Pude hablar hace tiempo con Ferrán Núñez sobre las relaciones del carlismo con Cuba. La perla antillana, no obstante, acabaría convirtiéndose –como Filipinas- en destino para los soldados prisioneros que defendieron la causa tradicionalista contra el liberalismo. Sin embargo, poco conocido es el hecho político sucedido pocos años antes de la denominada III Guerra Carlista. Como escribe nuestro mentado Ferrán a partir de la página 40 de su imprescindible libro “España contra los salvajes (Cuba, la guerra civil olvidada)”, en 1868 “…se constituye el nuevo gobierno de Madrid, cuyo Ministro de la Guerra era el conocido general liberal Juan Prim, uno de los cabecillas de la insurrección militar que terminó con el reinado de la caprichosa Isabel II. En aquella ocasión se publicaron dos informaciones de interés general, la primera daba a conocer oficialmente el levantamiento septembrino. El mismo día, el periódico (Diario de la Marina), publicó el bando del Capitán General, Francisco Lersundi Hormaechea, informando al público sus provisiones para Cuba con respecto a los sucesos metropolitanos acabados de producirse, y donde se reiteraba, la subordinación del territorio a las nuevas autoridades. Estas aclaraciones no estaban de más, ya que todos en La Habana conocían la lealtad incondicional que profesaba el militar hacia el sistema monárquico. Al punto, tras la caída de Isabel II, de no ocultar sus simpatías hacia el pretendiente don Carlos; quien, por cierto, intentó convencerle para que desgajase de manera temporal a la isla de la Metrópoli; sumándola bajo su mando –y el de un administrador criollo-, a la coalición con la que se proponía tomar el poder en Madrid.

Sabemos que Lersundi se negó con cortesía a las pretensiones del Infante, pero da un poco de vértigo imaginar lo que hubiera ocurrido de haber aceptado. Cortar los víveres a la Junta Militar encabezada por Prim, hubiera resultado fatal para la revolución. No nos engañemos, con las arcas exhaustas y sin la garantía del activo “Cuba”, la aventura hubiese durado muy poco. Lersundi pudo haberle ahorrado a España el desgaste político que supuso el parto de la Primera República, y la vuelta de la monarquía con otro Borbón al frente de ésta. Por otra parte, es innegable que con una situación política más sosegada se habrían concentrado todos los esfuerzos en la pacificación de la isla, limitando quizás la extensión del conflicto. Lo que sí es seguro, es que no se hubiera tolerado dejar tanto tiempo a la Provincia entre las manos del extremismo peninsular que, recordémoslo, llegó a deponer a un Capitán General, sin que este acto –casi inédito-, tuviera la menor consecuencia legal.”

Así las cosas, Ferrán Núñez ha localizado la carta que Carlos VII le envió al general Lersundi, y está disponible en internet. Los interesados pueden escribirnos directamente, y por supuesto, se les recomiendo adquirir este libro repleto de datos y detalles que siempre se nos ocultaron por razones obvias, y por una hispanofobia que no tenemos que llorar ante los anglosajones, sino ante nosotros mismos.

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