-Informado por Luis Montes García

LAS TROPAS DE INDIOS AUXILIARES: CONQUISTA, CONTRAINSURGENCIA Y REBELIÓN EN SONORA.

José Luis Mirafuentes Galván

En su libro ya clásico sobre la confrontación militar hispano-india conocida con el nombre de Guerra Chichimeca, Philip Wayne Powell destacó la importancia que tuvieron en la conquista de América los aliados indígenas de los españoles, los «indios amigos» o «indios auxiliares”. Entre otras muchas cosas, escribió lo siguiente: «En sentido casi literal, los indios de América fueron los conquistadores -o destructores- de su propio mundo, en beneficio de los invasores europeos. Una y otra vez la historia se repitió: unos indios sometieron a otros, permitiendo a los europeos dominar vastas zonas del Nuevo Mundo. Gran parte, o mejor dicho, la mayor parte de la conquista de América por los europeos, fue propiciada y realizada por las luchas de unos indios contra otros, luchas que fueron dirigidas por puñados de hombres blancos que astutamente aprovecharon las antiquísimas rivalidades entre indígenas…“.

Powell hizo así una valiosa contribución al conocimiento de un campo problemático poco explorado y tuvo el mérito de haber participado en el desarrollo de una mejor comprensión de las empresas de conquista españolas al aportar nuevas evidencias de que esas empresas, en muchos casos, sólo fueron posibles merced a la experiencia y los esfuerzos militares de los indios que las auxiliaron.

En Sonora las antiguas rivalidades y los conflictos intergrupales de la población nativa también constituyeron un terreno propicio para el desarrollo de la conquista española. En conjunto, abarcaban la mayor parte del actual estado de Sonora y una porción del territorio sur de los modernos estados norteamericanos de Arizona y Nuevo México. Además, no sólo se producían entre las sociedades con modos de vida distintos, como era el caso de los nómadas y sedentarios, sino también entre las que compartían la misma cultura. En la franja costera y las áridas llanuras del occidente, los seris, dedicados a la caza, la recolección y la pesca, estaban divididos en no menos de seis agrupaciones, las cuales, en su mayor parte, se hallaban periódicamente en guerra entre sí y con los grupos semi sedentarios del norte yel sur, como los pimas altos y los pifias bajos. En el sur contendían grupos agricultores tan afines como los yaquis y mayos, mientras que en el centro y el noreste esos enfrentamientos se daban entre numerosas comunidades de otro grupo que vivía del trabajo del campo: los ópatas. Este grupo, del mismo modo que los pifias altos, solía padecer las correrías de los seris, pero sobre todo las incursiones de los nómadas apaches prevenientes delas tierras septentrionales.

Estos antagonismos, por otra parte, no eran ni con mucho fáciles de conciliar, sobre todo porque en gran medida hundían sus raíces en el particularismo, étnico o local, que cada grupo defendía. La rivalidad que necesariamente acompañaba a esa defensa siempre era fuente de provocaciones, agravios y pleitos, que a su vez derivaban en conflictos más amplios y en ajustes de cuentas interminables. Como decía el misionero Ignacio Pfefferkorn, «un simple incidente era muchas veces suficiente para encender la guerra entre dos naciones». Todavía a mediados del siglo XVIII el visitador de Sonora y Sinaloa, José Rafael Rodríguez Gallardo, atribuyó esos conflictos a la firmeza con la que los indios seguían reivindicando sus diferencias. En el informe que rindióde su visita, comentaba:

«No hay gente más nacional que los indios.Confunden el paisanaje y el parentesco. A sus connaturales llaman parientes. Por eso son tan opuestas unas con otras naciones’, y poco más adelante añadía: «No hay naciones más opuestas que los yaquis y pimas bajos. Decirle a un yaqui ‘pifia’ o a un pifia ‘yaqui’ es entre ellos la mayor afrenta y asunto para tomar venganza del improperio».

En esa irreductible oposición, es claro que los distintos grupos indígenas de Sonora no podían asumir una actitud de rechazo generalizado hacia la penetración española. En muchos casos, más bien se mostraron interesados en ella. Ajena a sus rivalidades tradicionales, tal vez no la asociaban tanto con una amenaza más en la región como con la posibilidad de hacerse de aliados poderosos que les ayudaran a defender sus intereses particulares.

Los españoles, por su parte, terminaron tomando partido en los enfrentamientos de los indios, pero sólo para inclinar el equilibrio de esos enfrentamientos en su favor. Para ilustrar bien la confluencia de unos y otros intereses y el beneficio que los españoles acabaron sacando de ella, conviene que partamos del examen detallado de una de las alianzas hispanoindias que sirvieron de base a la penetración española en Sonora.

Cuando a principios del siglo XVII los españoles iniciaban su expansión en el norte de Sinaloa, los mayos se mostraron particularmente atraídos por las actividades de los religiosos jesuitas. Sin embargo, antes incluso de recibirlos en sus tierras, se apresuraron a suscribir un acuerdo de ayuda ofensiva y defensiva con los soldados de Sinaloa. Lo que parecía impulsarlos a celebrar ese acuerdo era la expectativa de contar con el poder de los españoles para eliminar algunas de las causas de los graves problemas de abastecimiento que entonces padecían. Con una población calculada en treinta mil individuos los mayos carecían ya de tierras suficientes para satisfacer adecuadamente sus necesidades alimenticias. Según Decorme, tenían ya sobrepoblado su territorio, pero, además, no podían recurrir a la alternativa de extenderse a las tierras adyacentes a causa del encajonamiento que sufrían entre los yaquis, suaquis y tehuecos, con los que regularmente estaban en guerra. Así, junto a la presión que ejercían sobre sus propios recursos los mayos debían enfrentar los saqueos y depredaciones constantes de sus vecinos, lo que seguramente agudizaba su penuria alimenticia y el deterioro de la capacidad productiva de su territorio. Un indicador bastante confiable de la crítica situación económica de los mayos al momento de su contacto con los españoles puede ser la práctica tan extendida del aborto que observaron en ellos los misioneros. Sobre este respecto, Pérez de Ribas dice lo siguiente:

„Otro abuso se halló entre los mayos, que fué menester remediar: éste era,que con fácil ocasión procuraban las preñadas el aborto de sus criaturas. Algo de esto hubo en otras naciones, particularmente cuando aún todavía daban leche a sus criaturas. y cuando se les afeaba este abuso y crueldad; la respuesta de la india: ¿no ves que miro por la vida de esta criatura, que traigo en brazos? Dando a entender, que mataba la una por criar la otra“.

Según el mismo Pérez de Ribas los mayos fueron sacados de su encajonamiento por los españoles y, con las promesas de protección que recibieron de éstos, «se sentían por seguros en sus tierras, sin que otras naciones los inquietasen ni infestasen’.

En cuanto a los soldados de Sinaloa el interés de aliarse con los mayos estaba desde luego vinculado a sus actividades expansivas; seguramente trataban de asegurarlas con el apoyo defensivo de esos indios,tenidos por entonces como el grupo más numeroso de la región. calculaban los soldados que los mayos estarían en capacidad de movilizar hasta diez mil hombres de armas, fuerza más que suficiente para compensar la debilidad numérica de sus propios efectivos en caso de urgencia. Las fricciones que al poco tiempo empezaron a tener con los yaquis les daría oportunidad de poner a prueba la validez de esas expectativas.

En 1609, tres años después de celebrado el convenio, el capitán de Sinaloa, Diego Martínez de Hurdaide, declaró la guerra a los yaquis. Necesitó de tres campañas militares, en el mismo año, para pacificarlos. En la última de esas campañas llevaba un destacamento de cuarenta españoles y cuatro mil guerreros indígenas entre tehuecos y mayos. Pero los beneficios de la alianza no terminaron allí. Al año siguiente Hurdaide obtuvo la ayuda de los mayos en la construcción del fuerte de Montesclaros, en Sinaloa, y, dos años después, su participación en las operaciones que emprendió para sofocar un alzamiento entre los indios tepahues, y todo ello junto a su reiterada aceptación de someterse a la guía espiritual de los misioneros jesuitas .Así pues, el recurso de intervenir en las rivalidades tradicionales de los indios para hacerse de aliados entre la propia población nativa se constituyó en la táctica militar más usual de los españoles para garantizar su penetración en Sonora. En 1649, por ejemplo, con ocasión de la resistencia que por entonces oponía un millar de pimas altos a las actividades que los misioneros se proponían realizar en sus tierras, el alcaIde mayor de Sonora, Simón Lazo de la Vega, concertó una alianza con los pimas bajos y ópatas y, al frente de un contingente de unos treinta españoles y ochocientos indios auxiliares, puso en desbandada a los pimas altos alzados. A finales del mismo siglo los soldados de Sonora y de la Nueva Vizcaya lograron dominar un nuevo alzamiento de los pimas altos, con la ayuda de numerosos auxiliares yaquis y ópatas, al tiempo que empezaban a poner fin a la sublevación general de los janos, jocomes y sumas en las fronteras de ambas provincias, ayudados por los mismos ópatas y otros grupos de la Nueva Vizcaya. Finalmente, con la alianza de los pimas altos, luego de ser pacificados, y el auxilio de los ópatas del noroeste, los españoles afianzaron la defensa de sus establecimientos más septentrionales. A los ópatas de los muy apartados asentamientos norteños de Santa María Bacerac los dispensaron incluso del trabajo de repartimiento, con tal de que no se ausentaran de sus posiciones fronterizas que junto con los pueblos de los pimas sobaipuris del norte de la Pimería Alta formaban ya una barrera natural contra las invasiones apaches. Pese a estas conquistas, y el consiguiente proceso de desenvolvimiento de la sociedad colonial, todavía a mediados del siglo XVIII los españoles seguían dependiendo de los viejos enfrentamientos de los indios para asegurar su presencia en Sonora. El visitador Rodríguez Gallardo fue testigo de esa situación. En 1750 decía que los pimas altos no volvían a levantarse en armas a causa solamente de la necesidad de defenderse de los ataques de las tribus apaches. Dos años después atribuía la lealtad secular de los ópatas al hecho de que éstos indios vivieran permanentemente amenazados por los mismos enemigos.

No obstante, por la descripción queunos catorce años después hizo el misionero Juan Nentvig de la conducta guerrera de los ópatas, podemos suponer que el potencial de violencia generado por dichas costumbres se debía al vínculo de las mismas con la defensa que los distintos grupos indígenas hacían de sus diferencias particulares. Según Nentvig, para los ópatas no había mejor botín de guerra que las cabelleras de los enemigos apaches muertos en combate, porque con ellas llevaban el testimonio más valioso de que habían pisado exitosamente el territorio de dichos enemigos. Así,sostenía el mismo religioso que bastaba que se hicieran de algunos de esos despojos para que en el mismo campo de batalla se pusieran a bailarlos, olvidándose de las hostilidades, por ventajosas que fueran.

Por consiguiente, puede afirmarse que no era la conducta guerrera, por sí sola, la que impulsaba a los ópatas a salir a campaña, sino la expectativa, asociada a esa conducta, de abatir el orgullo de sus contrarios. Este objetivo, que a nosotros puede resultarnos bastante limitado,era sin embargo el que seguramente más inflamaba en los indios sus sentimientos de pertenencia a una etnia o a un grupo local. Por ello, los verdaderos festejos que seguían a la conquista de las cabelleras no eran los que personalmente hacían los guerreros en el campo de batalla sino los que aguardaban a éstos en sus pueblos con el concurso de toda la comunidad.

Por supuesto había otras razones por las que los españoles no podían dejar de depender de la ayuda de los indios para seguir expandiendo su dominio en Sonora. Una de las más importantes fue la de carecer de un cuerpo militar regular capaz de asegurar a la vez la paz interna de la provincia y la defensa de sus fronteras.

Así, puede afirmarse que desde el inicio de la penetración española en Sonora las actividades defensivas de esta provincia eran desempeñadas en forma casi exclusiva por los indios que se iban incorporando al régimen de misiones.

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