Una de las tácticas en boga del postmarxismo (anti)español es decir que no debemos preocuparnos por lo que pasa en Cataluña, pues aquello está muy lejos, y las banderas no importan. Acto seguido, eso sí, nos debe preocupar de inmediato lo que pasa en el África Negra. Aun así, no intenten preguntarles por la discriminación que sufren los dowayos en Camerún, sobre los países que se extienden etnias como los tuaregs o los fulanis, o sobre la influencia de los fang en Guinea Ecuatorial, porque les sonará a chino. Para ellos, los africanos son una mezcla de mascotas y pobrecitos a los que dirigir como clientela ideológica, y poco más.

No importan las banderas, pero cuidado con tocarles sus banderas de hoces y martillos, separatistas, o la cara del Che Guevara, marca capitalista donde las haya, y criminal que, amén de querer expandir su dictadura por medio mundo, encarcelaba homosexuales.

Y ahora les da por decir que los más de tres millones de votos obtenidos por el partido Vox se debe a que «España es un país de paletos». Por lo visto, Polonia, Hungría, Italia, o hasta Francia, Alemania e Inglaterra, deben ser países de paletos, pues tienen partidos políticos más o menos similares. Y como dice Juan Carlos Monedero (mamporrero del chavismo), ser comunista es ser buena gente; y como dice Alberto Garzón (el que se fue de viaje de novios a Nueva Zelanda), un delincuente no puede ser de izquierdas. Y por supuesto, cuando los votos les favorecen es lícito y cuando no les favorecen pues hay que derribar el gobierno. Lo de Bolivia es un golpe de estado, lo de Chile no. Y así con todo.

Y como siempre, la tragicomedia de la progredumbre radica, entre otros, en que creen que sus actos no tienen consecuencias y que tienen la dictadura absoluta sobre todas las cosas de este mundo. Y ni es así ahora ni será así en el futuro. Siempre habrá gente que no se dejará matar por las buenas. Como dijo Gil Robles poco antes de la Guerra Civil Española, media España se resiste a morir. De eso fue consciente Gramsci y de ahí a sus teorías para acabar con toda resistencia posible a su tiranía. Ahora se tirarán de los pelos porque han derribado una estatua de la Pasionaria (esa bicharraca que cuando estuvo en mi pueblo dijo que las campanas debían servir para rejas de cárceles); pero en su infantilismo, incoherencia y poca vergüenza, seguirán sus rabietas para perjuicio de todos.

Con todo, un servidor insiste en algo capital para entender todo este batiburrillo ideológico aupado por los carteles de la coca y el Foro de Sao Paulo (si es que no es lo mismo): Estamos ante estafadores, y con un estafador no hay que perder demasiado tiempo en «debates»; al estafador hay que desenmascararlo. Prosigamos con ello.

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