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Nacionalidad cubana, ciudadanía española

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Nacionalidad cubana, ciudadanía española
Cecilia Oquendo
Debo comenzar por esgrimir una cardinal diferencia entre ciudadanía y nacionalidad. La nacionalidad, cubana o de cualquier otra clase, es aquella condición en la que un grupo de individuos comparte un sistema de valores que viene dado por la convivencia en un territorio y en un tiempo históricamente determinados. La nacionalidad es como el honor, es una condición que no se puede alterar ni menoscabar ni engrandecer: es un accidente de la naturaleza el que tengamos una nacionalidad u otra. En este sentido, la nacionalidad es un termino que admite diversos niveles de propiedad, por ejemplo, se puede ser catalán y español al mismo tiempo, sin que ninguna de dichas nacionalidades quede menoscabada o reducida por el simple hecho de convivir con la otra.
De la misma manera, se convive a menudo con al menos dos ciudadanías, como la disfrutan ampliamente los muchos cubanos que se naturalizan españoles o estadounidenses o canadienses o mexicanos, etc. Pero vayamos un poco mas a la ciudadanía. La ciudadanía, contraria a la nacionalidad, no es una condición personal, es una relación jurídica que se establece entre el individuo (ciudadano) y el Estado, una especie de contrato si se quiere. Esta relación jurídica comporta derechos y deberes para ambas partes, p.ej.: el ciudadano tiene la obligación de tributar al Estado, y este a su vez tiene la obligación de usar esos tributos para el mantenimiento de servicios públicos; el ciudadano tiene el derecho (a veces el deber) de elegir a sus gobernantes, y estos tienen la obligación de rendir cuentas y someterse al escrutinio público. Y también a diferencia de la nacionalidad, se puede, al menos en principio, renunciar a la ciudadanía que se nos impone por nacimiento y adoptar otra que nos convenga más.
Desde el Desastre del 98 se han esgrimido numerosas razones de toda índole para justificar la reincorporación de Cuba a España, desde históricas como los mas de 4 siglos de dominio español (uno mas que el resto de la América española), jurídicas que van desde la nulidad del Tratado de Paris por falta de ratificación por las Cortes Generales hasta el cuestionamiento de su articulado, que trajo como consecuencia la imposición de la ciudadanía cubana by default a todos los habitantes del territorio cubano, es decir, la ciudadanía española fue retirada sin consultar a los propios ciudadanos. Como consecuencia de este acto, los antiguos ciudadanos españoles (ahora cubanos) se vieron imposibilitados de trasmitir su ciudadanía a sus descendientes. Además de los efectos de la perniciosa leyenda negra española, hay que sumar la eficaz maquinaria propagandística que, una vez obtenida la independencia, disemino un desmedido orgullo nacional, el endiosamiento y encumbramiento de los insurgentes en detrimento de figuras integristas o autonomistas, a pesar de que fue la intelectualidad autonomista la que vertebró la democracia republicana.
En nuestros tiempos ha resurgido la idea de reincorporar a Cuba a la Madre Patria como una comunidad autónoma más, y pasar de haber sido la primera en el tiempo (1897) a la mas joven de las autonomías españolas, y esta vez, defiendo razones prácticas, sin perjuicio de las expuestas en el parágrafo anterior: la España de nuestros días no es la España de Fernando VII ni la de Alfonso XII. Tampoco los cubanos de hoy son los de las Clavellinas, ni los de la parroquial mayor del Santísimo Salvador de Bayamo, ni los del Teatro Tacón, ni siquiera del Irijoa, porque la nacionalidad solo existe en un tiempo históricamente determinado.

¿Por qué regresar a España?

En estos momentos Cuba es el sexto país con más españoles fuera de España. Cifras conservadoras apuntan que hay mas de 300,000 españoles en Cuba (más que la población de La Rioja). La acelerada emigración de cubanos a todas partes que pueden es la prueba mas fehaciente del colapso del Estado nacional. Después de medio siglo de vida republicana y progreso, la sociedad cubana dio un paso en falso y colocó en el poder a quien creía seria su redentor y resultó ser un tirano carnicero que no solamente ha hundido a Cuba en la más absoluta miseria y desarraigado toda cultura democrática, sino que ha puesto en jaque la propia supervivencia de los cubanos como etnos.
El exilio histórico, por su parte, arrinconado en Miami, y la única fuerza que hubiese podido hacerle frente a la teocracia cubana de los Castro, se ha difuminado en luchas intestinas y ha demostrado al cabo de seis largas décadas su incapacidad moral e intelectual para asumir el reto de restablecer la libertad en Cuba. Es un exilio encerrado en sí mismo, incapaz de abrir sus brazos a las nuevas generaciones de exilados. Es un exilio vetusto, receloso, recalcitrante, egocéntrico, intolerante y anquilosado en el pasado.
La resistencia interna, por su parte, apocada por la feroz represión política, está más preocupada en el comer que en resolver la necesidad de libertad de los cubanos. Los más aguerridos y comprometidos con la democracia tampoco tienen un peso intelectual que pueda asumir un liderazgo.
Una actitud hipócrita de muchos cubanos es querer los niveles de vida de Estados Unidos o Europa pero que no se anexe a ninguno de esos Estados. Es muy rico pedir que Cuba siga sola, muriéndose de hambre, mientras disfrutamos del mundo desarrollado con un pasaporte que no es el cubano.
La única solución es España, por varias razones: Estrasburgo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que ya tiene una jurisprudencia establecida y no tenemos nosotros que reinventar la rueda, el euro, la movilidad, el acceso a capitales, inversiones, pero, sobre todo, el fin de la zozobra económica. Yo quiero vivir bien dentro de mi propio país, que me respeten por quien soy y gozar de todos los derechos que como persona soy acreedora. Si para ello tengo que escuchar la Marcha de los Granaderos antes de La Bayamesa, pues que así sea.

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