• La aventura cubana del obispo de Mondoñedo que nombraron Arzobispo de Santiago de Cuba.

Fuente: La Voz de Galicia

El 14 de febrero de 1889, cuando La Correspondencia publicó que el Obispo de Mondoñedo, José María Cos y Macho, había sido nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba, un hojalatero mindoniense, famoso por su ingenio y desenfado, resumió en la taberna de Luisito el sentir general: «Era moito Obispo para unha vila tan pequena». Y lo era. Llegara de Oviedo cuatro años antes, tras inspirar a Clarín el personaje del Magistral de La Regenta ?algo que acabó en los tribunales? y habría de llegar a ser, años después, Cardenal y persona clave en la Iglesia española. Y por eso la Reina María Cristina, que temía una insurrección separatista en Cuba con el apoyo del clero indígena, pensó en él para ordenar aquel sindiós caribeño… Pero los designios de la vida ?como los del Señor? son inescrutables. Y a veces ni siquiera coinciden.

 Gran parte de su peripecia cubana la recogió en un libro su amigo, persona de confianza y antiguo Obispo de Mondoñedo, Julián de Diego y Alcolea, cuando era prelado de Salamanca en 1923. Cos sólo permaneció en Cuba tres años. Nunca se aclimató al clima, su salud se resintió y los médicos le aconsejaron vivir en un lugar más sano y ventilado que la bahía santiaguera. Alquiló una casa de campo, La Balbina, en el poblado de Boniato, a once leguas de la capital, y vivía rodeado de barriadas y bohíos de «gentes de color» como entonces llamaban a prietos, negros y mulatos…

Fue el octavo Arzobispo de Santiago y su cargo llevaba aparejado el de Senador del Reino, puesto que desempeñó durante 28 años hasta su muerte en 1919 en Valladolid. Su misión en Cuba tenía tres objetivos: enseñar y propagar la fe; gestionar el patrimonio de la Iglesia; y defender la pertenencia de Cuba a España.

Bodas a destajo

El primero le resultó fácil. En Oviedo había creado un exitoso reglamento de catequesis que se extendió a todo España. En Mondoñedo, por ejemplo, lograra que 1.400 niños y niñas participasen a un tiempo de la enseñanza del catecismo y de la primera comunión. Así que, en la isla, confió esa misión a los Padres Paúles y él se dedicó a combatir el concubinato generalizado por todas partes.

En una circular anunció que casaría gratis a los pobres que acudiesen a su casa para recibir cursillos y que les proporcionaría estancia y comida sin coste. Tuvo gran respuesta y ?según Alcolea? solo en un día, el 29 de octubre de 1890, realizó 40 casamientos. Los cubanos entonces se declaraban católicos pero nada sabían de dogmas y preceptos, no iban a misa, al llegar a la pubertad vivían en pareja que intercambiaban con frecuencia y practicaban devociones raras y extravagantes.

En ese campo, su labor resultó eficaz, al menos por un tiempo y en teoría. Y fue eficiente también, de modo más real y duradero, su gestión del patrimonio: mejoró la imponente Catedral santiaguera y dio a los Carmelitas la dirección de la iglesia de Camaguey. El problema vino con el independentismo cubano…

«Si no le gusta el café, ni el ron ni el tabaco, ¿a que vino»

José María Cos y Macho vivió con el recelo de la sociedad cubana desde su llegada. Para penetrar en ella, atendía en su residencia a los más desfavorecidos del entorno. En una ocasión, acogió a un mulato muy pobre que, cuando se encontró bien comido y bien vestido, no hacía más que repetir: «Aquí se está bien». Y se quedó un tiempo. Al poco, tenía la confianza de todos y todo lo preguntaba con infantil y sencilla impertinencia. Un día, viendo que el Arzobispo no desayunaba ni café, ni licores, ni fumaba, el mulato ?que nada dijo de las mujeres? le preguntó: «Su Lustrísimo no toca café, ni bebe ron ni fuma tabaco, entonces ¿a qué ha venío a Cuba?»…

Como el hojalatero de Mondoñedo, su simpleza resumía la cuestión clave. Cos nunca se adaptó ni al clima ni al país ni a su sociedad. Y, a pesar de sus esfuerzos y trabajos, sufrió la desafección de una burguesía local ya claramente alineada con un independentismo que, seis años después, llevaría a la isla a separarse de España. Los capitalistas percibían que a sus intereses les iría mejor alejados de la metrópoli y comprobaban, además, que la aristocracia financiaba, a conveniencia, la insurrección…

El Arzobispo tenía el cariño y el apoyo de sus vecinos de Boniato pero un día, a finales de 1890, llegó allí Antonio Maceo, uno de los principales líderes de los rebeldes que, además, gozaba de gran influencia entre los negros a cuya raza pertenecía. En su mitin, insultó a España y a Cos y Macho cuando supo que el cochero de éste era un negro que estaba entre el público y que fue delatada su presencia. Se produjo un gran tumulto y una gran pelea entre defensores y detractores del Arzobispo. Y eso quebró la confianza y fue el principio del fin. Seis meses después, en el verano de 1891, Cos y Macho alegó problemas de salud y regresó a España. La flecha estaba lanzada y años despues Cuba accedía a la independencia…

La ciudad mindoniense conoció por primera vez la luz eléctrica durante la fiesta de su llegada

Cuando regresó a España, Cos y Macho tenía 54 años y lo mejor, para él, estaba por venir. Lo nombraron responsable de la diócesis de Madrid-Alcalá, creó el Seminario y la Escuela de Música y, con la ayuda del Marqués de Comillas, organizó la Acción Social Católica. Con ella, llevó a Roma en peregrinación a 1.400 obreros para apoyar a León XIII y su encíclica Rerum Novarum, la respuesta de la Iglesia a los convulsos movimientos obreros y sociales de entre siglos.

 En 1902 fue Arzobispo de Valladolid y luego, ya Cardenal, participó en la elección de Benedicto XV. Fue académico de Historia y de Bellas Artes y Gran Cruz del Mérito Militar. Murió a los 81 años en Valladolid donde dejó larga y perdurable huella.

Tambien en Mondoñedo la dejó. Encargó al arquitecto provincial, Nemesio Cobreros, la segunda planta del Seminario y al mindoniense Ramón Martínez Insua la estatua de 2,5 metros de su patrona, Santa Catalina, que lo preside. Fomentó el internado, creó nuevas cátedras y estimuló el celo de profesores y alumnos.

Pero su paso por la ciudad quedó marcado por un hecho histórico: el día que llegó, un 15 de octubre de 1885, día de Santa Teresa, fue la primera vez que Mondoñedo conoció la luz eléctrica. Una persona piadosa regalara al Seminario dinero para dotar la cátedra de Física y sus responsables habían comprado en París los más modernos aparatos. Para recibir a Cos, quien luego sería su mayor amigo, el entonces profesor Julian de Diego y Alcolea, colocó en el balcón central un potente foco de luz eléctrica, algo nunca antes visto. La expectación fue enorme, se congregó una gran multitud y hubo quién atribuyó el insólito resplandor a la intervención divina. Pero esa es otra historia…

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