Entre los siglos XIX y XX fueron muchos los españoles que emigraron a lo largo y ancho del Nuevo Mundo americano (incluyendo los Estados Unidos). Aquellos que volvían a España eran conocidos como «indianos», teniendo un gran eco en la sociedad, literatura y folclore de la época. Y hasta en la arquitectura, pues de las grandes casonas de los indianos de Asturias y Galicia hasta los edificios de la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929 hay mucha tela que cortar.

Las novelas de Benito Pérez Galdós, José María de Pereda, Pío Baroja o Álvaro Cunqueiro, entre otros, nos situaron estos personajes para inmortalizarlos en nuestro imaginario colectivo. Asimismo, durante generaciones no hubo familia española que no tuviera un familiar al otro lado del charco, siendo que en regiones como Canarias, a día de hoy las familias siguen repartidas a ambos lados del océano.

Esa tendencia quizá comenzó a fraguar en el siglo XVIII, cuando muchas gentes del Cantábrico y de Canarias emigraron a América, rompiendo la tendencia anterior, más concentrada en andaluces y extremeños.

Empero, aunque la Monarquía Hispánica sufrió una ruptura violenta y traumática, no supuso un alejamiento cultural, siendo que los indianos fueron grandes transmisores de los dos mundos que en verdad nunca dejaron de ser uno; “utraque unum”, que se dijo desde tiempos de los Borbones.

Con todo, a principios del siglo XXI se dio de nuevo este fenómeno migratorio, ya con características muy diferentes. Si bien antaño países como Cuba, Argentina o Venezuela concentraron grandes cantidades de inmigrantes peninsulares e isleños, hogaño, Perú y Chile recibieron a muchos ibéricos por determinada coyuntura económica que, sin embargo, ha cambiado pronto.

El indiano ya no es una figura novelística o afortunada per se; pero nunca ha dejado de existir como tal y vuelve a estar presente en nuestra vida cotidiana.

Hablamos de ello con José María Reguera, compañero de aventuras peruanas.

¡Pasen y vean!

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