José Gabriel Barrenechea.

Decía Jorge Mañach que los cubanos, al pensar, tendemos a extendernos y no a profundizar. En Cuba abundan los individuos que atesoran  un montón de saberes superfluos y superficiales, incoherentes unos con otros en su mayoría, como de “enciclopedia de maravillas”, pero al mismo tiempo se nota una completa ausencia de, por una parte, quienes se proponen enfrentar un problema determinado, fijan su atención en él, y no cejan hasta obtener una respuesta al mismo con cierto grado de plausibilidad, y por otra la de aquellos a quienes hacerse las preguntas esenciales les resulta una necesidad existencial.

Esta falta de profundidad, y de sistematicidad, es evidentemente un problema de concentración, que responde al hecho de que los cubanos vivimos constantemente en la alteración aquella de que hablaba Ortega y Gasset, y rara vez conseguimos ensimismarnos.

Según nuevamente Mañach el asunto es consecuencia del clima, ya que según él no se puede filosofar con más de 30º de temperatura. Mas si recordamos que Atenas ha sido históricamente una ciudad con un régimen de temperaturas veraniegas un tanto más ardiente que el de la Habana, nos damos cuenta de que esa no puede ser la razón. Sócrates, en medio de los calores del agosto ateniense, solía reunirse a dialogar con cualquiera sobre asuntos nada superficiales en la plaza del mercado de su ciudad, y por su parte ninguna fuente nos aclara que Platón o Aristóteles escogieran dedicarse a reflexionar, o a escribir, solo en la estación fría y lluviosa.

El asunto en Cuba está, sí, en las temperaturas, pero no en los extremos calores que no llegan a compararse con los cuarenta grados de buena parte del Mediterráneo, sino en que aquí nunca hayamos tenido los fríos suficientes, en alguna época del año, para hacernos encerrar en habitaciones que se prestan para el ejercicio del ensimismamiento.

En general el paradisiaco medio ambiente cubano original, con sus facilidades para dejarlo vivir a uno a la intemperie, nos evitó la necesidad del encierro, y a la vez su cómoda abundancia nos ahorró la de plantearnos problemas concretos en la lucha por la vida. Porque aquí, hasta entrado el diecinueve, para comer bastaba con estirarse un poco hacia las ramas de un árbol y ya se traía la mano cargada de frutas y de jutías, y para todo lo demás había primero indios y después negros, sobre todo indias y negras, en abundancia.

La facilidad para vivir a la intemperie tendió a no levantar barreras entre nosotros. La cómoda abundancia, a que los cubanos, ya que no había ningún problema en el que fijar nuestra atención, comenzáramos a buscar más y más la cercanía del vecino para matar el aburrimiento consecuente. O sea, nos llevó más que a no sentir la necesidad de esas barreras, a crearnos un persistente sentimiento de rechazo hacia las mismas.

Así, cuando con el tiempo la población urbana aumentó inexorablemente, ya no hubo nada que delimitara nuestras esferas vitales de existencia. Pero también, cuando con la Era Industrial ya la Isla y su medio no pudieron atender a la satisfacción de las nuevas necesidades, industriales, y por tanto la vida se convirtió en un problema de subsistencia cotidiana, los cubanos no tardaron en descubrir que en el amontonamiento festivo conseguían adormecer sus sentidos; sobre todo los muy negativos datos que la nueva realidad industrial comenzaba a enviarnos a través de ellos. Por lo que muy pronto todos terminamos amontonados y sudorosos, irremisiblemente muy alterados unos encima de los otros, en La Apretazón, esa bullangera pachanga que ha sido desde siempre la mejor metáfora para la existencia cubana (la última explicitación de esta filosofía de vida se encuentra muy bien en cierta canción de nuestra Filosofa Mayor: Laritza Bacallao).

En general hay un grado óptimo de cercanía humana para el ejercicio del ensimismamiento: ni muy lejos, como en nuestros guajiros, especie de Mowglies del Caribe, demasiado perdidos en el paisaje como para poder estar al tanto de lo que dialoga su época, y por lo tanto para tener pensamientos en lugar de su proverbial suspicacia; ni muy cerca, como en el de nuestros habitantes urbanos, que viven todos muy juntos y revueltos, con demasiada bulla alrededor y sin claros espacios hacia los que retirarse al interior de sí mismos. Por ello, si al explorar los espacios interiores del guajiro solo se encontrará un animal silvestre acurrucado en su profunda suspicacia, al indagar en el de nuestro poblano, sobre todo en el habitante del solar, o la cuartería, no se descubrirá más que lugares comunes de dominio público, tópicos, toneladas de prejuicios, un exagerado sentido de pertenencia a su barrio, y nada verdaderamente distintivo, propio, alcanzado gracias al ejercicio de su creatividad, que nos permita diferenciar al indagado de sus vecinos.

Mas no es un problema solo de los de abajo: ese grado óptimo no se alcanzó en Cuba ni tan siquiera por las clases altas. Lo que se nos hace evidente si estudiamos la casa típica de estas clases durante los siglos coloniales en que en general se formó lo esencial de nuestro carácter nacional[i]. De puntal muy alto, superiores a los 4 metros, las divisiones fronteras entre las habitaciones personales son tenues, de materiales que aíslan muy poco o nada el paso del sonido. Por demás esas divisiones tienen solo la altura necesaria para evitar ver directamente de la una a la otra al estarse de pie, y por tanto dejan un amplio espacio libre a la circulación del aire, y del ruido o la luz, entre el límite superior de esas “divisiones” y el techo. Lo cual también se repite muchas veces en las divisiones entre las habitaciones personales y los amplios, y dominantes espacios de socialización, abiertos no solo a la familia en casas en que las puertas de la calle por lo general no se cerraban más que al anochecer. Sin tampoco dejar de tener en cuenta que dentro de la casa no existen puertas propiamente dichas, sino batientes que no llenan todo el espacio del vano, y que por demás se componen en buena medida de vidrieras opacas a medias.

En general en esas casas señoriales, a resultas de la necesidad de dejar circular el aire en un clima tropical, se vivía ya como en las cuarterías en que habrían de terminar divididas cuando pasaron al uso de las clases bajas, con la mudanza de la aristocracia a Extramuros. Todos, miembros de la familia y esclavos de la servidumbre, juntos y muy revueltos con las continuas visitas que aparecían a cualquier hora sin anunciarse, y que no tenían muchos remilgos en empujar cualquier puerta.

Fueron por tanto el medio ambiente cubano en lo fundamental, y luego la habitación que este nos hizo adoptar, la causa de esta vida nuestra, alterada, pachanguera, en que todos vivimos como en un carnaval, sin respetar los límites del prójimo. En que de hecho los límites de lo íntimo no existen en verdad, y en que rara vez alguien siente tan siquiera la necesidad de “retirarse” a estar a solas consigo mismo. De hecho tener esa necesidad, y expresarla, solo genera en el medio humano que rodea al que pugna por ensimismarse un claro sentimiento de suspicacia, sino de rechazo abierto.

Podemos por lo tanto afirmar que si por algo no se reflexiona en Cuba es porque es virtualmente imposible en un país en que los vecinos viven como si fuera tu privilegio participar de sus vidas íntimas, y viceversa, y por ello no sienten remilgos en hacerte el favor de poner su música en tu dirección, a todo volumen, o escenifican para todo el barrio, más que viven, sus problemas familiares. En que los vecinos que poseen línea de teléfono fijo se hacen de modelos inalámbricos para irse a hablar asuntos muy íntimos y personales al portal, o incluso al medio de la calle. Un país en que los parientes no tienen ningún escrúpulo de empujar la puerta, o levantar la cortina de tu cuarto, sin antes llamar, y no porque ocurra un cataclismo del que es imprescindible darte aviso; en que las bibliotecas públicas o escolares son áreas de cotorreo de las bibliotecarias y de sus innúmeras amigas o parientes sin oficio, ni beneficio; en que es muy probable que la comida no te caiga muy bien dada la “música” que han escogido para “ambientártela” en cualquier establecimiento, estatal o privado, no importa; en que en cualquier parque, cuando estás a punto de sentir una epifanía llega un imbécil cualquiera a preguntarte si tienes candela, y tú solo entonces entiendes a tipos como Torquemada y su afición por las chamusquinas humanas… Sin duda, precisamente por todo eso y más es que en Cuba inteligencia y misantropía tienden a ser dos variables directamente proporcionales.

Esa falta de un área personal vital, que el individuo cubano esté determinado a defender con uñas y dientes, es una de las razones de por qué aquí nunca ha llegado a prender con fuerza la democracia, y en consecuencia de la facilidad relativa con que se implantó ese fascio apretador tan nuestro, el castrismo, o de su posterior capacidad para aferrarse a la Isla, por más de sesenta años. Porque sin un área propia a la cual retirarse a decidir sobre su vida, el ser humano ya no es individuo sino parte del rebaño que lo arrastra inexorablemente hacia donde este se mueva. Dirección que no puede ser otra que la escogida por el Pastor en Jefe, quien se ocupa de mantener ese movimiento compacto con la ayuda de los bien alimentados perros de los Órganos de Seguridad del Estado.

El hombre sin límites a su alrededor es alguien que no tiene como oponerse a que ciertas entidades, supuestamente superiores a él, se le aproximen sin parar, hasta que más que ocupar su conciencia se transformen en ella. Al terminar ese proceso el tal individuo que alguna vez fue humano se convierte en nada más y nada menos que en una cotorra que repite una y otra vez los pensamientos del Tirano.

Aclaro que esto no es óbice para que la Cotorra viva muy feliz, porque de hecho si de algo se ha ocupado el Tirano es de crear las condiciones idóneas para dejarle al animalito lo que sí no estaba dispuesto a ceder: el perpetuo remeneo de la apretazón en la conga sin fin, ni fines. No cabe más que admitir que el régimen político cubano es entonces el resultado de la transacción entre la Cotorra conguera nuestra y Fidel Castro: la Cotorra ha exigido que se le respete su pachanga metafísica, y a cambio ha estado dispuesta a repetir hasta el cansancio todo lo que a los castristas les interesara particularmente. Que con Fiesta, Pachanga y esa particular filosofía promocionada por la ideóloga del régimen, la compañerita Laritza Bacallao, nuestra  cotorra ha tenido y tiene lo muy bastante. Porque señores, no se engañen, pensar por uno mismo provoca insomnio, te tira por los suelos la comisura de los labios y le quita a uno el ánimo gozador; y si algo nos jode a los cubanos es perder esto último.

Resulta significativo el que Fidel Castro impulsara fuertes sistemas de educación y salud pública, mientras que en realidad no dedicara un segundo de su ininterrumpida actividad, por el bien del pueblo, a intentar superar el ancestral problema de nuestras  viviendas demasiado gregarias. Lo cual contrasta con su propuesta de crear un hombre nuevo. Porque sin lugar a duda de no solucionarse el amontonamiento cubano nunca se despejaría un espacio vital amplio para el individuo, en que este pudiera llegar a convertirse en persona, para luego alcanzar a ejercer la soberanía nacional como ciudadano de una República, dizque Socialista.

Mas el caso es que el interés de Fidel Castro no era el de formar ciudadanos, ni mucho menos hacer República; sino hormigas -en este caso hormigas locas- y hormigueros, controlados subconscientemente por el Hormigón en Jefe, que así podía quedarse con la tal soberanía nacional solo para él. No era algo tan irrealizable, adivinó muy pronto, ya que para quedarse con ella solo tendría que mantener a los cubanos en su ancestral cachito bullanguero de mundo; o sea, evitar que alrededor de los cubanos nuevos se excretara un espacio vital íntimo de existencia.

De hecho a ese tal hombre nuevo el plan era crearlo en la escuela nueva, unos campamentos en que cientos de niños y jóvenes vivirían en edificios en medio del campo, dedicados al trabajo agrícola, y a la aprensión de conocimientos, que no al estudio. Porque resulta evidente que para poder hacer esto último se requiere de una mente aislada que reflexione por sí misma, algo que muy poco probablemente podrá darse en medio de un albergue en que conviven apiñados decenas y decenas de adolescentes. A no ser, claro, en esas rarísimas excepciones que siempre aparecen, y cuya vida allí no podrá ser más que un calvario, por su “extrañeza”, el peor pecado humano para el hombre amontonado cubano.

En general, y con toda intención, al asunto de la vivienda y la apretazón vital el Comandante le tiró con la mano izquierda. Así, salvo las múltiples comunidades de jrushchovinas que se levantaron para sacar a los guajiros de su ancestral aislamiento, y por tanto para eliminar a esa subcultura cubana poco asimilable en sí misma para los planes rebañísticos del castrismo, este régimen no se ocupó en verdad de los graves problemas de la vivienda popular. Y cuando lo hizo, como en este caso, fue para embutir a los agraciados en esas edificaciones, típicamente soviéticas, en que en el trópico los humanos solo pueden vivir como las aves de cualquier abarrotada colonia en los huecos de un acantilado costero. Con lo que así consiguió extender la cultura de la Apretazón y los estados alterados de la ciudad al campo.

Otro rasgo que demuestra lo dicho es el uso que se le terminó por dar a las viviendas de las clases que bajo influencias foráneas, o gracias a ciertos avances tecnológicos (ventiladores, aires acondicionados, altura de la edificación, por tanto más abierta a las brisas cubanas y alejada a su vez del calor del pavimento y también de nuestra omnipresente bulla), desde fines de la Colonia habían comenzado a construirse una habitación más propia para conservarse un amplio espacio íntimo. Estas viviendas, cuando estas clases comprobaron que la Pachanga Revolucionaria tendía más que a desaparecer con el tiempo, a convertirse en filosofía de vida oficial del régimen,  y por lo tanto emigraron, fueron destinadas solo a la élite política. O a ciertos especialistas que les eran muy necesarios, muy destacadamente a la intelectualidad dedicada a crear una falsa imagen de la vida cubana destinada a las intelectualidades de izquierdas en Occidente (Por favor, si no me cree averigüe donde viven los personajes principales del programa televisivo La Pupila Asombrada).

Mas como no eran pocas esas viviendas, ya que la clase que caminaba a bajarle el volumen a la pachanga y la bulla se había extendido durante los últimos veinte años de República, la gran mayoría de ellas se optó por destinarlas a oficinas, o a escuelas, o a policlínicos, o a bullangueras bibliotecas públicas. Todo menos a intentar sacar de la gran Cuartería Nacional a las clases que, por el contrario de las mencionadas, no habían descubierto todavía ningún motivo para no encontrarse a sus anchas con la apretazón y el espíritu conguero.

Porque en un final el proyecto castrista no se limitaba únicamente a la escuela nueva, sino que pretendía que los individuos formados en ella continuaran viviendo como hasta allí, amontonados y privados de un área íntima real. Así, tras unos esperanzadores primeros años en que el régimen aparentó querer ir en dirección contraria, muy pronto el compañero Fidel comprendió que sí, a Santa Camila y sus chulos se los podría convertir en empleados de la gran Botella Nacional, ese pleno empleo pero sin objeto real de trabajo que no tardó en imponerse bajo el castrismo, pero que por el contrario mejor se los mantenía viviendo apiñados en su solarcito de La Habana Vieja. Fue por entonces, 1965 más o menos, que los cubanos le perdieron el rumbo a Pastorita Núñez. Quien, por cierto, prefirió ir a pasar su vejez en Santovenia, una íntima institución de la Iglesia, que en cualquiera de los barracones de esclavos que en Cuba pasan por asilos de ancianos.

Muestra de lo dicho es que tras volver de una visita a Korea del Norte, a fines de los ochentas, Fidel Castro explicitó como nunca antes, o después, en que consistía su verdadera aspiración en estos temas de la vivienda. De la cual, por cierto, Alamar ya daba buena cuenta desde algo antes.

En su discurso correspondiente se le escapa de cuando en cuando su fastidio porque alguien no nos hubiera reducido a ruinas a La Habana, a la manera en que los B-29 americanos lo habían hecho antes con Pyongyang. De haber ocurrido así, reflexionaba, se podría haberla reconstruido a la manera de aquella ciudad coreana. En que según él la describe los diferentes conjuntos de jrushchovinas se amontonan alrededor de un punto central, donde los individuos que allí viven pueden encontrar todo lo que se les suministra normado para vivir, y desde dónde además, aunque esto no lo dice él, son vigilados por todo el cuadro administrativo-represivo del régimen. O sea, la aspiración del compañero Fidel era educar a la sociedad cubana en campos de trabajo, y memorización, las escuelas nuevas mencionadas, para a su llegada a la adultez trasladar a sus súbditos a vivir en prisiones panópticas. Prisiones sin duda, ya que el objetivo de esa concentración de servicios bajo la torre central de vigilancia es dejarle muy pocos motivos al habitante de esas comunidades para alejarse de ellas; salvo para ir a trabajar, si es que no se ha podido conseguir un empleo precisamente allí, en el núcleo central.

Por cierto, exteriorizaciones de este deseo de tenernos muy controlados, sin alejarnos de nuestro punto de nacimiento, renacen en los discursos postreros del Comandante, cuando se queja de los muchos viajes por gusto que hacíamos los cubanos en la década de los ochentas. Últimos años en que en Cuba existió un sistema de transporte público. Así, cuando la abundancia relativa de la relación con Venezuela permitía reponerlo en cierta medida, Fidel Castro prefirió crear universidades y editoriales municipales, montar hospitales a este nivel mejor equipados que otros muchos provinciales, y en general se propuso crear una cierta autonomía municipal que no le diera justificaciones plausibles al cubano para verse obligado a moverse muy lejos de su precaria casa en el hormiguero correspondiente.

Cabe aclarar que esta autonomización del municipio corre en paralelo con una vuelta de tuerca más en la recentralización de un estado, el castrista, que siempre ha sido muy central y vertical; y que por otra parte son estos también los años en que nuestros segurosos comienzan a recibir motos Suzuki chinas para desplazarse, ya que se suponía que su trabajo de atención comenzaría a ser principalmente solo local.

El proyecto de norcoreanizar del Comandante, por cierto, nunca se realizó no tanto porque nadie no nos hubiera hecho el favor de convertirnos en ruinas al país, que de todas maneras esa ha sido siempre la tendencia natural del castrismo, y por otra parte, muy bien sabemos que sin argumentos contrarios que valieran, si a Fidel Castro se le hubiera metido en la cabeza desbaratarlo todo de una buena vez habría encargado cinco millares de buldóceres para echar abajo no ya La Habana, sino el país. El asunto estaba en que el Comandante estaba muy claro de sobre qué transacción con la cultura del país se sostenía su gobierno, por lo que prefirió no menearlo. Total, si aquí no hacía falta mantener esa vigilancia continua que parece era la única forma de controlar a los desabridos coreanos, o a cualquiera de esos otros pueblos tristes que solo encuentran en las insurrecciones populares lo que los cubanos ya tenemos bastante en nuestra vida normal: bulla, excitación, apeñuscamiento. Por el contrario, con dejar vivir a los cubanos en su ancestral apretazón ya bastaba para mantenerlos bastante contentos y alterados, y por lo tanto con pocas posibilidades de ensimismarse, ese peligroso estado que entre los súbditos solo augura problemas para sus tiranos.

Podrán algunos replicar que el esfuerzo educativo y la actual lucha contra la banalidad cultural, demuestran que contrario a lo aquí sostenido el castrismo sí intentó, y aún intenta, cambiar la matriz cultural alterada de la cubanidad.

Sin embargo, el análisis de algunas de esas acciones demuestra claramente lo contrario. No cabe duda, por ejemplo, de que si por un lado se promueve la alfabetización universal, y por el otro se establece un férreo control sobre lo que el ciudadano puede leer, el objetivo no era crear ciudadanos conscientes, capaces de formarse un criterio propio y en base a él consensuar con sus conciudadanos las decisiones generales en el ejercicio de la plena soberanía nacional, sino hacerse con un medio de comunicación más, la lectura, para manipular con mayor eficiencia a la opinión pública por una élite que se ha reservado para sí el ejercicio de esa soberanía nacional. Esto fue precisamente lo que se hizo en Cuba, y por lo tanto no puede afirmarse que la alfabetización universal tuviera como objetivo ampliar la base cultural del cubano. Su intención solo era tenerlo más controlado.

Otro ejemplo lo es la actual política de enfrentamiento a la banalidad cultural, defendida por una élite de comisarios culturales que no puede ser más banal y simplista en sus argumentos. En realidad el tal enfrentamiento, concretado en el Decreto 349, solo ha servido hasta ahora para reprimir, de forma aparentemente legal, y hasta legítima para una parte de la población preocupada por el fenómeno de la banalización, a los creadores que pretendemos mantenernos independientes de las instituciones culturales del régimen. Para impedir nuestros esfuerzos por asociarnos o de divulgar nuestra obra hacia el resto de la sociedad. Lo cual ocurre mientras el reggaetón campea por sus respetos no solo en los guetos en que han terminado en convertirse los barrios cubanos, con el beneplácito silencioso de un régimen que sabe que de la alteración consecuente a tal forma cultural nunca podrán venirle amenazas de grupos organizados y con un discurso capaz de resistir sus ataques[ii]. Mientras en general ese género musical se oye incluso en escuelas, centros de trabajo, o en cualquier fiestecita particular de los miembros del cuadro administrativo castrista.

Más allá de cualquier visión superficial de la realidad cubana, resulta incuestionable que ni la educación, ni la cultura, salvo a resultas de los esfuerzos aislados de muchos que han actuado a contrapelo de las verdaderas intenciones del castrismo, ha servido para sacar al cubano de su estado alterado constitutivo, y para convertirlo en ese ciudadano consciente, ensimismado cuando hace falta, imprescindible con su participación a todo proyecto social que merezca ser calificado de progresista. Por el contrario, la educación censurada, memorística, en que poco o nada se hace por encender el criterio propio en el educando, o la cultura promovida por las instituciones estatales del brincoteo, de la creación literaria en talleres, del cine con productores del MININT, de las formas carnavalescas, de lo populachero, nos habla a las claras de la verdadera naturaleza, profundamente conservadora, incluso retrógrada, de ese proceso social llamado castrismo.

Resumiendo, compañeros, que mis vecinos han quitado la música y voy a aprovechar para ensimismarme un rato: El castrismo se ocupó de dar servicios asistencialistas al tipo cubano ya existente, como cierta cantidad de productos básicos normados, o salud pública, pero no de intentar crear las condiciones necesarias para que el despreocupado y poco reflexivo cubano se transformara en un ciudadano consciente y muy activo. Más bien ha intentado impedirlo de manera consciente al mantenerlo sometido a las condiciones de demasiada cercanía que él mismo cubano se creó al evolucionar en el medio cubano prístino.


[i] El cubano, por lo menos el que permaneció en la Isla a posteriori de 1959, y buena parte de los que se largaron pero después de 1978, ya era en un 96% lo que es hoy para enero de 1898, cuando los últimos soldados españoles abandonaron Cuba.

[ii] Los reguetoneros, con todo y su aparente guapería, son los representantes de nuestra “cultura” más “apolíticos” de nuestra historia. Anda por ahí la historia de las diarreas que al Chacal le produjo la visita del compañero asignado a atenderlo, las cuales solo se le curaron tras semanas de bismuto mañana y tarde.

Deja un comentario