-Por Luis Fernando Cueto Chavarría

María Rostworowski se preguntaba por qué, a pesar de haber sufrido numerosos embates a lo largo de nuestra historia, aún sobrevivíamos como nación. Y ella misma bosquejó una respuesta: porque no somos una nación. Lo que no existe no puede desaparecer. Nunca lo hemos sido. Ni siquiera en el Tahuantinsuyo. Este fue un imperio militarista, elitista y semi esclavista. La tan ponderada abundancia y justicia solo existía para la casta real; el resto, el pueblo llano y las etnias conquistadas, vivían en pésimas condiciones, sometidos a continuas guerras y a una explotación inhumana. Por eso los cañaris, los chachapoyas, los huaylas, los huancas odiaban a los incas. El odio fue el elemento principal, el disolvente, que impidió que las diferentes culturas se cohesionaran en una sola nación. Y ese odio persiste hasta ahora.

Nunca antes se ha visto, en las campañas electorales del Perú, tanto odio como ahora. La prensa y las redes sociales destilan un odio acérrimo, pugnaz, ancestral. Pareciera que los peruanos han esperado esta ocasión para desfogar toda la rabia que tenían guardada. Personas reconocidas por su circunspección y sensatez, se dedican a injuriar y descalificar a quienes no piensan como ellos. Muchachos culturosos, inteligentes, utilizan el Facebook para pontificar una verdad (la suya) y defenderla a dentelladas. Destrozan a quienes no encajan en su pequeño casillero. No aceptan que alguien piense diferente. Dicen odiar el totalitarismo pero ellos también son totalitarios: defienden una única verdad, y le niegan el derecho de expresión al otro. Han llegado al colmo de lapidar a unos futbolistas por el solo hecho de manifestar una opinión. Eso dice mucho del nivel de convivencia de un país. No se ve en los países desarrollados, serios, en donde se practica la tolerancia; donde la opinión de un deportista -amateur o campeón olímpico-, se toma como algo normal, como de cualquier otra persona, y se respeta aunque no se comparta.

Con ese odio inveterado hemos amalgamado, a la mala, hiel a hiel, algo amorfo que se llama Perú. Y ahora lo hemos llevado al borde del desbarrancadero. Tan solo por el odio se explica el hecho que una mujer sicópata, obsesionada por el poder, lideresa de un clan criminal, sobre cuya cabeza pende un requerimiento de treinta años de cárcel por corrupta, esté disputando la presidencia con un profesor semianalfabeto, que tiene en la mente una melcocha de ideas socialistas obsoletas, desde el marxismo arcaico hasta el pensamiento Gonzalo, y no tiene luces ni para dirigir una escuela primaria. Ambos han llegado hasta donde están por el voto de la frustración, del resentimiento, del rechazo al país, del váyase todo a la porra. Son productos del odio: de la derecha odiadora que odia a la izquierda odiadora. Y viceversa. Ninguno de ellos tendría oportunidad, en un país serio, del primer mundo, de ser presidente. Porque en un país de ciudadanos que se respetan, que tienen una pizca de autoestima, estos personajes ni siquiera podrían participar, como candidatos, en unas elecciones. Y no obstante, los peruanos están con unos ánimos tremendos, irreprimibles, de pelearse por ellos.  Se mueren de ganas por darle el último empellón al país para que caiga al vacío.

Y esa es nuestra desgracia. Actuamos impulsados por los resentimientos, las rencillas, los rencores; pareciera que llevamos el odio en los genes. Nunca nos hemos podido liberar de ese lastre. El odio nos ha impedido, en toda nuestra vida republicana, tender puentes, entendernos, preferir los interés colectivos a los particulares. Y esa es la razón por la cual nunca hemos diseñado, en conjunto, un plan de desarrollo nacional a largo plazo, que se cumpla sí o sí, independientemente del gobierno que estuviera de turno. Por eso es que cada cinco años nos refundamos. Cada presidente que llega le pega una patada al tablero, y tenemos que empezar de nuevo. Otra vez tenemos que gatear y aprender a caminar. De esa manera nos hemos negado al progreso, a ser un país en serio. Y todo indica que la historia se va a repetir.

El Perú de ahora no es, ni de lejos, el país que soñaron nuestros ancestros. No es, por ejemplo, el país que entrevió el inca Garcilaso. Él quiso que, después de las guerras de la conquista y de las guerras entre los conquistadores, los peruanos, blancos, indios y mestizos, se pudieran entender y caminaran juntos hacia el futuro. Fiel al pensamiento neoplatónico, él consideraba que el amor era una energía cósmica que podía unir a los hombres y conducirlos al encuentro de Dios. Su obra es una declaración de fe en el porvenir del país. Supera las versiones partidistas, marcadas por odios y adhesiones, de los cronistas hispanos y de los relatos indígenas. Creyó que, por obra del amor, los peruanos debían superar el pasado, dejar atrás los rencores, y, reconciliados, vivir en prosperidad y armonía. Vislumbró, como semillas de colores en el aire, una nación variopinta pero hermanada. Quizá se figuró un país demasiado grande, demasiado bueno. No lo sabemos. Y no lo sabremos nunca si no hacemos el mínimo esfuerzo por alcanzarlo.


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