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Españoles de Cuba: Abel González Marrero

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El discapacitado holguinero muestra la extraordinaria capacidad del ser humano para sobreponerse a su condición. Inventivo, ha diseñado con los escasos medios a su alcance un sistema para poder trasladarse dentro de su casa entre otros inventos.

HOLGUÍN.— Más de cinco años han transcurrido desde el día en que pisé por primera vez su casa-taller, el espacio donde ha soñado y hecho realidad proyectos ingenieriles diseñados para limitados físico-motores, tan sorprendentes que solo viéndolos uno comprueba que la felicidad se encuentra en el punto medio que conecta la mente y el espíritu.
Esta vez Abel González Marrero no me espera. Sentado en su silla de ruedas en el portal de su vivienda, en el reparto Alcides Pino, parece como si durmiera. Temo despertarlo. A pesar de la visita imprevista, me recibe con la misma amabilidad de la primera vez. Y hablamos.
Casi nada entorpece el diálogo, hasta que comienza a importunar el humo proveniente de la quema de un basurero cercano «que la última vez, le obligó a ponerse oxígeno», explica María Teresa, su esposa.
Aun así, él insiste en continuar la conversación que, nuevamente, nos lleva a su nacimiento en 1963, en un pueblecillo granmense tan remoto que ni el nombre recuerda, cuando todavía se contaban las tragedias del huracán Flora.
«La displasia fibrosa congénita que padezco siempre fue un misterio. Parece que se debió a que mi madre tuvo enfriamiento uterino, porque tenía una panza inmensa de ocho meses de embarazo y estuvo muchas horas expuesta a las inundaciones del ciclón, que pasó en octubre y yo nací el 26 de noviembre».
Soluciones «a lo grande»
Como el clásico Meñique, nunca piensa «esto es demasiado» cuando le rondan nuevas ideas, aparentemente difíciles de llevar a la práctica. Por eso es tanta la satisfacción que siento cuando me habla de uno de sus mayores sueños cumplidos: el desplazador mecánico.
«¿Pero por fin lo construyó?», pregunto sorprendida y él hace un ademán para que María Teresa me conduzca a la habitación matrimonial y me muestre cómo funciona.
En el techo, una viga sostiene un equipo eléctrico conectado a un arnés de protección, a través del cual la mujer puede desplazar a Abel en línea recta desde la cama hasta el baño, sin que ella necesite de ninguna fuerza física, pues todo el tiempo permanece colgando de forma segura, gracias al dispositivo.
—¿Y no le molesta estar así? —pregunto tras la demostración.
—Qué va. Cuando me duele la columna me ponen aquí y hago tracciones hasta que se me quita —responde el inventor todavía alzado unos centímetros de su silla.
Es impresionante cómo el ingenio de este hombre le hace la vida más fácil no solo a él, sino también a sus familiares, aunque su satisfacción sería completa si pudiera generalizar su invento para que otros enfermos dispongan de él.
Según cuenta, pensó en proponérselo a alguna autoridad del Ministerio de Salud Pública, pero no es la primera vez que un proyecto suyo queda a mitad de camino entre su deseo y la decisión de la persona indicada.
«Es tan engorroso que no lo he presentado como con otras innovaciones, porque lo primero que piensan, al verme, es que tengo retraso mental», explica.

Antes había presentado al Inder el proyecto de un ascensor para que los limitados físico-motores holguineros pudiesen asistir al Estadio Calixto García: «El diseño no rompe con la arquitectura del Estadio y está concebido para que sea plegable y pueda quitarse cuando no sea necesario, pero la idea no se ha llevado a la práctica porque falta la decisión», asegura quien, no por ello, ha detenido su impulso creativo.
Fue él quien armó un caballete para Marcos Pavón, el reconocido artista discapacitado holguinero (fallecido) que pintaba con la boca.
«Sus padres envejecían y él dependía de ellos para pintar. Cuando tenía que hacer un movimiento, debía esperar a que alguien llegara. Por eso le hice un caballete electromecánico gracias al cual él mismo subía y bajaba el cuadro con un pie, con independencia», comenta Abel.
Por sus manos han pasado tantas sillas y medios de sus compañeros de la Asociación Cubana de Limitados Físico-Motores (Aclifim), que ya no recuerda la cifra.
«Las sillas eléctricas que nos llegan de donación trabajan bien los primeros meses, pero cuando falla la batería, el discapacitado no puede usarla. Durante años, en mi taller le hemos quitado el hardware electrónico que traen de fábrica y las transformamos en mecánicas. Algunas también las desarmamos y las convertimos en triciclos, porque se pueden usar baterías de otro tipo de transporte y su reparación es más funcional» detalla el holguinero.
Pero ¿dónde se encuentra el origen de ese intelecto creativo? ¿Cuál es la causa por la cual este hombre repara todo lo defectuoso que cae en sus manos?
Su afición por las tuercas y los tornillos viene desde pequeño, cuando se convirtió en mecánico de cuanto juguete se rompía en el barrio: «Como no podía seguir el mismo ritmo de todos los muchachos, les arreglaba los carritos y todo lo que se les rompía. Por eso me tenían presente y yo me sentía bien», rememora quien tuvo en su madre la guía y el apoyo necesarios para estudiar especialidades técnicas como Electromedicina, Electrónica y Metrología.
Sin límites para la felicidad
A los 35 años tuvo que aprender a vivir ligado a una silla de ruedas, pues el avance de la enfermedad se lo impuso. No obstante, manejó su moto de gasolina hasta 2006 y después condujo una eléctrica por las calles holguineras hasta hace poco, cuando se dio cuenta de que ya no era recomendable debido a su estado físico.
Jugador de baloncesto y corredor de maratón en silla de ruedas, este hombre-orquesta integró, además, como percusionista, el grupo musical Corazón del Caribe, el primero formado por discapacitados en toda América Latina.
«Mi vida ha sido prolífica. Si te sientas en una silla de ruedas y te enclaustras, parece como si el día tuviese 48 horas. Sin embargo, para mí pasa rápido el tiempo, porque siempre tengo un amigo cerca o estoy haciendo algo útil. Antes, yo no sabía lo que era pasar dos horas sin trabajar. Ahora no puedo hacer lo mismo, pero me dedico a pensar cómo concretar proyectos futuros», confiesa.
—Usted ha librado muchísimas batallas —lo provoco, y él asiente porque le interesa hablar no solo de las relacionadas con la salud, sino también con la sociedad.
—A veces una persona con discapacidad encaja con sufrimiento en un lugar determinado. Por ejemplo, cuando joven siempre había un bromista en mi colectivo de trabajo que me cogía “pa’l trajín” y me preguntaba que cuándo le iba a dar un beso a una mujer. A mí no me gustaba eso, pero qué podía hacer si allí disfrutaba siendo útil.
No son pocos los prejuicios y manifestaciones discriminatorias que experimenta a diario este reparador de ilusiones perdidas: «Mi lada está señalizado con el logotipo de persona con discapacidad, pero mi hijo no puede estacionar sin dificultades porque no existen parqueos para discapacitados. Quienes tenemos este tipo de problema, necesitamos tener el auto cerca para cualquier necesidad o eventualidad.
«Además, voy a un restaurante con la familia y nunca me dan la cuenta para pagar, aunque la pida, porque creen que estoy allí de favor. Y me sucede también aquí mismo, sentado en el portal, cuando viene la trabajadora social o algunas otras personas y dicen: “¿No hay nadie en casa?”, “Seño, mire, yo”, respondo. Pero pasan y me dejan ahí, como si no me hubieran visto. Entonces le preguntan a mi esposa quién es el dueño de la casa, ¡y el colmo es que se asombran de que sea yo! En la actualidad todavía muchos creen que el discapacitado es una figura decorativa y no un hombre emprendedor».
–¿Y qué invención lo ocupa ahora mismo? —indago curiosa.
—Estoy en el proyecto de una caja de velocidad telescópica, que va a ser el boom de la tecnología para discapacitados. Les va a permitir caminar bien en una silla de ruedas. Tiene una caja de velocidad pero sin engranajes. Llevo años en eso. Hay que tener muchos recursos a disposición, pero es posible lograrla.
Lo dice con la misma convicción con que defiende su rol como padre, porque su hijo es su mejor creación y ha tratado de formar en él buenos sentimientos y constancia en el trabajo.
«Los hijos hacen más lo que ven hacer que lo que se les dice que hagan. A mí, Alexander me ha visto ocupado socialmente desde que nació. Le enseñé el oficio de cerrajero. Puedo decirte que soy el hombre más feliz del mundo. Mi esposa es la responsable de todos mis éxitos, él es mi brazo derecho y mi nieto, mi ilusión. Gracias a ellos sé que tengo por quién luchar: mi familia es mi vida».
 
Por: Liudmila Peña Herrera, Juventud Rebelde

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