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La apuesta de los pejes gordos, o de la naturaleza eterna del alacrán

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José Gabriel Barrenechea.

El régimen le apuesta a conseguir eliminar la epidemia de la Isla en los próximos dos o tres meses. Es ese su único plan y no tiene otro de contingencia.

Calculan los pejes gordos que si lo consiguieran podrían minimizar ante las masas cubanas los efectos de la crisis en la que con rapidez nos adentramos. De ese modo se aprovecharían del benéfico efecto psicológico que sobre esas masas tendría el rebajar a un mínimo las medidas de distanciamiento social, en una cultura en que las personas necesitan mucha, pero mucha cercanía, a la vez que les permitiría insistir en su habitual método de hacer olvidar los problemas nacionales al concentrarse por entero en la crítica de la sociedad americana.

El cálculo es que, unos cubanos que de pronto pudieran volver a amontonarse en fiestas o playas, sin duda no se dejarán atormentar tanto por la crisis, como sin dudas ocurrirá si persiste la prohibición de hacer lo que tradicionalmente hemos hecho para olvidar nuestros problemas cotidianos. Que unos cubanos que pudieran sentirse privilegiados de tener a uno de los pocos Estados que ha conseguido controlar a la pandemia, también serán menos proclives a exigir de ese Estado medidas más efectivas ante una crisis que muy bien podrá entonces ser presentada como asunto global, y consecuencia del capitalismo.

En fin, que vencer a la epidemia contribuiría a que los cubanos sientan menos los efectos de una crisis que sólo está ahora en sus inicios, y permitiría sembrar en sus hambreadas y poco higienizadas cabezas (no habrá shampoo en Cuba en muchos meses) la idea de su situación privilegiada a nivel global, y por tanto lo peligroso de ponerse revoltosos ante la crisis, al menos durante el tiempo que la pandemia recorra el mundo más allá de nuestras cerradas y bien guardadas fronteras.

El régimen, claro, planea controlar y hacer desaparecer la epidemia al hacer lo que mejor sabe hacer… o quizás sea mejor decir lo único que sabe hacer bien: vigilar y reprimir profilácticamente. Parece estarlo logrando, de hecho, al convertir todavía más al país en esa gran prisión panóptica con que los pejes gordos han soñado de siempre regentar, cual Alcaides en Jefe.

Porque no es el interferón o el dispositivo médico lo que ha sido importante en el incuestionable logro del régimen cubano de aplanar la curva de la infección (el interferón, el prevengoVir y toda la retahíla de medicamentos cubanos milagrosos no han conseguido, sin embargo, poner a Cuba entre las 10 mejores naciones a nivel global en cuanto el índice de mortalidad de la enfermedad), sino la medida de aislar a todos los enfermos y sus contactos probables, la cuarentena obligatoria para todos que han arribado al país, y el uso obligatorio de mascarillas nasobucales en la vía publica, so pena de años de reclusión o multas equivalentes a medio año de salario promedio.

O sea, los verdaderos héroes en Cuba no han sido unos médicos que no han demostrado ser más eficientes que en otros lugares, incluso ahora que la epidemia se encuentra en una fase muy temprana, sino los investigadores epidemiológicos, educados en una mentalidad muy cercana a la de cualquier chato miembro del MININT, o los policías, policías militares y aduaneros, que por decenas de miles el régimen ha desplegado en las calles.

Este plan carcelario, tan afín a sus mentalidades exentas de imaginación, es sin duda el único plan de los pejes gordos, ya que es el único concebible desde su basto continuismo, nostálgico de los niveles de control social de principios de los ochenta, cuando Fidel Castro llegó a sugerir en un Congreso de la UJC la conveniencia de que los médicos se casarán entre ellos, quizás para usarlos como pies de cría.

No hay planes alternativos o paralelos de liberar las fuerzas productivas del país, de eliminar el Bloqueo Interno, porque ello significaría que, como estamento privilegiado en la formación asiática 3.0 cubana, se suicidaran; y ya sabemos muy bien de la experiencia histórica que los estamentos privilegiados no se suicidan.

No pueden liberar nada en Cuba porque sus amados privilegios materiales, pero sobre todo de estatus, como grandes machos alfas de la manada nacional, nacen precisamente de un Estado centralista, piramidal y totalitario para el que toda muestra de independencia de criterio, o intento de vivir a la manera que mejor nos parezca, es necesariamente percibido cual un desafío intolerable.

Este plan único demuestra un exceso de confianza en sí misma de la élite canelista, tanto en sus capacidades para vigilar y controlar, como para manipular los imaginarios de las masas al presente. Por no decir que también demuestran un exceso de credibilidad ante los reclamos chinos de haber logrado controlar la enfermedad. Lo cierto es que las capacidades del régimen son muchas veces inferiores a las que tenía cuando enfrentó la crisis de los noventa, y que lo que se sabe de la epidemia, por ejemplo, de la proporción de quienes cursan toda la enfermedad asintomáticos, es tan poco que no cabe apostar solo a que se logrará controlar la Epidemia en par de meses, antes de que la crisis en realidad llegue a estallar en toda su potencia (para entonces no habrá colas… simplemente porque ya no habrá nada que comprar).

¿Conseguirá el régimen controlar la Epidemia antes de julio?

En lo personal lo dudo, como mismo ya hace mucho sospecho que en amplias zonas del país la enfermedad circula sin control en los cuerpos de numerosos asintomáticos. En una sociedad que cada nuevo día que pasa en una situación extraordinaria, y cuyo terminó probable sólo puede ser el regreso a las condiciones de 1993, la vuelve más y más incontrolable.

Pero no se puede pedir más de los pejes gordos. Como el alacrán de la fábula, que mata al sapo que se presta a salvarlo del torrente, y así también se mata a sí mismo, es su naturaleza la que los condena. A ellos, y a nosotros, a quienes hace mucho nos están arrastrando a uno de esos finales apocalípticos que tanto amaba Fidel Castro.

Al crepúsculo de la Nación Cubana. Fue un buen intento llevado adelante por gentes muy poco racionales, dirán en un siglo los historiadores que se acuerden de su intento de existir…

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