Foto: Holocaust Memorial, Miami, EE.UU.

París, 26 de junio de 2020.

Querida Ofelia:

Acabé de ver los vídeos que filmamos en tierras floridanas durante las Navidades  que hice con la cámara de Mirna. También el que me regaló Tony sobre la fiesta de cumpleaños de Rolo y el que me regaló Ruth, donde están nuestros tres últimos viajes a la Florida, más el de ella y su familia en la bella Lima, en el verano pasado.

Al regresar de Miami nos encontramos con un París a – 4°c. Miraba por la ventana de la sala y apenas se veían las ramas desnudas de los tres árboles más cercanos, sabía que a 100 metros había otro edificio de 6 pisos, pero la niebla me impedía verlo.

Aquí en enero todo es gris, infinitamente gris. Además, como ya habían desmontado todas las decoraciones lumínicas de las calles y parques, es un mes triste. Hay que esperar a febrero para que con las fiestas de San Valentín y las de los carnavales, regresen el bullicio y la alegría. ¿Será ésa la causa por la que hay tantos suicidios en ese mes?

Mientras estoy escribiendo, escucho algunos discos que me regalaron en América, en este momento uno de Carlos Vives. ¡Qué bien canta! Nos hicieron tantos regalos: discos, libros, corbatas, pinzas para el hielo, un joyero, juegos de tazas de café y de copas, maquetas de automóviles, portarretratos, imágenes religiosas, platos de pared, cajas de bombones, dulces en conserva, café, una maleta, etc. Una querida amiga me dijo que era negocio irse a vivir a París y regresar de vacaciones a Miami.

Pudimos ver, conversar y compartir con amigos y parientes que queremos y que nos quieren, lo cual nos hizo “cargar las pilas” hasta el próximo viaje. Todos hicieron lo máximo posible para complacernos, en nombre de viejos tiempos llenos de recuerdos de niñez, adolescencia y juventud, de un pasado común compartido en tiempos que aunque difíciles, nuestros padres hicieron todo lo posible para que fueran llevaderos y hasta felices. Era una época de amistad sincera, cuando aún los dólares, euros y el turismo sexual no habían comenzado a corromper a la Perla de las Antillas. Cuando a pesar de todos los esfuerzos de los «compañeros», no lograron hacer de nosotros el “hombre nuevo” con el que soñara el Dr. Guevara de la Serna.

Llegamos a Miami el día 24 de diciembre a las 8 p.m. Habíamos dejado atrás a un París repleto de luces de Navidad en sus calles, tiendas y en pleno frenesí de consumo. La capital del exilio cubano nos pareció austera, pues aunque numerosas casas estaban cubiertas de luces y con pesebres exteriores, donde al lado del Niño Jesús y la Virgen María aparecían anacrónicamente Santa Claus con renos y trineos, las calles como tales no estaban iluminadas ni decoradas como en Europa.

Habíamos almorzado en el avión de United Airlines entre París y Washington y casi al llegar a la capital de los EE.UU. nos habían dado una merienda. Allí tomamos un avión con asientos ‘ortopédicos’ hacia Miami y durante ese segundo vuelo, nos dieron un bocadillo tieso incomible con un pastel de manzana de sabor plástico. Lo único que se podía comer eran los cacahuetes, pero tengo que confesar que la Coca-Cola era de gran calidad. Al llegar a casa de Luisita y Carlos no fuimos capaces de comer el lechón ni nada de la cena típica cubana que estaba preparada.

El día 25 la primera visita fue la de Manrufo, mi viejo amigo, al cual Ileana y Mercy  habían “corrido una máquina» sobre mí y Manrufo dignamente me había defendido, sirviéndome de abogado magistralmente. Después nos enteramos por él mismo y por Gilda, la historia de la caída de un muro en Miramar, en un parque de nombre mexicano. ¡No sólo en Berlín cayeron los muros!

Pasamos toda la tarde del día de Navidad en casa de Enriquito y Milagros, los eternos primos de Madrid, con los cuales tantos buenos momentos hemos pasado. Allí se reunió el familión, todos amabilísimos. ¡Qué cena con lechón, tamales y todo lo de la riquísima cocina cubana! Yoly parece «un manequin français». Concha, cariñosa como siempre, es la suegra ideal. Kike, mi ahijado, es alto como una palmera real y tiene cara d’Artagnan cubano. Mary con su eterno sentido del humor. Pacachín, observador, discreto, reservado, habla poco, pero cuando habla…

¡Qué bien la pasamos! Recordamos las Navidades pasadas juntos en Madríd. Allí sólo faltaban: Fefa, Machito y Chicho, para que la felicidad fuera completa.

Estuvimos en casa de Carmita, la cual conserva mucho de su belleza juvenil. Su ex esposo Miguel dirige la revista «Camajuaní», que trata de unir a los camajuanenses que viven a ambos lados del estrecho de la Florida, separadas geográficamente pero no espiritualmente. Recuerdo cuando de niños íbamos con Carmita a la finca de Ismael a bañarnos en el manantial, al cual llamábamos El Charco.

Ismael era una especie de “cow-boy” cubano, que venía al pueblo a caballo. Se parecía a John Wayne, de piel curtida por el sol, mirada de ojos azules intensos; hombre muy educado y respetuoso que por las tardes saludaba a mi abuela con un: “Buenas tardes, Doña Aurelia” y seguía para la enorme cocina donde había en permanencia un jarro bajo el colador de fieltro con café. Murió de cáncer un p 25 de noviembre. Su figura caballeresca debe faltar en aquel pueblo perdido en un hermoso valle del centro de la isla.

Estuve en la librería La Moderna Poesía de la cubanísima Calle Ocho. En la puerta principal hay tres etiquetas, en la primera se ve la foto de Eliancito con el escrito: “When voting’…remember Elian! Wake up America. Operación verdad”. En la segunda: “Abajo el comunismo, Viva Cristo Rey”. En la tercera se puede ver una balsa con un balsero que trata de llamar la atención alzando la mano con un pañuelo; el cielo está cubierto por una bandera cubana y a su lado está escrito: Hermanos al rescate.

En el interior de la librería se puede comprar todo tipo de libros sobre Cuba: de historia, arte y literatura prohibidas en la isla por los “compañeros” censores, desde “La Tierra y sus Recursos” de Levi Marrero, las Aritméticas de Baldor, postales de La Habana de los años 30 a 50, estampas de la Virgen de la Caridad, llaveros, etiquetas, almanaques, etc. Al fondo de la caja central un gran poster la cubre y en él se ve a Eliancito con un Niño Jesús en los brazos, en sus únicas Navidades en el Mundo Libre. Sobre él un escrito proclama: Elián conoció a Cristo…otros lo niegan.

Fuimos al Downtown, repleto de torres de cristal como en cualquier parte del mundo. Aparte de dos o tres edificios de los años cuarenta hechos con piedra tallada como la Torre de la Libertad, lo demás no presenta ningún interés especial. Lo original son las joyerías, numerosísimas, donde el oro es tanto que llena las grandes vitrinas. Vi una enorme medalla de San Lázaro, cuyos ojos eran dos esmeraldas y los de los perros eran rubíes, mientras que Santa Bárbara tenía una corona de brillantes y copa con rubíes. Una medalla de la Caridad del Cobre de unos 10 centímetros de diámetro lucía en una vidriera. Las cadenas de oro parecen de bicicletas y las manillas – casi todo de 14 quilates- de unos seis centímetros de ancho con los nombres puestos de relieve con brillantes son impresionantes. Muchas personas parecen verdaderos árboles de Navidad ambulantes. El público de esa zona es popular. Vi mucho diente de oro. Una señora llevaba a una bebita en brazos de unos dos años llena de joyas y como era muy gordita, con sus cadenas, pendientes, manillas, sortijas y esclavas en cada brazo, lucía como algo surrealista tropical.

Fuimos con Elisa a cenar al Versailles, donde se come bien y con una magnífica relación calidad precio, esa noche comimos: ropa vieja, arroz congrí y tostones. Te sirven tal cantidad que no hay estómago que no se pueda llenar con tal cantidad de comida.

Elisa ahora quiere ser joven, se hizo la cirugía plástica en los párpados, ahora se la va a hacer en los senos, después será en los muslos y más tarde en los glúteos. Ella conduce con una sola mano a gran velocidad mientras que con la otra no para de hablar (gritar) por el móvil. Creo que lo que debería hacerse es una cirugía para obtener la serenidad, pero aún no se ha inventado ese tipo de intervención. Su alteración es tanta que la cabeza le sirve para llevar la desenfrenada cabellera rubia oxigenada.

Estuvimos a punto de tener un accidente en la calle 42, lo cual provocó la subida de la presión a mi esposa. Por suerte que Ileana existe y gracias a ella se logró controlarle la presión hasta la llegada a la Ciudad Luz.

Muy patrióticamente y gracias a la gran resistencia de Papito, hicimos una peregrinación por los cementerios de la calle Ocho de Little Havana: Graceland Memorial Park y Woodlawn Park Cementery. En el primero visitamos la tumba de los balseros que llegan muertos a Tierras de Libertad. Consiste en un muro de mármol negro en forma de herradura, al centro del cual se alza una estatua de la Patria Cubana, copia a escala de la que está en el Salón de Los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional en San Cristóbal de La Habana. A ambos lados se encuentran las banderas de Cuba y de los EE.UU. en sendas astas. Al frente se alzan dos hileras de 12 espléndidas palmeras reales.

En el segundo cementerio vimos en el Panteón de la familia Bacardí, el cual es de granito gris, también en la tumba de Carlos Prío Socarrás, la cual consiste en una lápida vertical de granito gris en lo alto de la cual está representada con mosaicos la bandera de la Estrella Solitaria. El panteón de los Somoza está enfrente y un poco más allá la blanquísima tumba de Mas Canosa, con dos banquitos a los lados y una llama eterna, símbolo de la Libertad que quería para su Patria y que desgraciadamente no llegó a ver. La tumba tenía colocadas 12 jarras de flores de pascuas rojísimas (color que de seguro Mas no apreciaría) y que hacían un bello contraste con la bandera esculpida en el mármol blanquísimo, bajo el sol miamense.

Visitamos la tumba de mármol beige del general Gerardo Machado, sobre la cual alguien había depositado un clavel rojo. Se encuentra al lado de la de Paulina Grau. Más allá, algo muy curioso: vimos dos sepulturas de mármol beige sobre las cuales había sendos arbolitos de Navidad decorados con guirnaldas doradas y lazos de terciopelo rojo. Estuvimos en el monumento a las víctimas del comunismo en Cuba y al de los Mártires de la Bahía de Cochinos.

El cementerio está lleno de tumbas de cubanos, muy probablemente a la espera de ir a descansar eternamente junto a sus antepasados, en la tierra que los vio nacer.

Paseamos por la calle Ocho hasta el Parque Máximo Gómez, donde había numerosos viejitos que estaban jugando al dominó. Un cartel bien a la vista mostraba el reglamento. Entre las cosas que se prohíben están: gritar, escupir en el suelo, decir palabras obscenas (malas palabras) –así bien especificado entre paréntesis–, estar en camiseta o en chancletas. Al final de la lista dice: “los violadores de estas reglas estarán sujetos a suspensión de dos a cuatro semanas”.

Estuvimos en la “Botánica de la Negra Francisca”, allí había todo lo que se puede imaginar para los ritos de la santería y de los cultos sincréticos afrocubanos. Queda exactamente enfrente al monumento a los Héroes de abril de 1961 con su Llama Eterna.

Pasamos por el Teatro José Martí, el cual está en un estado deplorable, digno de ser demolido y por el Martí Park, en una esquina, debajo de dos puentes. El busto del Apóstol de la Independencia de Cuba está en un lugar de muy dudosa respetabilidad.

Nuestra peregrinación por Little Havana terminó en la modesta casa de Eliancito. Allí nos encontramos con el célebre tío abuelo Delfín, el que fue muy amable con nosotros. Nos dijo que iban a convertir la casa en museo. Vimos varios posters en la pared con la cara del niño más famoso de la historia de Cuba, con el escrito Reward. Attention! Missing Child! Las banderas de Cuba y de los EE.UU. en sendas astas flotan en el minúsculo jardín, mientras que un Cristo de unos seis pies y medio cubre la fachada izquierda a la sombra de la bandera cubana, para recordar la tragedia que allí tuvo lugar.

Pasamos una magnífica velada con Cusita mi prima y su familia en la casa de su nieta María Esther ¿Cómo logra esta chica tener ese aspecto tan juvenil? Ella que tiene cuatro hijos que parecen jugadores de fútbol rugby, casa, marido y trabajo a tiempo parcial. Tiene una voz bellísima y hace giras con su esposo por los E.U.A. y por la América Latina como cantante de música religiosa. Me regaló varios CD que es un placer escuchar. El esposo es quien compone música y letra de sus canciones. ¡Escucharla es un regalo para el oído y el Alma!

Mayra, la eterna Amiga del Alma, nos dedicó todo un día. Para ella debe de haber sido una especie de Carrera de Maratón, pues nos confesó que nunca en su vida había caminado tanto. Recorrimos el Art Deco Historic District, que es una verdadera maravilla. Es un barrio espléndido construido entre 1920 y 1940, con fachadas de colores pastel: rosa pálido, azul cielo, limón claro, salmón, etc. con curvas que dan deseos de acariciar. Dejamos el coche enfrente al impresionante Holocaust Memorial, a orillas del Collins Canal. Consiste en una gigantesca mano de un moribundo que parece pedir al cielo la salvación, de ella se desprenden los cuerpos famélicos de decenas de condenados a morir en las cámaras de gases. Todo rodeado por un túnel y un estanque con flores de loto. Salvo el bronce de la gigantesca mano, todo lo demás está hecho con piedra traída desde Tierra Santa.

Caminamos por todo Ocean Drive, donde visitamos los bellísimos hoteles: Ritz, Plaza, Delano y Nacional, vimos los famosos inmuebles: Cavalier, Cardozo, Carlyle, Leslie, The Tides, The Imperial, Park Central y la Casa Casuarina, en cuya puerta fue asesinado su célebre propietario, el modisto italiano Gianni Versace.

Almorzamos en el Lario’s, restaurante de Gloria Estefan. Yo me comí un espectacular pan con lechón cubano. Curiosamente este edificio está pintado de marrón, lo cual rompe con la deliciosa estética de la avenida.

Subimos a pie (¡Pobre Mayra!), por toda la Washington Avenue y visitamos sus espléndidos inmuebles: The Wolfsonian, Old City Hall, hasta la Española Way, calle de tremenda onda, con estilo neomediterráneo español, por lo cual te parece que estás en un pueblo andaluz. Terminamos recorriendo toda la calle Lincoln Road Mall. Bajamos por una acera y subimos por la otra, allí se alzan inmuebles de mucho cachet impecablemente restaurados como el Colony Theatre, el Sterling Building y el Lincoln Theatre, este último recuerda al Cine Fausto del Prado habanero.

Había parejitas de gays que paseaban románticamente tomados de las manos, así como viejas damas delgadísimas y bronceadísimas, verdaderas momias anoréxicas ambulantes, disfrazadas de pepillas locas. ¡Qué duro es envejecer para algunos!

Regresamos al coche y nos fuimos por toda Collins Avenue hacia el norte hasta un centro comercial llamado Bal Harbour Shops, es lujosísimo. En su planta baja están concentradas las boutiques de alta gama: Chanel, Dior, Cartier, Boucheron, Gucci, Zegna, etc., mientras que en la planta alta todo es caro y de un gusto dudoso. Estaba decorado con pirámides de flores de pascuas naturales. La clientela de ese día era decepcionante, muchos pijos y pijas o viejas damas cargadas de maquillaje y de joyas inapropiadas para esa hora vespertina. El aparcamiento estaba lleno de coches de alta gama: Ferrari, Porche, BMW y Mercedes e incluso algunos de esas especies de carros fúnebres larguísimos que llaman Limousines. Al regreso nos detuvimos en una guarapera del S.W, en un lugar de cubaneo intensísimo.

En la próxima carta te seguiré contando sobre nuestras aventuras en la Capital Cubana del Exilio.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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