Tengo para mí que uno de los grandes problemas que tiene la España actual a la hora de salir adelante es su falta de conciencia, que no es otra cosa que la falsa percepción acerca de la realidad, tanto de ella misma como de lo que le rodea. Por un lado, mitos como el celtismo en el norte y el arabismo en el sur desdibujan la realidad de su identidad inexplicable sin Roma; por otro lado, la manía de compararse continuamente con Alemania, Inglaterra o Francia, sin contar con la diferencia geográfica y olvidando la proximidad de Italia o Grecia; o el mismo factor de Rusia como tierra de frontera (y Siberia es a Rusia lo que España a América; y ambas acabaron encontrándose en el Pacífico Norte).

Por ejemplo, en ocasiones anteriores, hemos hablado del olvido interesado de la memoria histórica de los italianos en Andalucía:

Tradiciones que en Sevilla se reputarían como localísimas como la lotería o la cucaña son de origen italiano, especialmente napolitano. Y de Nápoles vino Carlos III, un rey cuyo legado ha sido falsificado por tirios y troyanos; como toda la ilustración española en general. Porque entre los que dicen que España no tuvo ilustración, y los que exageran con un supuesto liberalismo en el siglo XVIII; y eso por no hablar de la leyenda rosa austracista…

Así, urge una profunda revisión del siglo XVIII hispánico, en el que ni Carlos III era tan impío ni los jesuitas eran tan santos; en donde se intentó poner en orden la vida y la hacienda de la Monarquía Hispánica cuyos límites llegaron a extenderse desde la Araucanía hasta Alaska; la primera, con los exitosos parlamentos; la segunda, con la enorme contribución de intrépidos marineros y en tierra de los dragones de cuera (1); y todo en una época donde no existía el nordicista complejo de superioridad, pues una inteligente alianza de Francia y España, conjuntada con Parma y Nápoles, mantuvo el pabellón político, cultural, económico y militar bien alto; recuperando España Menorca, infringiendo humillantes derrotas a Inglaterra y estando a un paso de recuperar Gibraltar.

Volvamos al incicio de nuestro escrito: Tanto celtismo y arabismo, tanto compararnos con Inglaterra o Alemania, y sin embargo, nada sabemos de pueblos tan próximos como el itálico o el helénico; cuya psique y cultura tanto nos ayuda a entendernos a nosotros mismos desde las cosas de andar por casa. Porque no podemos ni debemos sino ser romanos hacia Europa e hispanos hacia América, que todo es parte de lo mismo, esto es, de una koiné y de una ecúmene (2) que va del Imperio Romano a la Monarquía Hispánica; y en ese arquetipo temporal, Carlos III, un rey que estaba destinado para el sur itálico y que acabó en la Piel de Toro, juega un rol histórico y providencial fundamental.

Carlos III fue un rey napolitano, un producto de toda una política que nos llevó a ser de nuevo una potencia, siendo que no muchos años después, el proyecto hispánico quedara truncado entre Bonaparte, los británicos y las traiciones internas. Pero hasta que la misma persona del mentado rey y la misma concienciación de los muchos siglos que nos unen con las actuales Italia y Grecia (3) no sean entendidas en su real clave -con sus virtudes y defectos, por supuesto-, no haremos sino seguir dando palos de ciego por mor de estar más perdidos que el barco del arroz. Y a dos siglos de la ruptura de la Monarquía Hispánica, ya es hora de que sentemos cabeza.

NOTAS

(1) Sobre los dragones de cuera, sígase a partir de este enlace (al final del mismo, se señalan los anteriores):

(2) Recuérdese:

(3) Y no olvidemos que la presencia bizantina se extendió dos siglos por la Península, completando ocho siglos de romanidad; sin contar los cinco siglos de la Corona de Aragón en Italia.

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