme”- me dijo ayer.

Un abrazo cubano desde este exilio parisino,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9https://www.amazon.fr/Memorias-exilio-F%C3%A9lix-Jos%C3%A9-Hern%C3%A1ndez/dp/2312069024

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