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Las colaciones quiteñas, una tradición popular de origen hispánico

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En estos días un gran y buen amigo me decía que soy experto, además de mis temas de investigación mayores, en las insignificancias de la historia.

Caminando por el centro de Quito, otro de estos días, pasaba por el Arco de la Reina cuando me dieron ganas de un dulce, de las colaciones de almendra típicas que venden cruzando el Arco en la García Moreno y Rocafuerte, esquina. Entonces me puse a pensar en las insignificancias de la historia.

La colación es un pequeño dulce redondo con relleno de maní o almendra, en cuya elaboración se utiliza azúcar, agua, limón y esencias. Considerado un clásico un dulce de Quito, apetecido por cholos y blancos, ricos y pobres, poderosos y débiles (no hay presidente de la república que no los haya consumido como delicia típica del centro histórico de la capital ecuatoriana); algunos aseguran que es propio de nuestra ciudad, sin embargo, traza sus orígenes y difusión en nuestro continente hasta la Corte de Madrid, específicamente hasta las fiestas del Real y Supremo Consejo de Indias, donde la élite cortesana imperial hispánica dirigía parte de los destinos de las Indias Occidentales o América.

Las colaciones se popularizaron como confite aristocrático entre finales del siglo XVI e incios del XVII en la Corte de Madrid, donde se servían especialmente en los días de cañas (especie de justas que se conservaron hasta el siglo XVIII) y toros.

Eran los porteros de los Consejos, del de Indias, Castilla, Aragón, Portugal, Italia, Flandes y de las Órdenes, quienes se encargaban de los detalles de las fiestas cortesanas en ese entonces.

Las colaciones tenían especial significancia en las fiestas que ofrecía el Consejo de Indias, eran encargadas especialmente por aquel. Su Portero preparaba la fiesta, acudiendo al confitero, al «botiller» (el experto en bebidas) y al arrendador de vajilla. En los días de fiestas no se excusaban gastos en el estrado y los balcones, porque hacía mucho calor y la fiesta duraba muchas horas. El Rey y su séquito admiraban la destreza el arte caballista de los caballeros en la plaza desde los balcones de la Panadería Municipal -en el lado norte de la Plaza Mayor de Madrid-, retirándose cada tanto a los salones del interior, espléndidamente decorados, para tomar una merienda. En los balcones, por su parte, se comían enormes cantidades de confituras, colaciones en especial, y se bebían refrescos de aloja, fruta o vino. Las colaciones, dulces de Génova (estos especialmente reservados para el Rey y su séquito, así como para el Presidente del Consejo de Indias y el suyo), y otros, se enviaban desde antes, bien arregladas en cajas y canastillas, a los domicilios de los señores del Consejo y sus damas, sin dejar las mesas del festejo en abundancia de colaciones, azúcar rosado, huevos alcorzados, bizcochos y mazapán, tabletas bañadas, bolillos y almendras garrapiñadas.

El Consejo tenía confitero oficial y designado, pagando miles de reales por cada fiesta en cientos de kilogramos de dulces. Las colaciones de San Juan y de Santa Ana eran las más famosas, y estaban destinadas a los señores del Consejo; para sus pajes y servidumbre se servían «confitura ordinaria», vaya a saber uno cuál era esa. Entre las bebidas que se consumían estaban las siguientes: sorbete, agua de canela, agua de guindas, limonada de loja, agua de limón, limonada de vino y vino «generoso».


Debió mediar algún cortesano de por medio para la llegada de las colaciones a Quito en algún punto del siglo XVII, desde cuando se convirtieron prácticamente en propias de la ciudad. Esas insignificancias de la historia que a nadie importa. Esas insignificancias de la historia que hacen la vida y la seña de cada día.

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