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Home Firmas

El inefable estilo de la Cubanidad

José Gabriel Barrenechea by José Gabriel Barrenechea
6 juin 2018
in Firmas
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Cuba no ha contado nunca con la población necesaria para haber tenido la demanda que garantizará la existencia de una cultura propia.
No obstante, es indudable que Cuba tiene una cultura propia, distinguible, y por demás increíblemente poderosa.
¿Cómo se explica esto?
Cuba es una Nación de frontera, de encrucijada, en que la cultura propia no se define por unas formas claras que permanecen relativamente invariables con el paso del tiempo. Cuba es una Nación en que esa cultura propia se define por algo más tenue, por un espíritu, por un estilo que es el que permanece.
Cuba no es Brasil, o Méjico, en que las formas resisten las arremetidas de la “penetración cultural” foránea a la manera de un hoplita que se resguarda tras de su escudo ante una carga de caballería meda. Sobre todo porque a diferencia de nosotros esas formas brasileñas o mejicanas han contado siempre con un vasto horizonte demográfico que les permite subsistir sin grandes problemas. Cuba, por el contrario, solo puede vivir abierta a todos los vientos del mundo. La cultura cubana es mucho más y mucho menos que fijeza de ciertas formas, es dialéctica de reinterpretación interminable de todo lo nuevo en el mundo. Reinterpretación que tiene un estilo, un espíritu, único y que nos define mucho más que un baile nacional que ya nadie baila, o una forma poética que espontáneamente muy pocos practican al presente.
La verdad es que mientras culturas como la brasileña o la mejicana podrían sobrevivir en el aislamiento[i], la cubana no.
Cuba, repetimos, no cuenta con la capacidad demográfica para tener una cultura de formas relativamente rígidas; pero es que tampoco su devenir histórico se lo ha permitido.
Cuba, situada desde sus mismos inicios en la encrucijada de los caminos mundiales, no es de aquellas domiciliadas al final tranquilo y aislado de alguna calle de las afueras. Cuba, no solo La Habana, por cierto, siempre ha vivido abierta a todo lo nuevo y en constante interacción con ello, porque solo así podía ser; y sin alcanzar ahora los 50 o 100 millones de habitantes es altamente improbable que fuera capaz alguna vez de hacerse de una cultura de formas fijas, capaz de sobrevivir en aislamiento, como algunos cubanos poco impregnados por nuestro estilo nacional desearían.
Ese ser de la cultura cubana más centrado en un estilo reinterpretador, transculturador, que en las formas, explica la desproporcionada influencia que en nuestros productos culturales, ya desde que nos convertimos en Nación en algún momento del siglo XIX, han tenido las nuevas corrientes mundiales. Eso explica también la mirada del artista o intelectual cubano demasiado centrada en el más allá, en “lo último de afuera”, y sobre todo su frecuente mayor inquietud por la recepción extranjera de su obra que por la nacional.
Pero eso explica además el que cuando los fanáticos defensores de unas supuestas formas cubanas rígidas han conseguido satanizar los intercambios fluidos, y hasta entorpecerlos para hacer prevalecer lo popular originario, de paso imponiendo por decreto la fosilización cultural, las propias formas culturales “populares” que se pretendía defender de esta manera se hayan rutinizado, caído en el rito, mientras la cultura toda se ha encogido, vulgarizado, descastado, hasta terminar por perder su riqueza y colorido natural (¿Se acuerdan?: María Caracoles…la que bailaba Mozambique).
Una mirada inquisitiva más allá de la horizontalidad de las superficies de nuestra cultura, que contrate nuestros periodos Republicano y Revolucionario, al menos en el caso de la música popular, la literatura, el periodismo, o el pensamiento, demuestran a las claras esta verdad. Ha habido en el segundo periodo más talleres popularizadores, mayores números en los movimientos de aficionados, o de artistas y escribidores ficcionados, en fin, más bulla y más enchufados de la ahora ubérrima teta del estado que en el primero, pero a la vez muchos menos ritmos populares, muchas menos obras canónicas, o muchos menos escritores, periodistas o pensadores con merecimientos para integrarse en cualquier canon cubano serio (en este caso me refiero a la producción oficial al interior de la Isla, sin dudas esta regla no se cumple para los márgenes o el exilio).
No nos engañemos, el que nuestros músicos o escritores vivan más colgados del afuera que del adentro no es algo nuevo, signo de la decadencia de los tiempos que se viven. Es un fenómeno de siempre, relacionado directamente con nuestra cultura. Solo que antes, al estar abiertos a las brisas de los alisios, a los sures de cuaresma, a las tormentas de polvo del Sahara, a los nortes de entre octubre y mayo… al digerirlos en las calderas de nuestro estilo, al transculturarlos, éramos capaces de hacer el mejor periodismo hispanohablante (gracias a Franco, pero solo en parte), producir docenas de nuevos ritmos, imprimir nuestros patrones radiales y televisivos al subcontinente… y es que hasta en el cine comenzábamos a penetrar la poderosa industria mejicana.
Sucedía así porque entonces actuábamos como lo que realmente somos: Una cultura nodo. Uno de esos pequeños centros mundiales adónde todo lo nuevo llega y es devuelto reinterpretado.
No hay, por tanto, nada reprochable en esa ansia por el afuera de nuestros artistas, al menos desde el punto de vista de nuestra cultura o mucho menos de nuestro pasado. Es lo que somos: Una cultura cosmopolita, un nodo donde se “transculturan” los elementos de la futura cultura global.
Por el contrario, para florecer otra vez Cuba no necesita más que desprenderse de la gruesa costra de inmundicias con que, a modo de armadura, de innecesaria armadura, dígase por lo claro, han aprisionado a nuestra vigorosa cultura esos individuos roñosos que no han tenido el privilegio de nacer con el estilo de la cubanidad en sus venas.
[i] Hablamos aquí de un cierto aislamiento cultural que ni de cerca podría llamarse absoluto. Tal no ha existido nunca. Ni aun antes de la Revolución Agrícola las bandas aisladas de humanos dejaron de interactuar ya no con sus vecinos, sino incluso con grupos distantes a veces centenares o hasta miles de kilómetros. La arqueología da suficiente cuenta de ello. Después existen evidencias de que a partir del año 2000 antes de Cristo al menos el Viejo Mundo se ha mantenido en interconexión casi constante, e incluso algunos sugieren que en los grandes períodos de tiempo los contactos se han mantenido incluso a nivel global.

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