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A 78 años de la Batalla de Inglaterra

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José Gabriel Barrenechea.
De volver a nacer, y con el poder de elegir en dónde, a qué dudarlo, sería cubano de nuevo. Pero no sé, quizás en parte por tener alguna propensión natural a vivir en una Isla, y por no soportar esa sosa y plebeya manera de matar el tiempo de vida llamada American way of life, de verme precisado a escoger otro lugar de nacimiento solo sería en las Islas Británicas.
Se cumplen este verano-otoño 78 años de la derrota de la República Francesa frente a la Alemania Nazi y la Italia Fascista, y de que el Reino Unido de la Gran Bretaña se quedará totalmente solo frente a esas dos potencias totalitarias, además de la Rusia Burocrática, o el Japón Militarista.
Nacido en uno de los dos bandos de la Guerra Fría, a inicios de los setentas, la Segunda Guerra Mundial conformó buena parte de mis imaginarios personales.
Algo extemporáneamente ya para mi generación, yo soñaba con la gloria militar. Mas no me obnubilaba el militarismo en sí. Nunca fueron los nazis mis héroes, muchísimo menos a posteriori de aquella memorable línea de mi adorado Indie: “Nazis, I hate this guys”. En cuanto a los soviéticos, a pesar de que todo alrededor se empeñaba en presentármelos como los modelos, nunca pude comulgar por completo con ese sentido carneril que sospechaba en ellos. Mis ídolos resultaron ser los británicos, y de ello los que de seguro desbarrarán de mí en los comentarios pueden culpar a mi hermano: Jorge Luís Barrenechea.
A los seis años mis padres, que siempre me los habían comprado de plomo, de los que vendían a la entrada del Zoológico de Veintiséis, me regalaron mi primer juego de soldaditos plásticos. Eran siete pequeños ejércitos, con sus banderas, cañones y hasta tanques. Porque a diferencia de los napoleónicos de plomo, estos eran reproducciones de combatientes de la por entonces muy reciente Guerra Mundial.
Al sacar de la caja el nailon con unos soldados en shorts, y tocados con cascos de amplios aleros, mi hermano soltó por sobre mi hombro, “esos eran los mejores soldados de la Segunda Guerra Mundial”: Eran Ratas del Desierto, británicos de los que lucharon en el norte de África.
Recuerdo, además del olor a plástico flamante, la extraña (no tenía estrellas, por ejemplo) pero fascinante bandera que los acompañaba: la Union Jack. Aun hoy ese momento se me aparece mucho más nítido en mi memoria que un montón de otros muy posteriores que he conservado en ella.
Y es que mi hermano tenía razón. Después de leer no sé cuántas veces las palabras de sir Wiston Churchill aún me erizan los pelos de la nuca: “We shall fight… We never surrender”.
Para quienes lo desconocen, o simplemente no quieren acordarse a estas alturas, fueron pronunciadas cuando el Reino Unido enfrentaba, solo, a cuatro poderosas potencias totalitarias. Por un año, tras la caída de Francia en junio de 1940 y hasta que el totalitarismo alemán atacó al soviético en junio de 1941, el Imperio Británico se enfrentó en solitario a aquellos dos, además de a Italia y a Japón. Y los combatió por todo el planeta, en el Extremo Oriente, en el Mar de China, en los accesos por el este de la India, en Siria, en Grecia, en Francia, en Noruega y Finlandia, en el norte de África, frente a las costas de Uruguay o de Islandia, en las aguas y cielos de todos los océanos del mundo, sobre Gran Bretaña o aun la misma Alemania… Si el totalitarismo, de cualquier signo, no se le impuso al mundo entero en el siglo XX se debe en gran medida al gigantesco sacrificio británico.
La imagen de todo el pueblo británico, desde pescadores hasta ladies, que con sus barcos y botes marcharon a rescatar a sus soldados atrapados en Dunkerke; de mujeres y hombres de las más distintas condiciones que solo obedeciendo a sus conciencias, no al CDR o al Gran Líder, salieron a desafiar el poderío nazi, es quizás el ejemplo más alto de lo que una sociedad abierta puede conseguir.
Aclaro, no obstante, que la Gran Bretaña no es para mí solo un conmovedor recuerdo de la fuerte influencia de mi hermano en mi vida (ya es bastante), o la conciencia de que si el siglo XX no se cerró con el triunfo de los totalitarismo, en no escasa medida se lo debemos los habitantes del XXI a las británicas y británicos que entre 1939 y 1945 los enfrentaron con la parsimoniosa determinación que caracteriza a esa Nación.
La Gran Bretaña es para mí, además: Los Beatles, Led Zeppelin, Pink Floyd, Emerson, Lake and Palmer, Yes, Peter Gabriel, Queen, Oasis, Police, Cold Play, Sherlock Holmes, Hamlet, Romeo y Julieta (principe de Dinamarca, vecinitos de Verona, ¡te creo…!), Robin Hood, Ivanhoe, Sir Nigel, Dick Turpin, El Rey Arturo, Ginebra y Lancelot, James Bond y su paracaídas memorable, el Leviatán estatal, la filosofía de David Hume, las manos ocultas del mercado, la paradoja de la inducción, Isaac Newton, Edmund Halley, George Stephenson o Stephen Hawkins, o Charles Darwin, la constancia de que el timón de un auto no tiene por qué estar de este lado, la salsa de menta que casi mata a Obelix de hambre, el Capitán Scott, los HMS delante del nombre de los barcos de guerra, el almirante Nelsón, Peter O´Toole, Alfred Hitchcock, Ridley Scott, Lawrence de Arabia u Olivier, ¡Catherine Zeta Jones o Lady Godiva, que tanto me perturbó con su rubia blancura en mis noches de adolescente!, Charles Chaplin, George y Mildred, Benny Hill, Los Muppets, Peter Sellers, Mr. Bean, Edmund Burke, el té de las cinco, la puntualidad, John Milton, Jack, “El Destripador”, Mister Jeykell, Jane Austen, Siegfried Sassoon y Robert Graves, Aldous Huxley, “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, los poemas de Yeats, la anécdota del escritor contrahecho que ante la sarcástica pregunta de Carlos II a sus cortesanos, de “¿Para qué sirve este hombrecito?, respondió, “Pues para que vos andéis derecho, Majestad, para que vos andéis derecho”, o la de aquel marino que pudo soportar impasible todas las provocaciones del submarinista alemán, menos que escupiera en “nuestro océano mundial”, los tripulantes de la fragata Sheffield que relajadamente cantan Always Look on the Bright Side of Life, mientras el barco se les hunde en las frías aguas del Atlántico sur, los hobbits, Saurón y la Tierra Media, la guía del autoestopista galáctico, C. S. Lewis… y no quiero dejar afuera a unos tipos que me dieron un considerable por ciento de mi sentido del humor, y no poco de mi visión un tanto diferente de los “colonialismos” de la que pontificaba en Calibán Roberto Fernández “Ratamar”: Monty Python. ¡Con una sola escena!, aquella en que los miembros del Popular Front of Judea se preguntan en una de sus reuniones secretas ¿qué nos han traído los romanos?
¡No olvidemos nunca el inmenso legado británico, y mucho menos sus sacrificios por la causa de la Libertad!
No siente ningún remilgo en gritar este cuarentón, que de niño, allá por las postrimerías de los setentas, jugaba a ser un piloto de la RAF, y que en su spitfire imaginario derribaba a las docenas de messersmicht que intentaban destruir la cúpula de la Catedral de San Jorge. Porque mientras esa cúpula permanezca en pie, poco podrán hacer los dragones para retrotraernos al caos…

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