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Giorgio Agamben: "No me preocupa tanto el presente, como lo que se nos viene encima"

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Giorgio Agamben: “La epidemia muestra claramente que el Estado de excepción se ha normalizado”

Intelectual referente del movimiento “Los ingobernables”, el filósofo italiano critica la imposición de medidas de seguridad sin paragón, creyendo que es necesario paralizar a la vida para poder protegerla mejor.

Filósofo italiano reconocido internacionalmente, Giorgio Agamben elaboró en concreto la noción de «Estado de excepción” como paradigma gubernamental en su obra de filosofía política Homo Sacer, (Seuil1997-2005). En la cuerda de Michel Foucault, Walter Benjamín y Hannah Arendt, el filósofo condujo una serie de investigaciones genealógicas sobre las nociones de “dispositivo” y de “mando”, elaborando en su trabajo los conceptos de “ociosidad”, “forma de vida”, o de “poder degradante”. Intelectual referente del movimiento de los ingobernables Giorgio Agamben publicó una tribuna en el periódico Il Manifesto (Corona virus y estado de Excepción) que generó críticas, ya que, apoyado en los datos publicados por las autoridades sanitarias, defendió las libertades públicas al mismo tiempo que minimizaba la gravedad de la epidemia. En una entrevista concedida al periódico Le Monde, el autor analiza las consecuencias éticas y políticas extremadamente graves que se desprenden de las medidas de seguridad tomadas para controlar la pandemia.

“Parece que como el terrorismo se ha agotado como justificación para tomar medidas de excepción, la invención de una epidemia ofrecería el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites”, escribió. ¿Cómo puede sostener que se trata de una invención? El terrorismo, lo mismo que una epidemia, siendo reales ¿no pueden inducir a políticas de seguridad que puedan ser juzgadas como inaceptables?

No debe olvidarse que cuando se habla de invención en el dominio político, no debemos interpretarlo solo desde el punto de vista subjetivo. Los historiadores saben que existen conspiraciones que podemos calificar de objetivas, y que funcionan perfectamente sin que parezcan dirigidas por alguien en concreto. Como Michel Foucault lo demostró antes que yo, los gobiernos que se apoyan en medidas de seguridad para gobernar no necesitan provocar la situación excepcional, basta que la exploten y la dirijan cuando esta se produce para sacarle provecho. No creo ser el único que ha pensado que para un gobierno totalitario como el de China, esta epidemia ha sido el medio ideal para probar la posibilidad de aislar y controlar toda una región. Que los europeos se refieran a China como un modelo a seguir en este caso, muestra el grado de irresponsabilidad política a que el miedo nos ha llevado. Habría que preguntarse al menos por qué el gobierno chino ha declarado terminado el episodio epidémico cuando le ha convenido.

¿Por qué no se justifica el Estado de excepción cuando el confinamiento es desde el punto de vista científico una de las medidas capaces de controlar la propagación del virus?

En la actual confusión babélica en la que se encuentra el vocabulario corriente, cada uno rema por su lado sin escuchar a los demás. Para el virólogo el enemigo es el virus, para los médicos la cura, para el gobierno el objetivo es el de mantener el control, por eso no es extraño que yo haga lo mismo cuando digo que el precio para conseguir (el control del virus) no debe costar tan caro. En Europa se han padecido otras epidemias mucho más severas, sin que a nadie se le ocurriera decretar un estado de excepción, como el que se nos ha impuesto en Italia y en Francia, que nos impide vivir prácticamente. Si consideramos que por el momento, la enfermedad no concierne en Italia que, a una persona entre mil, vale la pena preguntarse hasta dónde llegaríamos si la epidemia llegara a agravarse de verdad. El miedo es un mal consejero. No me parce que convertir un país en un país de apestados, donde cada uno considere al otro como a un contagioso sea la solución más adecuada. La falsa lógica es siempre es la misma: cuando hubo que enfrentar el terrorismo, afirmaron que había que suprimir la libertad para defenderla, ahora nos dicen que hay que paralizar la vida para poder protegerla.

¿Estaremos asistiendo a la instauración de un Estado de excepción permanente?

Lo que esta epidemia nos muestra claramente es que el estado de excepción al que los gobiernos nos han habituado se ha normalizado. Tanto nos hemos acostumbrado a vivir en un estado de crisis permanente que hemos sido reducidos a nuestra mera condición biológica, perdiendo en el camino no sólo la dimensión política, sino también humana. Una sociedad que vive en estado de urgencia permanente no puede ser libre. Nuestra sociedad ha sacrificado su libertad por “razones de seguridad”, condenándose así misma a vivir todo el tiempo entre el miedo y la inseguridad.

¿Por qué cree usted que el problema no es tanto la gravedad de la enfermedad sino el derrumbe de la ética y de la política que esta ocasiona?

El miedo hace que aparezcan muchas cosas que fingíamos no ver. La primera es que nuestras sociedades no creen más que en la vida, a secas. Me parece evidente que los italianos sienten tanto miedo de contaminarse que están dispuestos a sacrificar prácticamente todo, empezando por sus condiciones normales de vida, las relaciones sociales, el trabajo, los amigos, los afectos, pasando por las convicciones políticas y religiosas. Vivir como tal, sin más, no une a los seres humanos, mas bien los enceguece y los separa. Los otros, tal y como los describe Manzoni en Los novios, no son mas que vectores del contagio que deben ser mantenidos a un metro de distancia y encarcelados si se atreven a ir más allá. Incluso los muertos -colmo de la barbarie- no tienen derecho a ser enterrados, sin que sepamos realmente lo que hacen con sus cadáveres.

El prójimo ya no existe. Resulta aterrador que las dos religiones que parecían regir Occidente, el cristianismo y el capitalismo, la de Cristo y la del dinero, anden tan calladas últimamente. ¿Qué va a ocurrir con las relaciones humanas en un país acostumbrado a vivir así? ¿Cómo podemos calificar a una sociedad que ya no cree más que en la supervivencia? Entristece asistir al espectáculo de toda una sociedad que, para enfrentar una incierta amenaza, sacrifica en bloque todos sus valores éticos y políticos. Cuando todo esto haya pasado sé que personalmente no podré volver a la normalidad.

¿Cómo cree que será el mundo de después?

No me preocupa tanto el presente como lo que se nos viene encima. Lo mismo que las guerras nos dejan como herencia en tiempos de paz toda su tecnología nefasta, es probable que una vez terminado el estado de urgencia sanitaria los gobiernos prosigan con las experimentos que no habían conseguido realizar hasta ahora: cerrar las universidades y que las clases se hagan a distancia, que la gente deje de reunirse para hablar de política o de cultura y que comuniquen solamente a través de mensajes de texto para que, allí donde sea posible, se remplace todo contacto, todo contagio, entre los seres humanos.

Fuente: Le Monde

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