José Gabriel Barrenechea.

En una transición a la Democracia es muy importante la Historia. La probabilidad de que una transición democrática termine exitosamente depende, en considerable medida, de que los ciudadanos sean conscientes de que sus ancestros, con semejantes valores, gustos, costumbres… cultura nacional, hayan conseguido ya antes importantes logros en el camino de la democratización, o incluso de que generaciones de ellos hayan vivido por un determinado periodo de tiempo en una verdadera Democracia.

Esto compensa determinados complejos de inferioridad que en cuanto a una supuesta incompatibilidad entre idiosincrasia nacional y la Democracia puedan haberse inducido en los individuos de una Nación. En este sentido es que es importante, en el caso cubano, en que es perceptible ese complejo de inferioridad, plantearnos nuestra transición como una lucha por reimplantar la Constitución de 1940. Planteárnosla cual una vuelta a esa Democracia Cubana como las palmas reales que construyeron y vivieron nuestros bisabuelos, resumida en el texto constitucional sobre el que se sustentaba.

Nuestra propuesta al pueblo cubano, en consecuencia, es la de retornar a una Democracia Cubana que fue real entre el 10 de octubre de 1940 y el 10 de marzo de 1952, por casi 12 años. No empezar de cero, haciendo costosos experimentos o importando experiencias ajenas, que quizás no sean compatibles con nuestro natural cubano.

“Hacer Cuba grande de nuevo”, una propuesta que todos sabemos lo atractiva que puede ser para cualquier imaginario nacional.

No obstante, si bien la vuelta a la Constitución de 1940, como punto de partida simbólico en el regreso a nuestra tradición democrática, puede ser sin problema la bandera común, ella, como texto constitucional en sí, no tiene por qué serlo, ni de hecho es tampoco el destino final al que todos aspiramos. El deseo o el interés de ir más allá de ella es legítimo y hasta necesario. Lo segundo en cuanto a ciertos aspectos suyos muy restrictivos para la comunidad cubana transnacional surgida a resultas de lo sucedido a posteriori de 1959, dígase la imposibilidad de tener otra nacionalidad aparte de la cubana; lo primero en cuanto al interés que muchos tengan en cambiar su marcado signo socialdemócrata, que no comparten, ni tienen por qué compartir.

Es por ello que proponemos volver a la Constitución de 1940, pero solo para dentro de su marco constitucional consensuar si debemos reformarla parcial o totalmente, y en caso de decidir cualquiera de estas dos posibilidades, hacerlo según ella dispone para cada uno de esos casos, en sus claros mecanismos de reforma parcial o total.

En esta propuesta el primer paso en la transición sería proclamar de nuevo la Constitución de 1940. Sea por el gobierno actual, o por el provisional que asuma a la caída de aquel. En un proceso, que necesariamente será gradual, habrán de irse poniendo en vigencia más y más partes de la misma, hasta que por fin, tras las correspondientes primeras elecciones libres, realizadas bajo lo dispuesto por ella, vuelva a estar por completo vigente. Quizás con algunas reformas menores, tomadas por el gobierno de transición, que tengan que ver con el facilitar la participación política plena de los emigrados y quienes posean otra u otras ciudadanías, además de la cubana.

Nada nos asegura que nuestras acciones nos permitan salirnos con muestras intenciones, pero sin duda hay caminos más seguros que otros. Plantearnos nuestra transición como un regreso a una Democracia Cubana que ya nuestros ancestros, con semejantes defectos y virtudes idiosincráticos que los nuestros, han construido y vivido, es uno de esos más seguros caminos.

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