Foto: Diana.

París, 2 de junio de 2020.

Mi recordada Diana:

Hace sólo seis días te volví a ver, pero tú no me viste. Tu mirada perdió el brillo, tus ojos verdísimos perdieron su esplendor. No me reconociste, para ti soy un ser extraño. Tu indiferencia fue tan grande, que me hirió en lo más profundo de mi ser. Estabas sentada en un banco a orillas del riachuelo, dando migajas de pan a los pajaritos. La enfermera que te acompañaba me dijo que sólo podía contar con unos minutos; te llamé: Carissima Diana, sono io, sono il tuo Félix!

Alzaste tu mirada y… como si no hubieras visto a nadie, continuaste a lanzar migajas a los pajaritos.

Me senté a tu lado, te tomé una mano y tú la retiraste delicadamente y me diste la espalda.

Gio, tu esposo desde el 1974, fue testigo de la escena. Ya él no llora, me confesó que no le quedan lágrimas. Pero mis ojos se inundaron de lágrimas por la emoción.

La enfermera dijo que era la hora de ir a almorzar, tú le diste la mano como lo hace una niña a su mamá y te fuiste caminando muy despacio por un trillo rodeado de cipreses, hacia la bella mansión que te sirve de casa de reposo. Te escuché decirle: Si certo, mamma, andiamo subito!

Gio me acompañó en su coche hasta Florencia. Al despedirse de mí en la estación de trenes me dijo: ella tiene 70 años, puede vivir aún unos veinte años, pero yo tengo 80. ¿Quién irá a visitarla dos horas al día como hago yo, cuando Dios me llame?

Te conocí en San Cristóbal de La Habana en julio de 1972. Ambos teníamos 23 años. Yo era uno de los tres guías de un grupo de 90 italianos que recorrerían el país durante dos semanas. Inmediatamente me atrajo tu simpatía, tu belleza y aquella mirada tuya capaz de tumbar los muros. Reías, cantabas las canciones de Mina y Lucio Battisti, bailabas, eras todo un símbolo de la alegría de vivir.

El olor de tu piel y el de tus cabellos eran algo nuevo para mí. Me permitiste escapar durante dos semanas de la mediocridad cotidiana.

Nuestra historia de amor clandestina duró sólo esos quince días. Fue intensa. Desde ese entonces y hasta que logré salir de Cuba en 1981, cada vez que iba a: Viñales, Soroa, Jibacoa, Guamá, Cienfuegos, Trinidad, Santa Clara y Santiago, te recordaba.

Durante años escuché aquel casete de Lucio Battisti que me dejaste de regalo. Me hacían recordar nuestra corta historia de amor, que se convirtió posteriormente en un amor virtual. Las cartas de amor iban y venían desde la Vieja Europa al Nuevo Mundo gracias a valijas diplomáticas, periodistas, turistas y delegaciones italianas que visitaban la Perla de las Antillas.

Un día llegó una carta anunciándome tu boda con Gio. Te escribí deseándote toda la felicidad del mundo. Con sólo un mes de diferencia, yo me casé con la que sería la mujer de mi vida.

A partir de entonces, las cartas de amor fueron reemplazadas por numerosos paquetes de regalos sobre todo de ropa y zapatos para mi esposa y mi hijo. Nació una amistad sincera y profunda entre nosotros.

En 1980 caímos en desgracia al no poder irnos en la lancha en la que mi suegro fue a buscarnos por el puerto de Mariel. Al día siguiente del humillante mitin de repudio organizado por los “compañeros” del C.D.R. de nuestra cuadra, logré hablar por teléfono contigo. Desde ese momento tú y tu esposo movieron cielo y tierra en Italia para ayudarnos a salir de Cuba. Las gestiones se paralizaron cuando te avisé que al día siguiente partiríamos rumbo a París.

Fuiste a vernos al campo de refugiados políticos de Saint Martin de Crau, en el sur de Francia. Llegaste cargada de regalos. Al año siguiente pasamos un mes contigo y tu familia en Palermo y en tu casa de la playa Kamarina. Viniste varias veces a París con Gio y tu hija. Bailamos, cantamos, nos reímos y nos divertimos. Consolidamos una bellísima amistad.

Pero hace dos meses supe que tu accidente cerebral había sido dramático. Los neurólogos diagnosticaron que el daño a tu cerebro es irreversible, que nunca recuperarás los recuerdos y con ellos los sentimientos; que tu mente seguirá como una hoja en blanco que espera que alguien escriba algo en ella.

Estaba en Pisa esperando la salida del vuelo hacia París, cuando vi en el escaparate de una tienda del aeropuerto un CD de Lucio Battisti. Me lo compré y lo estoy oyendo en estos momentos.

¡Hay dos canciones que te gustaban tanto mi querida Diana! Recuerdo que las cantamos en la terraza de tu ático en Palermo junto a Lucio:

Mi Ritorni In Mente /Me vienes a la mente

Mi ritorni in mente / Me vienes a la mente

bella come sei, forse ancor di più / bella como eres, quizás aún más

Mi ritorni in mente / Me vienes a la mente

dolce come mai, come non sei tu / dulce como nunca, como no eres tú

Un angelo caduto in volo / Un ángel caído en pleno vuelo

questo tu ora sei in tutti i sogni miei / éso eres tú ahora en todos mis sueños

come ti vorrei, come ti vorrei … / como te quisiera, como te quisiera

Che non si muore per amore / Que no se muere de amor

è una gran bella verità / es una gran bella verdad

perciò dolcissimo mio amore / por eso dulcísimo amor mío

ecco quello, /eso es lo que,

quello che da domani mi accadrà / lo que mañana me ocurrirá

Io vivrò / Yo viviré

senza te / sin ti

anche se ancora non so / aunque si aún no sé

come io vivrò. / cómo viviré.

Senza te, /Sin ti,

io senza te, / yo sin ti,

solo continuerò, / sólo continuaré

qualche cosa di sicuro io farò / seguro que haré algo

piangerò, /  lloraré

sì, io piangerò… / sí, yo lloraré…

Mi inolvidable Diana:  tu alegría de vivir, tu belleza, tu generosidad y tu carácter elegante, quedarán en mi mente mientras Dios me dé vida.

Tú formas parte de los recuerdos más bellos de mi vida.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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