José Gabriel Barrenechea.

Hay quienes muy acertadamente piensan que sistemas políticos totalitarios como el cubano son inmunes a revoluciones desde abajo. Algo en que se confirman todavía más al observar el caso de Venezuela, donde el régimen político es solo a medias totalitario, y sin embargo se aferra al poder en medio de un escenario dantesco, el cual ya habría provocado el colapso de cualquier sistema normal.

En consecuencia los tales apuestan a una intervención militar extranjera como el único modo de eliminar un mal que empobrece material y culturalmente a la Nación, además de despoblarla poco a poco.

El asunto con esta solución expeditiva y expedicionaria está en que los EEUU, el único país que ética y militarmente podría hacerse cargo, ha sido la potencia hegemónica menos dada a intervenciones militares directas de la Historia. Una tendencia que se acentúa todavía más en los periodos de presidentes más dados a levantar muros, que a una política exterior activa que evite la necesidad de erigirlos.

Ese es el caso de Donald Trump. Alguien que sin embargo para muchos cubanos, deslumbrados con sus maneras de guapo de barrio, se ha convertido en su candidato ideal para llevar adelante la tan postergada, una y otra vez, desde 1960, intervención.

Mas la realidad es que Trump es más alarde que trompada.

Fuera de señalar que Donald Trump es con Carter el único presidente americano electo que no haya iniciado una intervención militar en alguna parte, desde 1941 a la fecha, no voy a repetir aquí mi eterna enumeración de los hechos que demuestran fehacientemente la afirmación del párrafo de arriba. En este artículo solo voy a referirme a lo que se puede colegir de su visita este viernes a Miami.

En ella, más allá de la bravuconería sin bozal, pero con distanciamiento, o del intento de hacer creíble la cruzada que ha comenzado contra una supuesta amenaza comunista en los EEUU, la cual sólo puede ser creíble para esos cerebros que incluyen a Noruega, Islandia, Canadá o Suecia en el desaparecido tratado de Varsovia, y a Franklin Delano Roosevelt como uno de los artífices de la Internacional Comunista, en lo dicho por Trump no hay más que un evidente desmarque de los cubanos que esperan un endurecimiento de la política de EEUU hacia Cuba.

Trump fue demasiado enfático en dejar claro que no se restituirá la Ley de pies secos, pies mojados, que privilegiaba al llegar a los EEUU a los cubanos que escapaban del régimen castrista. Ese cuidado solo puede ser entendido si entendemos que Trump no quiere que sus palabras pudieran ser malinterpretadas en Cuba, e incluso deformadas por los cubanos del Exilio o la Oposición interesados en promover un nuevo éxodo migratorio. El más rápido modo de provocar una intervención, y quizás el único modo de hacer que los cubanos se tiren para la calle, en el intento de alcanzar las costas.

Aparte de saber que algo así iría en contra de su principal caballo de batalla electoral, hereda la promesa de Clinton de no permitir de nuevo algo parecido a lo que sucedió en agosto de 1994. Trump sabe que en un escenario semejante ocurriría una de dos: o los emigrados superan la capacidad del régimen para contenerlos y llegan por miles a las costas de la Florida, lo cual lo obligaría a intervenir militarmente en Cuba; o el régimen provoca un baño de sangre, que igualmente lo obligaría a intervenir bajo presión de su opinión pública, pero por sobre todo por no serle tolerable un estado de inestabilidad en un país casi a la vista desde las costas del suyo.

Pero Trump, de manera evidente, no quiere intervenir ni aquí, ni en Venezuela, ni en ninguna parte… quizás influido subconscientemente por los movimientos antibelicistas, de izquierdas, de su juventud.

O sea, con su cuidado en recalcar que no habrá de nuevo pies secos, pies mojados, Trump demuestra que prefiere que Cuba y los cubanos permanezcamos en el status quo actual. De lo que ya había dado claras muestras con sus medidas a medias (la Embajada aún está en La Habana, por ejemplo), pero eso sí, muy adornadas de gestos de guapetón de solar, que tanto engañan a los cubanos seguidores de ese otro esperpento de Feria que se hace llamar Otaola…

No ver esta realidad tras la visita de este politiquero a Miami es simplemente una reafirmación de que no hay peor ciego que el que no quiere ver: Trump se aprovecha de la influencia política e ideológica del sector de derechas de la Oposición y el Exilio cubanos, pero aparte de donaciones en dinero que no superan a la de ningún gobierno anterior, no da nada concreto a cambio, y de hecho demuestra a las claras que su principal interés en cuanto a Cuba es el que las cosas sigan en esencia como hasta ahora… para que no haya que intervenir.

Si ese sector de derechas fuera inteligente se apartaría de ese Payaso, en cuyo apoyo compromete parte de su influencia política e ideológica dentro de los propios EEUU. Remaría lo más lejos de él, para cuando se hunda en noviembre no los deje en medio de los remolinos de una parte del océano político americano del que ya incluso muchos republicanos toman distancia.

1 COMENTARIO

  1. Sus últimas publicaciones combatiendo a Trump y a Otaola, ¿A quién benefician? Lo hace Ud. conscientemente o por ignorancia. Me confunde Ud. que en otros artículos ha estado más ajustado a nuestra realidad. Si continúa con esta línea, dejaré de lleer sus escritos y le bloquearé de mis amigos de Facebook.
    Ud. ataca a quienes, de una forma o de otra, combaten a la tiranía estalinista cubana.
    Andrés Dovale Borjas

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