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Llegas a este resultado de incluirlos a todos en la lista de comemieldas si los cuentas empezando por los países grandes, territorialmente hablando, y acabas por los chicos. Y si haces la cuenta al revés, y cuentas de los países chicos para acabar con los grandes, llegas al mismo resultado: un puñado de funcionarios comemieldas que se sienten muy contentos de haberse conocido, pero ellos no están sentados en tan singulares asientos para preocuparse por otra cosa que no sea su propia carrera personal, y todo lo demás son asuntos que no son de su incumbencia.
Dicen, con frases hechas, que ahora, gracias a ellos, gracias a las Naciones Unidas, no existen guerras mundiales. Porque claro antes, como el transporte era diferente, los hombres se solían matar entre naciones vecinas. Pero ahora, como existen bombarderos de largo alcance, adiestrados con radares que detectan donde viven los pobres y los que se defienden lanzando con las hondas piedras, pueden matar a placer, sin los papeleos de declarar una guerra, que es un asunto, la guerra, que le gusta cantidad a las llamadas potencias, pero lo disimulan por educación. Y además, como ahora se están pintando todos los aviones y demás armas de guerra del mismo color, a ver quien tiene cojones a saber de qué país proceden matando para la paz.
Hubo un feliz tiempo, el de mi admirado León de Trípolis, que codo con codo con su vecino Damián de Tiro, gente mediterránea, un par de libaneses que los tenían muy bien puestos, siguiendo el buen hacer de lucha ante el sistema imperial que ya estaba fastidiando y en cuanto te descuidabas te hacía el imperio su esclavo, bien el oriental Bizantino, o el Occidental entre Italiano, franco, y con la mala leche ibérica, pero muy capaz en cobardía ambos imperios, y con la misma desfachatez que los que se sientan en las Naciones Unidas, que, según cuentan los albañiles, se negaron a que en un principio les hicieran cuartos de baño porque ellos, al ser espíritus angelicales defensores de los buenos del mundo, ni hacían pis ni caca.
Pues bien, mis dos admirados paisanos mediterráneos, adelantados a todos, digan lo que digan los franceses de que fueron ellos los que inventaron y formalizaron la piratería, mantuvieron en jaque a todas las naves imperiales de un imperio o del otro, y el Mediterráneo era suyo, como cuando navegan ahora las unidades de la flotas rusa o estadounidense, que si no te apartas con tu barco mercante, te apartan ellas, salvo claro está, si llevas un petrolero de los grandotes, que entonces son ellos los que se tienen que apartar, amenazando los muy chulos.
La crónica cuenta que mis admirados piratas, Gulam Zurafa, para los amigos León de Trípolis, un cristiano que como no entendió bien lo de la trinidad, y lo del filoque le daba igual, se convirtió al Islam, y fue, junto a su casi paisano Damián, dos grandes suministradores de esclavos y esclavas para los que por aquel entonces mejor pagaban los esclavos procedentes de gentes afincados en uno de los dos grandes imperios, oriental u occidental, y que eran los pueblos árabes, ugrianos, pechenegros, kazaros, ávaros, eslavos y demás.
A mis dos admirados marinos mediterráneos, como les pilló un tiempo donde las fronteras se cruzaban sin papeles porque no había piadosas cuchillas desgarradoras de carne de pobre homologadas en las Naciones Unidas, el negocio les fue muy bien, y tuvieron por muchos años acojonados a los dos imperios, que entonces no eran ni rusos ni estadounidenses.
Junto con el inmenso montón de estiércol que son por los embudos que nos quieren, y nos hacen, pasar los medios de comunicación uno de los grandes cánceres de la sociedad actual, los funcionarios que se sientan en las Naciones Unidas y están todo el día mirándose al espejo diciendo que el mundo es así y que más vale lo malo conocido que los bueno por conocer; que su trabajo está para servirse sirviendo al poderoso, no nos queda más consuelo y esperanza que alguna vez se vuelva a levantar algún León, algún Damián, que les haga frente a los imperiales de ahora. Y que, en sus ratos libres, alguien debería de darles clases de historia de la buena, de la real, a los funcionarios de las Naciones Unidas para que aprendan que el mundo está así porque los encargados de remediarlo, ellos entre otros hombres, les importa tres cuartos de kilo de carajo que los pobres vuelen inmolados por los aires, o que se ahoguen, o que coman yerba, o se mueran de hambre, mientras ellos hacen desfiles para ver quien lleva mejor aspecto y tiene más futuro político por delante.
Aquellos pueblos, aquella gente que llamamos atrasados, y a los que no eran cristianos bárbaros, social y popularmente eran más libres, más pudientes que nosotros, porque podían enfrentarse siendo gente del pueblo contra los imperios, y hasta ganarles batallas navales y de las otras. Ahora, los imperios matan a las gentes, y a los supervivientes les exigen, encima, que los aplaudan. O se rían de todos nosotros con organismo como las Naciones Unidas, plaigaita de comemieldas al servicio de los amos.
Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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