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LA HABANA, Cuba.- Resulta burlesco y vergonzante dar a conocer a los pacientes ese hipotético precio de los servicios que las instituciones de salud no les cobran, como si aquellos pudiesen elegir libremente entre varios tipos de servicios y, sin embargo, escogieran el estatal para ahorrarse una notable cantidad de dinero que, de ese modo, podrían dedicar a necesidades menos apremiantes.
Pero a veces uno puede curarse sin acudir al médico. Por ello, viene a ser quizás peor la falacia de la educación supuestamente gratuita, porque las personas trabajan por un salario con el que les resulta imposible pagar algo más que una alimentación precaria. Si de pronto al Estado se le ocurriera cobrar la enseñanza, tendría que cerrar la inmensa mayoría de las escuelas.
La educación primaria es obligatoria y los padres no pueden enseñarles a sus hijos en la casa. O sea, no pueden evitar que en las escuelas —desde el mismo nivel preescolar, cuando todavía los niños no saben siquiera qué es un país, qué es el dinero o en qué consiste la muerte— los maestros les embutan en la cabeza a los alumnos que Cuba es el único país donde hay educación gratuita, donde los pequeños no se mueren de hambre y no son asesinados en la calle o en la propia escuela.
Y no deja de asombrar que, en la mayor parte de los casos, los maestros inculquen esas mentiras a sus estudiantes convencidos de que son verdades absolutas, pues ellos mismos son fruto de ese sistema educativo que no pretende en primer lugar que el alumno aprenda bien las materias elementales, como las matemáticas y el español, sino que sea un obediente servidor de un poder infalible, incuestionable e invisible.
De hecho, es normal que, por ejemplo, en una reunión de padres, la maestra de segundo grado, al intentar explicar la materia que comenzará a impartirles a sus alumnos en los próximos días, revele que no sabe la diferencia geométrica entre un cubo y un cono, y se justifique diciendo que, como todavía no tiene que impartir eso, aún no se lo ha aprendido.
Por supuesto que hay países donde también la instrucción pública deja mucho que desear, entre otras razones por la falta de preparación de los maestros. No obstante, la labor de los padres o de los maestros particulares puede corregir esos defectos. Lo que en realidad resulta más difícil de corregir, empero, es la catequesis continua, el dogmatismo de esa religión en la que Fidel Castro es el único Dios y José Martí no pasa de ser su profeta en un montón informe donde se apretujan José Antonio Echevarría, Antonio Maceo, Camilo Cienfuegos y otros.
Ante la profunda crisis de valores, se pretende que la familia comparta con la escuela el papel formativo de los educandos, cuando es obvio que lo que más comparten familia y escuela es precisamente esa gravísima falta de civismo. Y los padres no pueden enseñar al niño en el hogar nada que contradiga los dogmas de la iglesia castrista. Un niño “hereje” tendría enormes problemas en la escuela y se sentiría diferente y apartado de modo incomprensible de sus semejantes. Prohibirle ser pionero y usar la pañoleta es convertirlo en un apestado.
A partir de ese punto ya nada debe asombrarnos. Las fiestas gubernamentales en el colegio, la merienda escolar, la parte “fuerte” del almuerzo, los ventiladores para el aula calurosa, el papel sanitario y mil detalles más, deben ser costeados por los padres. En fin, termina siendo normal que una maestra exhorte a los padres para que hagan una “ponina” y ella pueda comprarse un humilde teléfono celular.
Tampoco es fantástico que otra maestra solicite a los niños que compartan con ella su merienda. De hecho, podemos ver que una madre, para que su hijo pueda merendar tranquilamente, incluye con la merienda de él otra igual para la maestra. Esta educadora, por otra parte, usa con los pequeños un lenguaje que no puede definirse sino como “arrabalero” y sus amenazas, aunque en apariencia incomprensibles, son perfectamente entendidas por los niños: “Tú vas a ver lo que es bailar con Pupy y los Van Van”.
Claro, los pequeños van creciendo y luego no se toman tan en serio los ritos y axiomas del culto que les han embutido desde que aprendieron a hablar. En los primeros grados repiten, sin entender qué significa, eso de “pioneros por el comunismo, seremos como el Che”. Pero luego, hacia el final de la primaria, empiezan a descifrar la consigna medieval de una manera más práctica.
Y entonces el mantra puede significar, tal vez, una promesa de ventaja, pues no estaría nada mal “ser como el Che”, o sea, argentinos.
Autor: Ernesto Santana Zaldívar
Publicado originalmente en Cubanet

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