Los generalísimos que en el mundo han sido, y servidor ha conocido, a unos de vista en los medios y a otro lo sufrí casi enterito, han sido todos muy amantes del fusil y del fusilamiento. Acto que decían muy patriótico pero caro, porque siempre conlleva el gasto del consumo de balas de fusil, y el darle gratis desde las cantinas varios tragos de coñac, a los “fusiladores”, en el caso español, y aguardiente, en los casos de fuera de nuestras fronteras, pero en tierras de idénticas y brutales costumbres a las nuestras.

Y le acabo de asignar el grado militar al coronavirus de generalísimo, porque salvo que el virus no necesita consumir balas ni licor alcohólico para fusilar y matar, tiene en común con los generalísimos conocidos en el hecho de que no se sabe de ninguno de ellos que hayan fusilado o matado o gente rica, millonaria; y tan solo han llevado al paredón a fusilar a gente de poca monta de su cuerda, que le quieren arrebatar el poder, o a enemigos imaginados de los que trabajan de ocho a doce horas como mínimo cada día, y no sabían que eran, o son, gente perjudicial para los sistemas que encabezan los generalísimos.

Uno, inocentón, que ya veía como un derroche de nada los desfiles militares donde todo el mérito radica en que nadie se puede rascar el trasero desfilando por mucho que le pique, creí, meses atrás, que el generalísimo coronavirus, así como los otros generalísimos siempre han cerrado de un modo ladino o a pecho descubierto los centro del saber en favor de la milicia, ahora que los ejércitos, que la dicha milicia han pasado a la historia de los hombres, tenía cierta esperanza en el hecho que el virus generalísimo cerrara todas las fábricas de armas, todas las escuelas militares, y mandara al paro una actividad, la militar, que ya ha dejado de tener sentido.

Porque está muy claro que el portaaviones más sofisticado, el avión más ídem, en cuanto, por decir un cargo, un simple cabo rancho, tosa tres veces seguidas y tenga síntomas de estar infectado y se haya paseado por todo el barco, se acabó el poderío del portaaviones, y el vuelo ultrasónico del poderoso avión.

Y si un solo cabo tosiendo es capaz de detener portaaviones y aviones ultra poderosos, con un envío postal certificado de virus para los días de pago y cobro, se acabo el ejército más poderoso de los tiempos actuales.

Por tanto, es de esperar que ya que el virus coronavirus nos he hecho entrar en unos tiempos nuevos, diferentes, tirando a peores, aquellas cosas que nos puedan desanclar anclajes de siglos de jodedura como son los ejércitos y los actos religiosos múltiples de Estado, como buen generalísimo, los elimine todos, y se centre en lo que suelen hacer todos los generalísimos: morder la mano que los hizo o ayudó a serlo.

Por otro lado, el virus generalísimo, ha dejado al descubierto que en Europa, por poner un espacio terrestre de ejemplo, existen pobres y pobreza porque los dirigentes europeos quieren o han querido, porque con el coronavirus los miles y miles de millones, en cifras imposibles de ser comprensible para nosotros las gentes de la calle, se las pueden sacar de la manga nuestros amados políticos, sin, al parecer, no tener más techo y problema que hay que dejar claro a qué paraíso fiscal van a ir a parar los posos de las sisas que se desvíen de los presupuestos por causa de las finas uñas de las uñetas de los encargados de manejar cifras de dineros que se escapan, lo mismo que el concepto infinito, a nuestra finita mente de gentes ignorantes, que nos han tomado por tontos, y, lo más probable, es que lo seamos.

Un mundo sin militares, y con curas a cargo de sus fieles, aún con coronavirus de generalísimo, sería mejor que este de caca seca.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. EN LA ESPERA

    Sobre el barro
    prendido en tus galones
    general de los montes:
    guerrillero,
    hay heridas
    cortantes
    por blasones,
    de aquellos
    que cual tú
    malviven sin un fuero.

    Sobre el risco agreste
    allá en la loma,
    general de los montes:
    justiciero,
    silban vientos
    donde no vuelan
    palomas,
    porque brillan
    los brillos
    gris
    de los aceros.

    Y en la voz
    angustiada
    que te nombra,
    por el valle,
    por la choza,
    vuelan alas
    más arriba
    de las sombras
    esperando
    que algún día
    camine la justicia
    por las calles.

    Cuando dejes
    la gruta de la sierra,
    general de los montes:
    bien nacido,
    llévame por tu verso
    y tu arrogancia
    de no aceptar
    el llanto de una tierra
    que se hace pobre
    en razón
    a la ignorancia.

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