Teniendo en cuenta la dificultad que existe actualmente en España para constituir un Gobierno estable, al menos mientras sean los partidos separatistas los que pueden determinar de que lado se torcerá la balanza, al margen de que el Rey decida o no disolver la Asamblea y convocar nuevas elecciones, en este escrito me parece importante señalar algunos aspectos de la génesis del nacionalismo regional español cuya comprensión se le hace difícil a los sociólogos actuales, y ello se debe, en gran parte, al hecho de que el nacionalismo extremo que vivimos hoy en día, sobre todo en Cataluña, no ha nacido precisamente como una aspiración de identidad, sino más bien como el rechazo a la identidad común, es decir, todo lo contrario.

Algo parecido a lo que pasa en España se puede observar en Hispanoamérica, pues cuando dejas caer la idea de que aquella parte del mundo es una sola Nación dividida en 20 Estados, la idea no gusta y no llega a cuajar, ya que la parte que une a todos los pueblos de Hispanoamérica es la herencia hispánica, por lo tanto, fomentar la unión es reconocer ese pasado comun hispánico, lo que los movimientos indigenistas, manipulados desde el exterior, quieren enterrar como algo no propio, y por esa razón atacan a todo lo que lo identifica: cultura hispánica, mestizaje, lengua española y religión católica.

En lo que se refiere a España, el nacimiento de ese separatismo nacionalista y popular que rechaza la identidad común de todos los españoles tiene su origen principal en una traumática frustración nacional, generada durante el S. XIX por la pérdida de los territorios de la Nueva España, que se independizaron aprovechando la debilidad económica y militar que se produjo en España por la invasión de Napoleón, a lo que se añadiría la guerra con los EEUU, que obligó a los españoles a ceder Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Ese nacionalismo, nacido de la frustración y de la vergüenza o deshonor, mostrará su aspecto más violento durante el S. XX, con las declaraciones de independencia acaecidas durante la Segunda República, entre 1934 y 1936, con la Guerra Civil y, posteriormente con el conflicto generado por ETA, que duró hasta principios del S XXI y que aún no ha desaparecido.

¿Cómo podríamos explicar que tantas tensiones hayan acabado por transformarse en un continuo derramamiento de sangre y en una incubadora de odio como el que constatamos actualmente en Cataluña y País Vasco?

Solo una frustración socio-nacional equivalente a la que nos inunda el corazón cuando hemos perdido a un ser querido, puede explicar la extrema violencia, convulsiva e irracional, que los nacionalistas radicales aplican a aquellos que consideran responsables de su frustración. Por eso es tan importante preguntarse a quién hacen responsables de su frustración los nacionalistas-separatistas españoles.

Cuando España perdió la totalidad de los territorios americanos, el orgullo nacional quedó tan profundamente afectado, que nuestro país parecía un barco a la deriva. En un breve lapso de tiempo pasamos de ser los más poderosos y temibles del mundo a ser desposeídos de todo: territorio, dinero y honra. Hasta el más débil de nuestros antiguos enemigos nos había perdido el respeto. La fuerza destructora de este sentimiento de impotencia y de vergüenza nos fue transmitida por casi todos los autores de la generación del 98, anclando en el subconsciente colectivo español la Leyenda Negra.

El peso de la humillación se había vuelto tan insoportable que era necesario deshacerse de él y a cualquier precio, para poder caminar con la cabeza alta, pero ¿cómo hacer?

En ese momento crucial para la historia de España, y sobre todo, de la España imperial, el reino de Castilla aún se identificaba con España y España con Castilla. Y precisamente esta identificación que seguía estando muy presente en el espíritu de los intelectuales españoles de las regiones periféricas, les hizo comprender que la única manera de deshacerse de la vergüenza y de la humillación de sentirse los perdedores, era deshacerse de la piel de castellano/españoles, es decir, rechazar esa parte de su identidad y reivindicar una identidad mítica, regional no-castellana y por lo tanto, lo más alejada posible de lo español, esencia que empezaron a describir como opuesta a la propia y a menudo denigrada, con el fin de hacer desaparecer de sus conciencias la responsabilidad de la derrota española y salvar así, el honor perdido. Aquí se pueden encontrar algunos de los elementos que orientan el rechazo de lo hispano entre los indigenistas americanos.

Este paso de lo español a lo anti español es un proceso que se desarrolla paralelamente a los movimientos literarios románticos entre el fin del S. XIX y la primera mitad del S. XX, movimientos que han tenido figuras de gran genio, no exentas de imaginación y una gran creatividad, capaces de crear y de exaltar valores, hasta la fecha desconocidos, de las regiones de cultura no castellana. Estos movimientos folclórico culturales fueron acompañados de innumerables trabajos de investigación antropológica tendente a demostrar “científicamente” las enormes diferencias existentes entre las etnias de culturas periféricas y las etnias castellano-españolas, con el fin de asentar los nuevos movimientos nacionalistas/indigenistas, a veces culturales, otras raciales, en un halo de racionalidad científica que les permitiría generar el mito de naciones sojuzgadas por el yugo de Castilla (léase de España), lo que – a largo plazo – traería, inevitablemente, la reivindicación del derecho a la autodeterminación.

El injerto del nacionalismo en el subconsciente colectivo se fue generando como consecuencia de este proceso. Así, las oposiciones Euskadi-España, Cataluña-España o Galicia-España, empezaron a consolidarse y a generar una vida propia con un carácter marcadamente político, donde, poco a poco, Castilla/España, la humillada perdedora, se convierte en el enemigo natural de las regiones periféricas, pues, como su estatuto de perdedora deja entender, es incapaz de generar valor por si-misma, convirtiéndose en un depredador de las extraordinarias riquezas de las regiones históricas. En América, este aspecto se nota en el rechazo irracional a los términos España o Hispanidad, para definir su cultura, siendo suplantados por latinos – Latinoamericanos.

La creación de esta realidad mítica, inconscientemente admitida por los ciudadanos y por un gran número de intelectuales, consolida una ideología de diferenciación compensatoria donde el español periférico, no castellano, que rechaza su hispanidad, está obligado a atacar, a excluir, a denigrar y a negar al otro: el denominado español/castellano, que representa hoy el Poder Central, origen de todos sus males. La leyenda negra internacional encuentra aquí la llave para introducirse en el inconsciente colectivo español, debido, como hemos dicho, a esta imperiosa necesidad de superar el agravio de una derrota, que todos los españoles consideraron injusta y, sobre todo, vergonzosa.

Estos sentimientos, no explicitados, pero ya inscritos en el ADN político-social español, surgirán con fuerza en ciertos momentos de la historia de España, así por ejemplo, durante la segunda República, hubo una fuerte recrudescencia de la violencia política y nacionalista, la oposición España/Periferia, llegó al paroxismo, desencadenándose – con la ayuda evidente de múltiples factores exógenos – la cruenta guerra civil española y un gran paréntesis que solo se cerrará con la desaparición del General Franco, el 20 de noviembre de 1975 y con la aprobación consensuada de la nueva Constitución, el 5 de diciembre de 1978.

Fue, precisamente, la Constitución de 1978, la que en su liberalidad y en su ausencia de memoria histórica, reactivó el ADN nacionalista, al crear las regiones autónomas y autorizar la transferencia de importantes competencias, como por ejemplo la Educación, a las regiones.

Hoy en día, 40 años después, existen varias generaciones formateadas por una enseñanza de oposición: España-Periferia y que han integrado los nuevos mitos fundadores como realidades indiscutibles que justifican las demandas, inimaginables hace tan solo 20 años, de autodeterminación y de plurinacionalidad, en una España que aun siéndolo no se siente solidaria.

Como decíamos antes, consciente o inconscientemente, el camino para el cambio, tal y como lo imagina un partido como PODEMOS, ha sido preparado con antelación, pero el resultado final depende, como siempre, de las estrategias y la capacidad de anticipación a las mismas por las fuerzas políticas que, en estos momentos, empiezan a ver más claramente quienes son sus enemigos, su determinación y las armas de que disponen. 

Las exigencias catalanas de independencia han dejado al descubierto toda una trama que busca cambiar el modelo de Estado, reformando la Constitución, destituyendo la Monarquía e instaurando una, la tercera República, que en esta ocasión se pretende que sea federal y plurinacional, es decir, compuesta por Estados asociados, pero no solidarios.

España, dejaría de ser una nación para convertirse en un territorio estatal compartido y nuestro pasado, así como nuestro patrimonio, dejarían de pertenecemos. Solo es de esperar, si esto se lleva a cabo, que el notario encargado de repartir esta herencia no sea nuestro viejo y buen amigo Alemania, y menos aún Gran Bretaña, porque en caso contrario acabaríamos debiéndoles nuestras vidas, como le ha pasado a los griegos y a los hispanos.

Es evidente que esta situación ya no puede ser mantenida oculta por más tiempo. Debemos encontrar una solución de fondo y desarrollar una estrategia a corto, medio y largo plazo que pueda corregir las distorsiones históricas y sus nefastas consecuencias sobre el comportamiento social de nuestras poblaciones, solo así podríamos generar una comunicación serena y no distorsionada por las fuerzas políticas separatistas. De hecho, desde un punto de vista interno, España necesita construir una cultura de tolerancia – lo que no quiere decir de debilidad – gracias a una política educativa unificadora que, reconociendo las diferencias, trabaje sobre las convergencias y complementariedades  con el fin de devolver a España un espíritu creativo, de cooperación y solidario, así como una identidad común en la que todos podamos vernos reflejados con orgullo.

Para conseguir esto, tiene que ser el Estado, y no las regiones, el que dirija y controle la política educativa en todo el territorio, favoreciendo la movilidad, con una buena política de becas estilo Erasmus, pero dentro del territorio nacional, con movilidad interregional, y ésta basandose prioritariamente en el mérito. Asimismo, debe establecerse una política clara de defensa y de promoción de la lengua española, que no solo vertebra la identidad nacional sino que además, con 570 millones de personas que la hablan, es hoy una de las más importantes joyas de nuestro patrimonio y, por último, facilitando el intercambio de experiencias y la transversalidad de competencias profesionales entre territorios.

Lo dicho anteriormente, exige – para ser realista – armonizar las competencias enseñadas y la creación de certificaciones nacionales reconocidas en todo el territorio nacional y si ello fuese posible, en todos los territorios de la Hispanidad. Solo de esta manera se podrán eliminar las diferencias en el acceso a la cultura, a la formación y al trabajo, de todos los españoles e hispanos. Al mismo tiempo que se trabaja sobre la educación, es necesario recuperar una buena imagen de España y el honor perdido de los españoles en un espejo no deformado de nuestra historia, sobre todo y de manera muy especial, la que parte de la pérdida de los territorios americanos y que nos ha ocultado la excelencia de los 300 años precedentes durante los cuales España creó una nueva cultura de impacto mundial. Por lo tanto, para luchar contra la leyenda negra, debemos mejorar el conocimiento de nuestra historia, abordándola desde múltiples disciplinas, y debemos sentirnos orgullosos de ella. Solo de esta manera conseguiremos abrir las puertas a la razón y rencontrar la solidaridad latente en todos los españoles.

Para completar estas ideas de fondo, realicé una encuesta a mí alrededor, con el fin de saber que otras cosas se deberían emprender en España, y entre las sugerencias recibidas, he registrado que: 

  • Se necesita comunicar más y mejor tanto en el interior como en el exterior del país. 
  • Además, las comunicaciones, al margen de los objetivos concretos de las mismas, debieran ayudar a difundir el conocimiento de las grandes gestas, de las invenciones científicas, técnicas y sociológicas, y de los personajes que han hecho de España un país de referencia y de peso en la historia universal. 

Estos temas son complejos y deben ser abordados de manera pluridisciplinar. Por ejemplo, en lo que concierne al nacionalismo y a la presencia cada vez más importante del islam, ciertos intelectuales actuales, como Karen Amstrong, consideran que los nacionalismos, así como los movimientos djihadistas, están substituyendo la fe religiosa en nuestras sociedades burguesas y secularizadas, y lo explica diciendo que quizás sea porque el djihadismo introduce una cierta épica en la lucha contra lo que ellos denominan “el opresor”, épica que el cristianismo no puede ofrecer actualmente sin regresar a los inicios de su historia y a la cultura del «Libro», sin intermediarios jerárquicos, como ya hacen actualmente las sectas evangelistas. 

Sin embargo, el nacionalismo separatista español, tal y como lo he presentado, obedece a una frustración que fue sublimada por la exclusión y rechazo del culpable, asociado a la creación de mitos fundadores, excluyentes de la iglesia católica. Por supuesto, esto quiere decir que dichos mitos han generado su propia épica, pero que ésta transcurre por caminos paralelos a la épica católica, con poca probabilidad de colusión, salvo la excepción, digna de estudio, del País Vasco. En este sentido, una épica antinacionalista, que no sea ni religiosa, ni djihadista, es por lo tanto posible puesto que el catolicismo primario de la vieja España se ha convertido en el «humanismo» de la nueva Europa y, aunque muchos de nuestros conciudadanos no sean conscientes de ello, dicha transformación debiéramos apropiárnosla y no dejarla en manos de un protestantismo excluyente y manipulador, como está sucediendo en América y como ya ha sucedido, en parte, en Europa.

Por supuesto estas medidas educativas y de comunicación socio-histórica deben ir acompañadas, a corto plazo, de otras medidas de carácter jurídico-político como por ejemplo: 

  • Destituir, manu militari, toda persona acusada o con sospechas fundadas de corrupción  
  • Bloquear el aparato de comunicación separatista y anticonstitucional legalmente. 
  • Aplicar la ley existente con toda su fuerza moral y legal, en los casos de intentos de sedición, rebelión y obstrucción separatista 

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