-Por Antonio Moreno Ruiz

Que uno esté radicalmente en contra de la totalitaria, sectaria y embustera «ley de la memoria histórica» no es sinónimo que se idolatre el franquismo. Esa idolatría por el franquismo que profesan algunos me recuerda, de hecho, a la idolatría enfermiza por Bolívar en Venezuela y por San Martín en Argentina: Superhéroes que nunca tuvieron la culpa de nada. El relato nacionalista al fin y al cabo siempre coincide. Como el PNV de Sabino Arana, que no sabe ya cómo va a disimular el discurso verdadero de su idolatrado tontiloco (válganos la palabra de Unamuno; otro idolatrado por algunos que también metió la pata hasta el corvejón en muchos casos).


Y es que no. La historia tiene muchos grises y pocos blancos y negros; por eso, regularla por ley siempre es un camelo. Porque hay que contarlo todo. A saber: No se puede estar diciendo que el franquismo construyó miles de viviendas (lo cual es cierto) sin recordar que, por otra parte, continuó la misma «política de piqueta» que el liberalismo decimonónico, acabando por derribar cantidad de monumentos históricos para construir bloques de pisos horrorosos; reubicando y desarraigando a muchas familias. En Sevilla, el derribo de palacios y de casas de vecinos que embellecían aún más la ciudad fue una constante. Y sí que había otras alternativas, y no era «progreso» (como no fue progreso lo que hicieron los revolucionarios de 1868, arrasando las murallas por ser «símbolos de oscurantismo», tócate los cojones) hacer lo que se hizo en muchos casos.


Eso por no hablar de lo selectiva que fue la censura, que se cebó contra Rafael García Serrano, grandísimo exponente de la literatura española del siglo XX (y falangista para más señas), mientras que otros hicieron lo que les dio la real gana.


Lo dicho: Hay que contarlo todo. Porque para caer en sectarismos y ridículos siempre hay tiempo.

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