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Manipulando la historia en el periódico Escambray

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Como si hubiesen sido pocos los casi 300 000 muertos dejados por la Reconcentración de Valeriano Weyler en Cuba en 1896-1897 —derrotada al cabo por los cubanos—, 1898 despuntó con los intentos de España de lograr a toda costa la aplicación del régimen autonómico en la isla, cuando un nuevo e inquietante factor apareció en el horizonte de la guerra entre cubanos y españoles: la intervención de los Estados Unidos en el conflicto.
Para Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador cubano, y para su entorno las semanas previas a la declaración de hostilidades entre la potencia colonial y el naciente imperio norteamericano marcaron la incertidumbre ante acontecimientos que se sucedían a velocidad acelerada.
Si de una parte el nuevo Capitán General, Ramón Blanco y Erenas no dejaba de enviarle cartas al cubano-dominicano clamando por una reconciliación y la pacificación del archipiélago bajo un régimen autonómico, —que la jefatura insurrecta rechazaba pues la única solución era la independencia—, de otra le empezaban a llegar informes a Gómez acerca de un choque inminente entre Washington y Madrid en torno a Cuba.
El 21 de febrero, el Generalísimo consignó en su diario la noticia de la voladura del crucero acorazado Maine en la bahía de La Habana (*) y expresó su tristeza “por la pérdida de tantas vidas de los hijos de un pueblo que simpatiza con la justicia de nuestra causa”. Mas, había un detalle en esa nota que pone a pensar y es que, junto a lo anterior, al referirse a la pérdida del barco, expresa entre paréntesis: “(no nos dicen cómo)”. Hoy, a 120 años del trágico suceso, seguimos sin saberlo.
En marzo, sin precisar el día, Gómez refiere: “Pedro Rodríguez, mensajero del cónsul americano en Sagua, con noticias optimistas, fundadas ‘en el rompimiento extremo de Estados Unidos con España’”. El 23 del propio mes el General en Jefe da cuenta de la llegada a su campamento del señor Sommert, corresponsal del Herald de Nueva York, y comenta:
“Estos agentes de periódicos americanos me parece a mí que en nada influyen para variar a la verdad, la corriente de los sucesos; bien informen a favor o en contra nuestra”. Se equivocaba el general, pues, aunque los periódicos publicaban luego lo que conviniese a sus intereses y no la verdad que pudiera reflejar un reportero desde el teatro de operaciones, se demostró que esa prensa tuvo un enorme influjo en moldear a la opinión pública estadounidense en los meses previos a la guerra de EE.UU. contra España.
Lo curioso es que a lo largo de tres años de lucha desde febrero de 1895, por primera vez el gobierno del país del norte tomaba conciencia de los crímenes de la nación europea en la isla y que nunca en ese tiempo dio el más mínimo apoyo oficial a la causa independentista, antes bien puso todos los obstáculos posibles, como cuando en enero del citado año expropió en el puerto floridano de Fernandina las armas que con enormes sacrificios habían adquirido los cubanos para llevar la libertad a su patria.

El envío del Maine a la rada habanera en medio de la tirante situación entre EE.UU. y España, fue una provocación, aunque no hubiese explotado.

CONSIDERACIONES NECESARIAS
Mirándolo bien, no existía intriga ni misterio alguno en el comportamiento ambiguo del país del norte. Sucedió que en las altas esferas en Washington se percataron de que el cambio por España de la política de reconcentración y tierra arrasada en Cuba, por la de pacificación mediante la concesión de la autonomía, era el reconocimiento de su derrota en circunstancias en que ya no estaba en condiciones de sostener la guerra por más tiempo.
Por algo habían emprendido con bastante antelación un acercamiento a Madrid en procura de una salida pacífica al conflicto, ofreciéndole comprar la isla, gestiones que continuaron sin resultados hasta enero de 1898, sin tener en cuenta los crímenes que por entonces cometían los españoles en Cuba ni la mortandad provocada por la Reconcentración.
A partir de ese instante los acontecimientos se precipitaron porque se filtró por diferentes vías que, independientemente de la voluntad del gobierno liberal español, muchos políticos y el pueblo peninsular, estaban hastiados del conflicto que ya costaba demasiadas vidas y recursos y que las arcas del Estado se encontraban exhaustas, incapaces de financiar la lucha en su colonia más allá de unos pocos meses o semanas.
Entonces, ¿por qué Washington se apuró en provocar su entrada en la guerra? Es algo que puede encontrar respuesta en un texto del cubano-estadounidense Lou Pérez jr., titulado Cuba entre imperios, donde el autor argumenta que esa intervención se llevó a cabo “contra Cuba independiente”.
Este dato, tomado del trabajo Guerra y Política en 1898, de la historiadora y profesora universitaria santiaguera Olga Portuondo, apunta a lo que el entonces ministro norteamericano en España, Steward Woodford, decía: “La única certeza de paz en Cuba es bajo nuestra bandera”.
La otra cara de la moneda es lo que el señor Tomás Estrada Palma, delegado del Partido Revolucionario Cubano en sustitución de José Martí —caído en combate el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos—, hacía con su cabildeo en Washington, en procura de lograr del Tío Sam una ayuda —que, necesariamente, sería interesada—  contra la cual tanto habían advertido Martí, Maceo, Serafín Sánchez y otros reputados patriotas.

Miles de soldados estadounidenses desembarcaron en puntos del sur de Oriente previamente despejados de españoles por el Ejército Libertador.

POR FIN, LA GUERRA
Aunque se plantea que la declaración de guerra a España la hizo Washington el 25 de abril, curiosamente ya el 23, acampado en Trilladeras, Gómez anota haber “recibido varios alcances de periódicos que nos dan noticias. La más interesante, anunciando que el gobierno de los Estados Unidos, ha declarado ya la guerra a España y reconocido en los cubanos capacidad suficiente para ser independientes”.
Ocurrió que después de la Resolución Conjunta, votada el 12 de ese mes por ambas cámaras del Congreso, y firmada el 20 por MacKinley, todos los días se echaban a volar en Estados Unidos rumores alarmistas, y por eso el dominicano adelantó en su diario la fecha real del rompimiento de hostilidades, porque la Joint Resolution lo implicaba en si misma.
Los contactos de Estrada Palma con políticos prominentes de ambos partidos en Washington y en especial los más o menos indirectos que sostuvo con el presidente MacKinley, quizá influyeron en la decisión final de quienes veían la intervención en Cuba bajo el prisma de sus ambiciones económicas y geoestratégicas, pero, en verdad, la suerte estaba echada.
La Joint Resolution se adopta en un clima de profunda polarización y politización del tema en la sociedad y en el gobierno estadounidense, donde amplios sectores obraban de buena fe hacia la isla y sus habitantes, mientras otro muy poderoso e influyente se guardaba ases en la manga. Al final la famosa Resolución aparece como una solución de compromiso entre ambas tendencias, reconociendo que “el pueblo cubano es y de derecho debe ser libre e independiente”.
Lo que verdaderamente pasma es que el representante plenipotenciario del Gobierno de la República de Cuba en Armas, haya centrado sus gestiones en Washington en arreglos muy dudosos, más con banqueros que con los congresistas, tratando la libertad de Cuba más como una operación bursátil que como la empresa patriótica de todo un pueblo.
Por si fuera poco, Estrada Palma había perdido más o menos intencionalmente por esos días casi todo contacto con el Gobierno provisional en Cuba y lo mantenía al margen de los trascendentales acontecimientos que tenían lugar en la capital del naciente imperio, cuando de lo que se trataba era de obtener de sus autoridades el reconocimiento oficial al Gobierno cubano y a la beligerancia del Ejército Libertador.
Tal proceder tendría serias repercusiones en el curso posterior de los acaecimientos, por cuanto Estados Unidos ya era una potencia marítima capaz de establecer supremacía en torno a Cuba, pero su ejército, poco ducho y numeroso, resultaba dudosamente competente por si solo de vencer a las tropas de España en la isla sin el apoyo de los mambises.
Si faltaran argumentos, ¿cómo ignorar la existencia de 30 000 combatientes armados, curtidos la mayor parte en tres años de campaña, que dominaban los campos, mientras la mayoría de los jefes principales contaba con la experiencia de los diez años de la Guerra Grande?
Lo cierto es que, en lugar de negociar directamente con el Gobierno provisional cubano, que hubiese comisionado al jefe del Ejército Libertador, Máximo Gómez, para la cooperación militar, los norteamericanos enviaron un emisario: el teniente Andrew S. Rowan ante el Lugarteniente General Calixto García, quien radicaba en el oriente de la isla, y en una entrevista con él, recabó sus servicios y los de los casi 20 000 hombres bajo su mando, para los previstos desembarcos cerca de Santiago de Cuba y posterior campaña, de los 15 000 soldados que enviaría EE.UU.
Pronto aquel ejército poco profesional y tan ineficaz como su intendencia, la misma que incluyó dentro de los suministros de artillería, varios cajones de herraduras para caballos y tibores, en lugar de proyectiles, tomaría tierra con el terreno despejado gracias a la sangre y proezas de los cubanos.
Se destapaba así la Caja de Pandora de un grupo de desgracias subsecuentes en esta grosera violación en el escalafón de mando que seguiría repercutiendo para los cubanos hasta más allá del nacimiento de la república mediatizada el 20 de mayo de 1902, y en la cual la ignorancia de algunos y la mala fe o incapacidad de otros, facilitaría el cumplimento de los viles designios del Imperio.
(*) Este desastre acaeció el 15 de febrero, pero Gómez se enteró días después.
(**) Aunque la declaración de guerra oficial ocurre el 25 de abril, la doctora Portuondo la sitúa el 20 de ese mes, cuando la Joint Resolution fue firmada por MacKinley.
fuente: Escambray

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