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El príncipe de Gales de visita en Cuba

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No es la primera vez que un personaje de alta alcurnia inglesa visita la isla. Ya lo hizo a finales del siglo XIX, en 1895 Winston Churchill, un primo de Diana de Gales, descendientes ambos del linaje de los Spencer, cuya baronía se remonta a la Edad Media. Los Spencer, al igual que el actual pretendiente al trono de Inglaterra, están emparentado a otros apellidos que pueblan los libros de historia, las novelas de caballería y las revistas del corazón: los Estuardo, los Borbón, los Médici, los Bolena…

Las relaciones de Inglaterra con Cuba han sido complejas y hasta marcadas por alguna que otra ocupación. El canje de La Habana por la Florida es una herida que muchos amigos enemigos de España todavía relamen ¿Quién no ha escuchado alguna vez la frase “si Inglaterra no nos hubiera cambiado hoy estaríamos en el primer mundo”? Pues eso.

La verdad es que las apetencias de Inglaterra por Cuba son mucho más consistentes (y se extendieron por mucho más tiempo que la de los actuales Estados Unidos). Podríamos decir sin exagerar que, cuando el primer pirata inglés se echó a la mar para expoliar los galeones españoles que regresaban a Cádiz cargados de chocolate, patatas, tomates y alguna que otra pepita, no hubo capitán que no soñase con apoderarse de la plaza del rojo cundeamor. Mucho lo intentaron durante siglos, hasta que por fin lo consiguieron en 1762.

Los británicos pueden tener muchos defectos, pero son un pueblo práctico. Como no iban a poder quedarse con La Habana decidieron seguir aumentando sus propiedades en territorio continental. Desde esa fecha hasta hoy, han seguido los asuntos de España en Cuba con una agudeza y una amplitud de miras que todavía ningún cubanólogo actual ha conseguido igualar. Pero, sobre todo, a nivel geopolítico consiguieron lo que siempre soñaron: sacar a España de América.

Hoy británicos y franceses todavía poseen territorios en el Caribe mientras que España no conserva ninguno. Es más, para los ojos de los inocentes cubanos la Madre Patria pasa por ser la mala de la película, mientras que el imaginario popular sigue vistiendo a Inglaterra con el color de la virtud y del progreso. Nada, que la ignorancia es muy atrevida, por eso estamos como estamos.

En fin, que cuando Churchill puso los pies en Arroyo Blanco, un pueblo de Sancti Spíritus como corresponsal del Saturday Review, y pudo echarle un vistazo a aquella horrenda y espantosa guerra civil que ensangrentaba una vez más una provincia española, no pudo sino concluir lo que hoy parece una evidencia:

“Es imposible que ellos (los rebeldes cubanos) ganen una simple batalla o conquisten una ciudad. Su ejército consiste en su mayoría en mulatos indisciplinados”.

Pero el lamentable estado de las fuerzas rebeldes no era su peor preocupación sobre el futuro de la isla si llegaba a triunfar la insurrección:

“La victoria rebelde ofrecería muy poco beneficio para el mundo en general y para Cuba en particular” (…) “Aunque la administración española es mala, el gobierno cubano podría ser peor, igual de corrupto, más caprichoso, y mucho menos estable. Por todo ello sin duda las revoluciones serían periódicas, la propiedad insegura y la igualdad desconocida”.

La movida experiencia cubana del que llegó a ser primer ministro británico, la cuenta la historiadora cubana Lourdes María Méndez Vargas en su libro Arroyo Blanco, la ruta cubana de Churchill; un episodio de la guerra de 1895. El jovencísimo corresponsal del Saturday no hizo lo que hacían todos los chupatintas extranjeros que se quedaban en La Habana inventando cuentos de camino sobre la contienda. Corajudo, y con un salvoconducto de Martínez Campos en el bolsillo, tomó un tren hacia Cienfuegos, un barco hacia Tunas de Zaza y luego un tren hacia Sancti Espíritus donde se reunió con el ejército español bajo el mando del General Suárez Valdés. Salieron en expedición hacia Arroyo Blanco donde Churchill celebró su cumpleaños 21, el 30 de noviembre de 1895. Su regalo de cumpleaños fue estar bajo las balas por primera vez en su vida cuando las tropas españolas con las que estaba se enfrentaron a los cubanos.

Churchill se quedó pocas semanas en Cuba y se marchó de la Habana el 14 de diciembre de 1895.

Antes de embarcarse, recibió una medalla del ejército español por su bautismo de fuego. Por lo demás, la historia le ha dado toda la razón.

Pasen y vean.

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