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Vea cómo bailamos

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Foto: Jean d’Ormesson

París, 23 de octubre de 2020.

Mi querida Ofelia:

¿Quién mejor que tú conoce mi pasión por los libros?

Mi apartamento parisino es una biblioteca, ya en mi despacho las columnas de libros se alzan desde el piso, ya que no hay espacio para colocar más libreros.

Ayer tuve la curiosidad de contar cuántos de los libros de esas columnas no he podido leer aún y son…98. ¿Tendré tiempo para leerlos? Todos me fueron enviados por las casas editoras para que escribiera las críticas o regalados por amigos. Según los voy leyendo los regalo a mi hijo, su esposa o mis nietos.

Hace unos 15 años doné a la Biblioteca del Instituto de Historia unos trescientos  libros que se encontraban en grandes cajas plásticas en el desván, todos tenían como tema Cuba. Los había comprado en mis viajes a España, Miami y en las dos librerías hispánicas que existían en París y que ya han cerrado.

Antes de jubilarme ofrecí a la Biblioteca Universitaria unos doscientos libros de obras literarias hispánicas. Te confieso que todos los que regalé los había leído, muchos de ellos en Cuba durante mi adolescencia y juventud y los había comprado de nuevo para tratar de recuperar mi biblioteca que tuve que dejar allá al partir hacia Tierras de Libertad.

Los libros de textos que durante 35 años, así como las gramáticas, diccionarios, etc., los regale a dos jóvenes vecinos que estudian la lengua de Cervantes con gran interés.

Actualmente sólo conservo en mi hogar parisino los libros de la colección Jean de Bonnot, los de la Pléiade y los que me han ofrecido sus autores con sus dedicatorias.

Recuerdo que al llegar a París el 21 de mayo de 1981, una de las cosas que más me provocaba nostalgia, es el haber tenido que dejar atrás mis libros y no tener nada que leer.

Una noche de diciembre de 1980, llegó a mi hogar situado en la calle Soledad 507 entra Zanja y San José en Centro Habana, el Dr. Gustavo Martínez. Me propuso comprarme los casi 200 libros de literatura en italiano que yo poseía. Yo acepté, pues mi situación económica era desastrosa y vivíamos gracias a mis padres.

Ya mi esposa  y yo llevábamos meses apestados y sin ganar un centavo con  nuestro hijo de 4 años, después del mitin de repudio organizado por el viejo Arranz, los hermanos Miguel A

Ángel y Fina Down y Ramón Vázquez del “glorioso” Comité de Defensa de la Revolución “Leopoldito Martínez”.

El Dr. Martínez subió a mi cuarto y comenzó a llevar todos los libros hacia su auto, llenó el portamaletas y el interior del mismo. De pronto se sentó, tomó el volante y descaradamente me dijo: -Ahora no tengo dinero, pero no te preocupes te los pagaré bien algún día.

Hoy día, 40 años después aún estoy esperando a que me los pague. Pero su descaro me dejó atónito, cuando al enterarse por una prima mía que era vecina de él en la calle B y Zapata, en el 1985 que mis padres vendrían de visita a París, se apareció a casa de ellos y les pidió que me dijera que le mandara de regalo nada menos que un diccionario Zingarelli (el mejor y más caro en lengua italiana). Perdí los pedales y m Mi respuesta fue tan indignante y grosera que no creo que mi padre se la haya dado al Dr. Martínez, el ladrón de libros: -¡Dile de mi parte que se vaya a Zin…!

Cuando hace tres años estuve en la Isla de Grenada durante un viaje por doce islas de las Antillas Menores, recordé que el Dr. ladrón Gustavo Martínez había corrido allí quizá más rápido que Tortoló.

El 6 de enero fui operado de la cadera derecha, después llegó el confinamiento, ahora el Toque de Queda y todo ello me ha permitido en ya no ser un gran lector, sino un verdadero devorador de libros. Tomé un libro de una de las columnas: “Voyez comme on danse” (Vea cómo bailamos), novela del gran escritor francés Jean d’Ormesson, miembro de la Academia Francesa. Leí su dedicatoria:  

« Pour Monsieur Hernández, ces rires mêlés de pleurs et cette fête en larmes, avec beaucoup de voeux et très cordial hommage. Jean d’Ormesson. Paris le 25 février 2002».  (Para el señor Hernández, estas risas mezcladas con lágrimas y esta fiesta en lágrimas, con muchos deseos y muy cordial homenaje. Jean d’Ormesson. París, 25 de febrero de 2002.)

Es decir, que el libro estuvo esperando 18 años desde que una estudiante mía, la que sabía que yo era un gran admirador de su tío abuelo, me lo llevó de regalo de su parte, para que yo tuviera el tiempo de leerlo. Me ha provocado un gran placer, pues es una novela extraordinaria en la cual d’Ormesson nos conduce por la bella Europa haciendo gala de su erudición, pero sin pretensiones pseudo intelectuales.

Hoy comencé a leer “The book of the Lost Things” (El libro de las Cosas Perdidas) de John Connolly. Es mi forma de escaparme del confinamiento y del Toque de Queda.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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