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Las niñas explotadas en el despalillo de tabaco en Camajuaní, Cuba

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Foto: Familia Valdés Ríos en Camajuaní, Cuba, 1919.

París, 26 de agosto de 2019.

Querida Ofelia:

En esta foto tomada en Camajuaní en 1919, aparecen mis  abuelos campesinos maternos Aurelia (en estado de mi tío Renato) y Claudio. Este último había matado un cerdo y se disponía a vender su carne entre los vecinos y amigos.

De izquierda a derecha mis tíos: Claudito, Lutgarda (Luga), Eusebia (Biba) y Celia.

Mis abuelos maternos tuvieron 12 hijos, 6 niñas y seis niños.  Las niñas solo fueron a la escuela primaria hasta el segundo grado para aprender a leer y escribir, pues como casi todas las niñas pobres del pueblo, tenían que ir a trabajar como despalilladoras de tabaco en la manufactura de una empresa estadounidense. Esta compañía explotó y se enriqueció con el trabajo infantil durante décadas, gracias a la complicidad de las corrompidas autoridades locales. Preferían darle trabajo a las niñas debido a que éstas tenían los dedos más finos que sus madres y lógicamente… las pagaban mucho menos.

Al regresar a casa del trabajo, las seis niñas aprendían con su mamá doña Aurelia y la abuela materna doña Bruna  a : bordar, tejer, cocer, coser, a ocuparse de los hermanitos menores y a hacer flores de papel crepé, para que fueran en el futuro buenas amas de casa. Mientras que los niños aprendían con su padre el oficio de carniceros.

Al triunfo de la Revolución, la transnacional estadounidense fue nacionalizada y sus propietarios expoliados, pero ninguna de las víctimas de la explotación fue indemnizada.

Mi madre trabajó como despalilladora desde los 6 años (1924) de edad hasta los 41 años (1959), cuando se vio obligada a partir hacia San Cristóbal de La Habana con mi padre, mi hermano y yo, debido a la intransigencia revolucionaria del nuevo régimen que se instalaba.

Cuando estuve recorriendo La India y Ceilán en febrero pasado y vi a tantas niñas trabajando, en lugar de jugar e ir a la escuela, recordé la triste niñez de tantas  campesinitas cubanas, entre ellas la de mi madre y mis tías.

Puedo asegurar que en nuestra querida Patria, no todo era negro o blanco, como pretenden muchos, sino que había muchos matices.

Qué descansen en paz por la eternidad muy cerca de Dios.

Un gran abrazo desde estas tierras lejanas allende los mares,

Félix José Hernández.

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